DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE #3
—¿Qué quieres decir? ¿Qué ha pasado con tu equipaje?
—No tengo equipaje. Lo perdí todo durante el viaje, así que no tengo ni un solo vestido que ponerme.
—¿Cómo se pueden perder los baúles durante un viaje? —preguntó Elspeth desconcertada. Había viajado varias veces en avión y siempre había sido muy sencillo—. La tripulación del avión debe encargarse de custodiar el equipaje.
—No se perdió, me lo robaron.
—¡¿Cómo que te lo robaron?! —exclamó lady Georgina. Hasta Angus parecía sorprendido—. Pero ¿cómo se las arreglaron para llevarse todo tu equipaje sin que nadie se diera cuenta? —El único que viajaba con más bultos que Bella era Cecil, que solía llevar, como mínimo, dos maletas por día.
Bella parecía afligida.
—Para empezar, la maldita compañía solo nos permitió llevar una maleta por persona.
Todos los presentes se indignaron:
—¿Una maleta? Pero si eso apenas da para un día... ¿Cómo se puede hacer el equipaje solo con eso? Solo mis guantes ocupan una maleta... Es la mayor mezquindad que he oído en mi vida...
—Ni siquiera se molestaron en avisarnos con antelación, así que, como es natural, me presenté con todas mis maletas y baúles, y se negaron a dejarme embarcar.
Vaya, que no me permitieron llevar equipaje adicional, lo cual es una gran falta de respeto.
Soy la esposa del cónsul general y deberían haberme permitido llevar más equipaje que a una simple secretaria —prosiguió Bella, mirando incómoda a Imogen, que era una simple secretaria—.
Me costó bastante, pero al final logré convencerlos de que me permitieran llevar dos maletas y el bolso.
Y contaron mi neceser como equipaje, ¡¿os lo podéis creer? !
Alguien chasqueó la lengua sonoramente.
—Embarqué y dejé a mi doncella en la pista para que volviera a hacer mi maleta.
—Pero, si solo te permitían una maleta —preguntó Fergus confundido—, y contaron tu neceser de cosméticos como parte de tu equipaje...
—Bueno, a mi doncella ya ves tú la falta que le hacía la suya.
Edmund pagó los billetes, lo cual también es indignante, pues deberían habérmelos regalado.
Sea como fuere, de todas las maletas que llevamos al aeropuerto, la estúpida de mi doncella cogió la de los bañadores.
No me enteré hasta que llegamos al primer hotel, y para entonces ya era tarde.
—¿Cuántos bañadores se necesitan? —preguntó Cecil. Angus se encogió de hombros con aire desconcertado.
—¿Quieres decir —exclamó lady Georgina escandalizada— que no has llevado nada más que tu traje de viaje desde que partiste, hace casi un mes?
Su nieta asintió, al borde de las lágrimas. Cecil le tendió un pañuelo y Angus encendió un cigarrillo. Bella sollozó un poquito y prosiguió:
—En cuanto llegamos a París, me fui directa a las modistas y encargué ropa nueva.
—¡Ja! —ladró Angus—. Sabía que estaba de compras.
—Sí, gracias por la brillante observación, Angus —dijo Fergus con tono aburrido—. Continúa, Bella.
Bella le lanzó a Angus una mirada iracunda y continuó:
—Pero, por supuesto, las modistas de París no son tan rápidas como las de Shanghái, así que sigo esperando a que llegue mi ropa.
Cecil frunció el ceño.
—Pero querida, ¿por qué no fuiste a las Galerías Lafayette a comprarte algo?
Bella miró a su tío con horror.
—¿Pretendes que lleve ropa confeccionada?
—Es la esposa de un diplomático, Cecil —dijo lady Georgina, tan horrorizada como su nieta—, no una vulgar tendera.
—¡Lo siento! —Cecil levantó las manos en señal de rendición y retrocedió—. ¿Me permites?
Señaló la pitillera de Angus y tomó uno.
Respiró hondo y saboreó el exótico aroma del tabaco.
Echaba de menos viajar. Eva se negaba a salir de Londres y, cada vez que surgía el tema, citaba al doctor Johnson: «Cuando uno está cansado de Londres es que está cansado de la vida».
Cecil siempre pensó que, en realidad, si el doctor Johnson no viajaba era por la sencilla razón de que carecía de los medios para hacerlo con comodidad.
Fergus frunció el ceño.
—Entonces, ¿la maleta de los bañadores te la robaron en Marsella?
—Sí. Un golfillo se la arrebató a mi doncella en plena calle. Y en esas le rompió la muñeca.
—Pero ¿conservas tu neceser? —preguntó lady Elspeth con cautela. En el rostro de Bella, el color brillaba por su ausencia. Ni siquiera llevaba pintalabios.
—En realidad, no. Alguien entró en el hotel de París y me lo robó.
—¿Qué? —Al oír eso, Fergus se alarmó. Una vez era mala suerte, pero con dos el asunto tomaba un cariz muy diferente.
—Edmund me dijo que era peligroso viajar sola, pero la verdad es que eso fue la gota que colmó el vaso.
¿Y si hubiera estado en la habitación? ¿Eh?
—Se estremeció y continuó—: De todos modos, te llamé por teléfono, tía Elspeth, con la esperanza de alojarme en tu château , porque no sabía nada del baile y, cuando me lo dijeron, vine a casa.
Mejor aburrida en Loch Down Abbey que en peligro, había razonado Bella entonces. Una vez allí, ya no tenía tan claro qué era preferible.
—Muy bien —murmuró alguien.