Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE #4
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DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE #4

—¿Cómo sabías que me habían robado la maleta en Marsella? —le preguntó a Fergus, consciente de que él lo sabía sin que ella lo hubiera mencionado.

—Oh, nos lo dijo el coronel Lamont.

—¿El coronel Lamont? —Se quedó ojiplática—. Tremendo muermo. Se suponía que iba a Londres. ¿Qué hace aquí?

Fergus miró a su hermana con un nudo en el estómago.

—Dijo que tú lo invitaste.

—Ay, Dios mío. No hay quien se deshaga de ese hombre.

Fergus estaba confundido.

—Ha venido por invitación tuya, junto con la señora Blackwood.

Bella miró a su hermano perturbada.

—¿Qué...? ¡No! ¿Con ese horrible sobrino suyo? Desde luego que no los invité.

—Su sobrino aún no ha llegado —dijo Fergus—. Está en Londres, por negocios. Pero ella sí.

Lady Georgina levantó la vista.

—Es una magnífica compañera de bridge . Nuestras ganancias están alcanzando niveles de escándalo.

Nadie la había oído nunca hablar con tanta alegría de una pareja de juego, pues las partidas con lady Georgina solían terminar con críticas y reproches.

—No puedo creerlo —dijo Bella sin aliento—.

O sea, nadie tenía planes firmes para volver a Inglaterra.

Bueno, nadie excepto el coronel. Edmund le ordenó que se presentara en el Ministerio de Asuntos Exteriores de inmediato.

Pero ¿los Blackwood? No entiendo por qué han venido.

Seguro que tienen una vida que retomar en otro lugar.

Angus apuró el whisky y señaló con el vaso al camarero.

—Bueno, si vas a tomar otro, yo también —comentó Bella, dejando su vaso con delicadeza en la bandeja de plata que le ofrecían—. ¿No hay nada más? ¿Solo jerez y whisky? —Hizo una mueca y cogió un jerez de la bandeja antes de dirigirse al sofá y sentarse en su sitio habitual.

Fergus la siguió al otro lado de la sala.

—Bella, han venido porque tú los invitaste —comenzó Fergus con irritación—, lo que nos ha dado unos buenos quebraderos de cabeza con las habitaciones, te lo aseguro.

Fergus no había pegado ojo la noche anterior.

El bebé había llorado sin parar hasta el canto del gallo.

Era consciente de que estaba exagerando, pero no pudo contenerse.

—¿Cómo que quebraderos de cabeza con las habitaciones? Pero si son dos personas. ¿Cuántas habitaciones tiene el hotel? Por el amor de Dios, Fergus, no exageres. Deberías haberles dicho que se marcharan.

—No podía decirles eso. ¡¿Cómo iba a hacerlo si eran tus invitados?! —gritó, llamando la atención de todos los presentes—. ¡Invitados cuya llegada no te molestaste en comunicarnos!

Bella iba a darle un trago al jerez, pero se detuvo, miró a su hermano durante un momento y chasqueó la lengua.

—Si no sabía que iban a venir, querido hermano, ¿cómo iba a avisarte?

Pero entonces, de repente, Bella lo recordó.

Una noche en... ¿dónde fue...?, en algún local de mala muerte, si no le fallaba la memoria, recostada sobre un piano con un martini en la mano, había dicho (bastante borracha, también es verdad): «Deben acompañarme todos a Loch Down Abbey.

Aquello es un tostón y no soporto la idea de estar sola».

Después recordaba haberle arrancado la rosa del ojal al pianista.

¿Dónde había sido? ¿En Bagdad? ¿En Delhi?

No, pero había sido lo bastante temprano como para pensar que todo el mundo estaba animado y alegre.

En todo caso, había añadido: «Por favor, vengan conmigo.

Háganme el favor de venir todos». Le había lanzado la rosa al público y luego se había caído del piano, estrellándose contra el suelo.

Ah, sí, así era como se había rasgado la falda.

Parpadeó sin dejar de mirar a su hermano y volvió de nuevo al presente.

—En mi defensa...

—¡Dios mío, Bella! ¿Quién va a pagar esas habitaciones?

Bella se retorció en su asiento.

—En mi defensa, lo dije por decir algo. Fue uno de esos comentarios del estilo «Vengan a cenar la semana que viene» o «¿No sería estupendo si pasásemos las vacaciones todos juntos en una casa de campo?

». Nadie se lo toma en serio a menos que después les hagas llegar una invitación.

—Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.

—Así es —asintió Angus, dirigiéndose a la terraza con una sonrisa burlona.

Fergus miró a su hermano con ira.

—Te agradecería que te mantuvieras al margen. Tú abonarás su estancia, Bella.

—¡No es justo! —replicó ella.

—Por supuesto que lo es —sentenció lady Georgina con cara de pocos amigos mientras dejaba su copa de jerez en la mesa—. Bella, tú los has invitado, a propósito o sin querer. Son tus invitados y tendrás que cubrir sus gastos.

—Pero... —dijo ella, mirando alternativamente a su hermano y a su abuela, ninguno de los cuales parecía dispuesto a ceder—. Está bien. Pero espero que sea una tarifa especial por ser de la familia. —Se levantó y cruzó la estancia con paso firme, saliendo por la puerta que Hudson le abría.

Este carraspeó con suavidad y les anunció:

—Creo que ya están listos para recibirlos.

De pie junto a la puerta abierta, esperó a que los Inverkillen cruzaran la sala para ir a cenar, y le pareció como si hubiera viajado atrás en el tiempo.