Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) NUEVE DÍAS ANTES DEL BAILE
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NUEVE DÍAS ANTES DEL BAILE

NUEVE DÍAS ANTES DEL BAILE

Angus miraba por la ventana mientras fumaba pensativo.

El cabrón de Hugh lo había metido en un buen lío.

¿Cómo se las iba a arreglar? Lo que estaba claro era que no podía quedarse en Loch Down Abbey para siempre.

Bueno, por poder, podría, pero eso implicaría vivir bajo el yugo de lady Georgina.

O bajo el de su hermano. Y por ahí no estaba dispuesto a pasar.

Negó con la cabeza. Era una humillación que no tenía por qué soportar. «Cabrón», pensó.

La puerta se abrió y, al darse la vuelta, vio a Bella entrar con sigilo en la habitación.

Su hermana se llevó el dedo a los labios en señal de silencio y cerró la puerta con el menor ruido posible.

—Me persigue el coronel. No lo soporto.

Cruzó la habitación a paso ligero y se sentó en el sofá frente a Angus.

—Así que —dijo después de observarlo durante unos instantes— Hugh te ha dejado, ¿verdad?

Angus respiró hondo y giró la cabeza despacio para mirarla. En sus ojos se asomaba la malicia. Apagó el cigarrillo (una pena, pues solo le había dado dos caladas), exhaló mandándole el humo a su hermana y se dispuso a marcharse.

—¡Ahora sabes lo que se siente! —le gritó ella.

Angus se giró con brusquedad y regresó a los sofás con dos zancadas.

—¡Cómo te atreves!

—¿Que cómo me atrevo? —Bella se puso de pie de un salto—. ¡Cómo os atrevéis! ¡Tú y él! ¡Me tendisteis una trampa! Me condenasteis a un matrimonio que era una auténtica farsa.

—Sabías desde el principio que no era una boda por amor. Además, tú nunca quisiste un marido, sino una doncella.

Bella se quedó sin aliento y luego se lo pensó mejor. Era cierto, pero no tenía por qué admitirlo.

—Me humillasteis durante años...

—¿Qué fue lo que te humilló exactamente? —la interrumpió con sarcasmo—. ¿La aventura o que te dejara por mí?

Bella volvió a jadear, horrorizada por su crueldad.

—¡No tenía necesidad de soportar ninguna de las dos cosas! Dios bendito, Angus, la cantidad de chismes que he tenido que soportar por vuestra culpa.

—Por favor... ¿Qué chismes ni qué niño muerto? ¡Pero si estabas en la otra punta del mundo! ¿Cómo iba a saberlo nadie?

—¿Cómo? ¡Pues yo te lo cuento! El rumor llegó al pueblo, y entonces el editorzuelo ese de pacotilla del Loch Down Star creó una columna de chismes sobre el asunto.

La historia se propagó por las Highlands y después por toda Escocia, o sea, que me persiguió por todas partes: en Londres, en París y hasta en Montecarlo.

—Se estremeció al recordar los susurros y las risitas que oía a su paso por los comedores y casinos: «Oh...

¿Es ella? He oído que su marido la dejó por un hombre.

Oh... Por su propio hermano, además... Oh...

»—. No podía escapar de las habladurías.

Salía gente de debajo de las piedras, personas que trataban de granjearse mi amistad solo para enterarse de detalles escabrosos, claro está.

No pude confiar en absolutamente nadie hasta que conocí a Edmund.

Angus sintió una punzada de remordimiento.

No había pensado en los chismes. En Tánger había alternado con gente liberal del mundo del arte que no se extrañaba de que dos hombres vivieran juntos.

Es más, los habían acogido con calidez y entusiasmo, y admiraban que fuesen tan modernos como para criar juntos a sus hijos.

Aunque eso tampoco había por qué admitirlo ante Bella.

—Bueno —dijo con gran pompa—, tuve que tomar el relevo cuando te marchaste. Abandonaste a tus hijos sin pensarlo dos veces.

—¡Los dejé con su padre! —gritó ella a pleno pulmón. Su voz resonó en las paredes y agredió a Angus. Él la miró con los ojos muy abiertos.

—Según recuerdo yo, te faltó tiempo para salir pitando —farfulló Angus.

—Bueno, tampoco podía quedarme. Eso estaba claro.

—Por favor —afirmó Angus con semblante despectivo—. No seas tan dramática.

—¡Me robaste a mi marido! —gritó Bella a todo volumen.

—¡Ya era mío desde antes! —rugió Angus.

Bella agarró el cenicero y se lo lanzó, esparciendo cenizas y colillas por el aire. Angus se apartó con habilidad y dejó que cayera a cierta distancia. Oyó cómo rebotaba dos veces.

—¿Alguno de los dos, ni por un segundo, pensó en lo que me hicisteis a mí?

Sí, a mí. ¡Me habéis destruido la vida para siempre!

—Su voz volvió a retumbar en la sala y en sus oídos.

Se sentó, al borde de las lágrimas—. Ambos sabemos que la única vida posible para las mujeres como yo es el matrimonio.

Hugh y tú me habéis condenado a la dependencia y a la mendicidad.

Los hermanos permanecieron en silencio durante un largo rato.

