Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE #2
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DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE #2

En cuanto a lo de arreglárselas con un solo brazo, eso ya se vería. «Baña a la chica y ponle ropa limpia —se dijo Sadie—, luego busca a la señora MacBain y consigue algo que lady Annabella pueda ponerse». Por suerte, Bella era famosa por sus largos baños. Disponía de al menos una hora.

La presidenta albergaba sentimientos encontrados respecto a la llegada de Bella.

Estaba sana y salva: en ese aspecto, todo bien.

Solo había llevado una doncella, lo cual eran excelentes noticias teniendo en cuenta lo que se había esperado, pero la falta de ropa y una doncella que no hablaba inglés, en fin, iban a ser una fuente de problemas para todo el mundo.

Mandó a Sadie a asear y vestir a la doncella, y dijo que ella misma se ocuparía de Bella.

Al cabo de diez minutos, la señora MacBain y un botones se encontraban en las buhardillas, revisando los baúles de los Inverkillen en busca de algo que Bella pudiera ponerse.

Tras un considerable esfuerzo y en medio de una tremenda polvareda («tengo que mandar que vengan a limpiar esto», pensó la presidenta), dieron con algunos de sus viejos vestidos, que había dejado allí cuando se casó y se mudó a Shanghái.

«Servirán a las mil maravillas», se dijo.

—¡Cómo me los voy a poner! Pero ¡si son del año catapún! —exclamó Bella, con la bata de Sadie puesta, mientras rebuscaba entre la ropa que había sobre la cama—. Y están pasadísimos de moda. Seguro que dejé algún otro vestido por aquí la última vez que vine.

—Me temo que es todo lo que he podido encontrar, señora. No están tan mal, ¿verdad? Este lo llevaba muy a menudo y le quedaba muy bien. —La señora MacBain le mostró un vestido largo azul claro.

—No puedo creer que me lo pusiera. —Miró con desdén el que en su día había sido su vestido de noche favorito. Al menos, el color era bonito.

—Pruébeselo. —La presidenta le tendió el vestido y miró a Bella con aire maternal.

—Está bien. —Bella se escondió detrás de un biombo—. ¿Sabe? En Shanghái estrenaba vestido a diario. Las costureras de allí son más rápidas que un ciclón.

—Ah, ¿sí? —murmuró la señora MacBain, mirando por la ventana y fijándose en que el estanque estaba un poco descuidado. Lo añadió a su interminable lista de tareas pendientes.

—No y no. De ninguna de las maneras. —Bella salió envuelta en seda azul—. Parece que lo haya sacado de un baúl de disfraces.

Bella llevaba razón. El vestido le quedaba holgado. A todas luces era de una talla (si no dos) de más. Se movió un poco y se le resbaló el tirante izquierdo.

—Ay, Señor —musitó la señora MacBain—. Bueno, pruébese este otro, que es algo más ajustado. —Le entregó a Bella un vestido corto de lana de color gris pálido.

—Dios mío, ¿de verdad me ponía estas antiguallas? —Parecía horrorizada—. No puedo. Sería el hazmerreír de todo el mundo.

—Bueno, me temo que la alternativa es su traje de viaje. Hasta que madame Elodie pueda confeccionarle otras prendas, claro.

Madame Elodie, la costurera del pueblo, era una excelente profesional, pero no trabajaba con prisas salvo como trato de favor.

Bella suspiró y se colocó detrás del biombo.

—¿Dónde está mi doncella?

—Sadie la está bañando y luego la vestirá con el uniforme de camarera.

—¡No! —Bella asomó la cabeza por detrás del biombo—. No quiero que lleve el uniforme del hotel.

—Pero su ropa está sucia. Necesita algo limpio que ponerse y, al parecer, eso es todo lo que tiene.

—Bueno, pues que se la lave ella misma.

—¿Con un solo brazo?

—Nada, nada. Usted consígale algo con lo que pueda lavar.

—Bella no estaba segura de qué utensilios eran necesarios para hacer la colada, pero seguramente la señora MacBain sí lo sabría—.

Y se quedará en mi vestidor, no en el ala de los sirvientes.

¿Puede traerle una estera o un cojín o algo para dormir?

—¿Quiere que duerma en el suelo de su vestidor? —La presidenta nunca había oído nada por el estilo.

—Está acostumbrada. En Shanghái es la costumbre. Pero necesitará una estera o algo por el estilo. Y supongo que también una manta. Aunque, con este calor, tal vez no haga falta. ¿Puede encargarse de eso?

La señora MacBain negó con la cabeza, frustrada. Quería gritar: «¡No soy su sirvienta y esta ya no es su casa!», pero se abstuvo de hacerlo y respiró profundamente varias veces para calmarse.

—Como desee, señora.

Bella volvió a aparecer detrás del biombo, con el vestido de lana, que parecía más un tosco saco que otra cosa, incluso con el cinturón.

—Puedo pedirle a nuestra nueva camarera que suba.

Fue doncella antes de incorporarse a la plantilla del hotel.

Tal vez pueda darle un pespunte por aquí, cogerle unas pinzas por allá...

—dijo la presidenta sin convencimiento, pues sabía que el vestido no quedaría a gusto de Bella.

La lana no era seda, el único tejido que parecía complacerla.

Bella asintió en silencio, mientras miraba la ropa: un vestido largo y dos de cóctel, todos de tweed y lana, y en los tonos apagados típicos de las Highlands.