—Bueno —dijo Angus por fin—, pues ya somos dos. —Se sentó, sacó la pitillera y le ofreció un cigarrillo a Bella. Ella lo miró con ira antes de coger uno con parsimonia. Angus encendió los cigarrillos y ambos exhalaron al unísono.

—Hugh se llevó todo nuestro dinero —le informó él—. Apenas pude pagar el viaje de vuelta.

Bella se quedó boquiabierta.

—¡Qué cabrón! ¿Cómo ha sido capaz de hacerles eso a sus propios hijos?

Exhaló poco a poco mientras observaba cómo se disipaba el humo bajo los rayos del sol.

—En realidad, supongo que no es de extrañar. En su momento, Hugh no quería llevarse a los niños a Marruecos. Tenía pensado dejarlos con la abuela.

Bella no salía de su asombro.

—¿Pretendía abandonar a los niños?

—Pero yo no podía hacerle esa jugarreta a la abuela. Discutimos durante días. Al final, me los llevé con nosotros y él se pasó varias semanas enfadado. Luego contratamos a la niñera y la situación mejoró. Pero la verdad es que le importan muy poco.

Bella no se sorprendió en absoluto. En el mejor de los casos, a Hugh se lo podía tildar de frío. Los Dunbar-Hamilton siempre habían sido unos pájaros de mucho cuidado.

—¿De verdad te dejó sin un penique? —Era inconcebible.

Angus exhaló despacio.

—Con una mano delante y otra detrás.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella con voz hueca.

—Ni idea.

Esa misma tarde, la señora MacBain presidía el té en la biblioteca.

Comprobaba que todo fuera bien, saludaba a los huéspedes y repartía sonrisas.

Era su técnica para captar fragmentos de conversación que, de otro modo, no habría oído.

Era espionaje, por supuesto, pero siempre le había parecido fundamental para que todo funcionara como es debido.

¿De qué otra manera se habría enterado, por ejemplo, de que lord Iverson pensaba marcharse una semana antes, por la sencilla razón de que se había agotado su vino favorito?

Su partida habría supuesto una cuantiosa pérdida económica.

Por suerte, pudo solventar el problema ofreciéndole una botella de cortesía de su segundo vino favorito, que solo bebía durante la temporada de caza del urogallo.

Incluso lo convenció para que alargara una semana su estancia.

—¿Podría hablar con usted, señora MacBain?

La presidenta oyó una vocecilla a sus espaldas que la sobresaltó un poco. Se giró sorprendida.

—Por supuesto, señora Blackwood. ¿En qué puedo ayudarla?

—Me pregunto si podría cambiar de mesa en el comedor.

—¿Cambiar de mesa? ¿Hay algún problema?

La presidenta se preocupó. Durante su estancia, a los huéspedes se les asignaba una mesa que compartían entre cuatro o seis comensales. Por lo general, se le daba bien leer la personalidad de cada cual y era raro que los clientes a quienes sentaba juntos no encajaran.

—No, problema tampoco. Con lord y lady Buxton estoy a gusto.

Entre usted y yo, es por los Cooper. —Arrugó la nariz con desagrado—.

Con él se puede hablar, pero la señora Cooper me resulta agotadora.

Es un poco..., cómo le diría..., como una cachorrilla.

Francamente, es tan joven que me sorprende que no cene con los niños.

La señora MacBain reflexionó al respecto. En efecto, era joven, pero no más que la mayoría de las recién casadas de la alta sociedad. Por lo que había observado, lo peor que se podía decir de ella era que era bastante tímida.

—Por supuesto, lo entiendo. Déjeme pensarlo. Seguro que podemos encontrarle una mesa más adecuada.

La mujer sonrió con frialdad.

—Gracias. Si esta noche no es posible, cenaré en mi habitación. —Se dio la vuelta y se marchó sin decir nada más.

La señora MacBain se quedó desconcertada. Bueno, echaría un vistazo a la distribución de comensales cuando terminara el té. Quizá podría sentarla con lord y lady Ruthven.

Prosiguió su paseo por la sala, entre sonrisas y saludos, hasta llegar junto a lady Georgina, quien, a su pesar y como cada semana, tomaba el té con la esposa del vicario.

La matriarca consideraba que, entre sus deberes como aristócrata y pilar de la sociedad, estaba dejarse ver haciendo buenas obras con la Iglesia.

Antes de que el reverendo Douglas se casara, ese papel estaba poco provisto de contenido, pero de un tiempo a esa parte...

La señora Douglas le proponía un sinfín de obras de caridad.

«Resulta inexplicable cómo se las arreglaban ustedes antes de mi llegada», le gustaba explicar a quienquiera que se dignara escucharla.

—Ahora mismo hay tantos hombres desempleados y tantas familias necesitadas de ayuda...

—Ajá... Hummm... —dijo lady Georgina mientras trataba de localizar el carrito de los pasteles.

—En algunos casos, la situación se está volviendo desesperada, ¿sabe usted? Deberíamos hacer más por ellos.

—Sí —murmuró la matriarca mientras cogía la taza de té.

Su mirada se posó en las sillas más cercanas, donde la duquesa de Idlewilde y lady Buxton departían absortas. Se preguntó cuál sería el tema de la conversación, pues parecía una charla jugosa. Con la señora Douglas enfrente, que no se callaba ni debajo del agua, era difícil oír nada más.