Incluso el vestido largo palidecía en comparación con su guardarropa de Shanghái.

Bueno, solo tenía que apañárselas hasta que empezaran a llegar las cosas de París.

La señora MacBain fue en busca de Sadie. Bella no llevaba ni una hora allí y ya les estaba causando quebraderos de cabeza. Quizá, una vez que se hubiera adaptado, todo sería más fácil. Esbozó una sonrisilla al pensarlo.

—Ah, Sadie, aquí estás —dijo al entrar en el comedor de empleados—. ¿Tienes la ropa de la doncella?

Mientras remendaba un par de guantes, Sadie negó con la cabeza.

—No, se opuso a que la llevara a la lavandería. Le di un uniforme de camarera de pisos, pero no lo quiso. Estaba cada vez más enfadada. La verdad es que no sabía qué camino tomar con ella, así que la dejé en un dormitorio.

La presidenta frunció el ceño.

—Lady Annabella insiste en que no lleve el uniforme del hotel, por alguna razón que ignoro, y quiere que la chica se lave la ropa ella misma.

Sadie resopló con desdén.

—¿Con un solo brazo?

La señora MacBain puso los ojos en blanco.

—No cedió. La chica se quedará en las habitaciones de Bella, no en las dependencias del servicio, y tenemos que llevarle algo para que duerma en el suelo.

Sadie levantó la cabeza de golpe.

—¿En el suelo? —Hasta Grantham y Belgravia, los perros de los Inverkillen, dormían en camas.

—Al parecer, es la costumbre en Shanghái. —La señora MacBain suspiró—. No tengo tiempo para librar esta batalla. ¿Puedes ir a la lavandería y pedirles algo para la chica?

Sadie se levantó y asintió.

—Sí, señora MacBain, déjemelo a mí.

—Gracias —respondió la presidenta, y se alejó mientras murmuraba algo sobre una doncella manca haciendo la colada.

Casi por primera vez en su vida, Bella deseó entrar en la estancia tratando de pasar desapercibida.

«¿Cómo se hace para volverse invisible?», se preguntó.

En Shanghái, era el centro de todas las miradas.

Se había acostumbrado a que todos los presentes le prestaran atención cuando llegaba a cualquier lugar.

Supuso que se debía a que era la esposa de un diplomático prominente, lo que la convertía en una especie de celebridad.

En Loch Down Abbey, en cambio, no deseaba ese papel protagonista.

«Sobre todo, con estos harapos», se dijo.

Se detuvo ante el último escalón, respiró hondo para armarse de valor, echó los hombros hacia atrás y entró en la armería.

—¡Bella! —resonó una voz.

Se encogió cuando Fergus se le acercó con los brazos extendidos y el alivio reflejado en el rostro. Varios de los huéspedes levantaron la vista de inmediato y Bella notó que las mujeres la juzgaban.

«Debería haber pedido que me sirvieran una bandeja en la habitación», pensó.

—Hola, Fergus. —Lo saludó con un suave gesto de la cabeza y se inclinó un poco hacia delante.

Fergus la miró fijamente; parecía que su hermana esperaba algo. Al cabo de un instante, al ver que no pasaba nada, un poco irritada, Bella le espetó:

—¿Cómo estás?

Fergus había decidido celebrar una cena especial con su familia para dar la bienvenida a sus hermanos.

Mientras la acompañaba al salón verde, charló con ella amablemente.

Bella dedujo que su hermano había tenido un bebé y que estaba agotado pero más que encantado.

El hotel estaba más concurrido que nunca.

Algo sobre las rosas de la abuela... En realidad, no le prestaba atención, sino que estaba pendiente de las miradas que los demás huéspedes le lanzaban a su paso.

«¡Ay, tierra, trágame!», se dijo.

—Aquí estamos. ¡Mirad quién ha aparecido! —exclamó Fergus tan pimpante.

Sus preocupaciones indumentarias dieron paso a una nueva angustia. Allí, en el salón, se congregaban casi todos los miembros de su familia. Bebían jerez y whisky en espera de que los llamaran para cenar, tal y como habían hecho todas las noches de su vida.

«Bastante suplicio es haber vuelto —pensó con amargura— como para encima tener que cenar juntos».

—¡Bella! —exclamó lady Georgina con evidente pero fugaz alegría. Examinó a Bella de arriba abajo y, a continuación, frunció el ceño.

—Hola, abuela. Tía Elspeth. —Se inclinó, solícita, para besar a lady Georgina en la mejilla—. ¡Oh! —exclamó sorprendida al ver a Angus. No se habían visto desde que Bella se marchó de la casa—. Pero si es el rompefamilias.

Angus miró a su hermana con gesto iracundo.

—Vaya, tremenda acusación viniendo de labios de la madre que abandonó a sus hijos.

—Bueno, bueno —los reprendió lady Georgina—, que hace tiempo que no os veis. Haya paz. Bella, ¿qué diablos llevas puesto? Con esa sotana pareces un cura.

Bella aceptó una copa de jerez que Fergus le ofrecía, deseando con toda su alma no haber abandonado París.

—La señora MacBain me ha buscado algunos de mis trapos viejos. —Miró su vestido y suspiró—. Y este era el mejor.

—¿Y por qué llevas tu ropa vieja? —preguntó lady Georgina desconcertada.

—Lo único que tengo es el traje de viaje que llevaba al llegar.

Lady Georgina estaba confundida.