Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE
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DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE

DIEZ DÍAS ANTES DEL BAILE

Al cabo de un par de días, por la mañana, la señora MacBain se dirigía a comprobar si Bella había llegado en el tren nocturno.

Se le empezaba a hacer cuesta arriba preocuparse todo el tiempo por ella.

«¿Será así la maternidad?», se preguntó.

Abrió despacio la puerta de paño verde y echó un vistazo a la armería.

Como siempre ocurría tras la llegada de ese servicio ferroviario, en la estancia reinaba el caos, aunque un caos educado.

Sus mirada recorrió la sala en busca de Bella y de pronto se posó en un hombre, el más corpulento que había visto en su vida.

En comparación, la mujer que estaba a su lado (que debía de ser su esposa, o tal vez su hija, pues aparentaba ser muy joven) parecía diminuta.

Al entrar en la armería, observó el panorama, negó con la cabeza y se dirigió a la recepción.

«¿Dónde está MacPherson?», se preguntó. Por la mañana siempre había dos recepcionistas.

Mientras Thompson atendía a otro huésped, el hombre gigante tamborileó con los dedos sobre el mostrador, distraído, y echó un vistazo a la sala. La señora MacBain ocupó el puesto del recepcionista ausente y le sonrió.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó educadamente.

—Ah, sí, por favor. Tenemos una reserva a nombre de Alistair Cooper y señora.

—Bienvenidos a Loch Down. —Abrió el libro de reservas de cuero y buscó su nombre. No le sonaba haberlos visto en la lista de huéspedes entrantes.

—Me temo que hemos llegado varios días antes de lo previsto. ¿Será un problema? —La señora Cooper le sonrió con amabilidad—. Íbamos de camino al Lejano Oriente y tuvimos que cambiar nuestros planes.

—Oh, claro, es comprensible —dijo la presidenta con cortesía—. ¿De dónde vienen?

—Estábamos en París —respondió la mujer—. Era mi primer viaje al extranjero. Es una ciudad romanticísima. ¿Ha estado usted?

La señora MacBain sonrió a la mujer. En realidad, era poco más que una niña, pero le cayó en gracia.

—No, me temo que no. Ah, aquí está su reserva. Sí, les hemos reservado la suite Stuart, que está... —pasó unas cuantas páginas hacia atrás—... libre. ¿Podrían firmar aquí, por favor? —Les pasó una pluma y el hombre la tomó, solemne y concentrado.

La presidenta le preguntó a la señora Cooper:

—¿Decía que se dirigían al Lejano Oriente?

—Sí, la primera parada era Hong Kong y pretendíamos visitar Shanghái. Estamos de luna de miel.

La señora MacBain esbozó una sonrisa soñadora.

—Una luna de miel en el Lejano Oriente... ¡Qué romántico!

—¿Ves? —repuso la señora Cooper mientras le daba una juguetona palmada a su marido en el brazo.

Él resopló con buen humor y la joven esposa le explicó a la presidenta—: Estudié sobre Shanghái en el colegio, en Canadá, y siempre he querido visitarla.

Dicen que es la «París de Oriente». Así que, cuando Alistair me preguntó adónde quería ir de luna de miel, contesté de inmediato que allí.

Reconozco que no es la coyuntura idónea —su marido la miró y negó lentamente con la cabeza, suspirando, lo que la hizo reír—, pero algún día será una gran historia para contarles a nuestros nietos.

—Dejó el bolso en el mostrador y se acercó a contemplar las dagas ceremoniales expuestas.

—Perfecto, señor Cooper, gracias. —La señora MacBain cogió la pluma y le indicó al botones que se llevara las maletas—. ¿Es la primera vez que visitan Escocia?

—En realidad, sí. Mi abuelo era originario de las Highlands, pero emigró a Canadá antes de que naciera mi padre. Ya que estábamos a este lado del charco, pensamos en venir a conocer la madre patria.

La señora MacBain se giró para buscar la llave de la suite Stuart mientras reflexionaba sobre la expresión que acababa de oír: madre patria . Le sonaba a la Edad Media, demasiado folclórica y vikinga. Se preguntó si sería esa la idea que la gente albergaba de Escocia.

Se dio la vuelta, les entregó la llave y les deseó una buena estancia. El señor Cooper empezó a seguir al botones, pero se detuvo y giró para preguntar:

—¿Es cierto que elaboran su propio whisky?

—Así es. La destilería está en los terrenos del hotel, en el bosque de atrás.

—Excelente, me encantaría ver cómo funciona.

La presidenta se retorció por dentro.

—¡Oh! Me temo que no es una visita adecuada para los huéspedes. Puede ser un lugar algo peligroso. Pero podrá degustar el whisky esta noche antes de la cena. —Esperaba dar el tema por zanjado, pero el señor Cooper no parecía satisfecho.

La señora Cooper se agarró del brazo de su marido y le dijo:

—Estupendo. Así podremos compararlo con el tuyo.

La señora MacBain miró a la mujer con curiosidad.

—¿El suyo?

—Mi marido también elabora whisky.

El señor Cooper se puso tenso y negó con la cabeza.

—Mi abuelo trajo consigo la receta familiar, le enseñó a mi padre a elaborarlo y mi padre me enseñó a mí.

Hemos tratado de mantenernos fieles a la tradición en la medida de lo posible.

Ontario es en gran parte tierra de turberas.

Supongo que por ese motivo mi abuelo se estableció allí: le recordaba a Alba.

Pronunció la palabra con una a nasal y la señora MacBain, que tardó un momento en comprender que se refería al nombre gaélico de Escocia, se esforzó por no poner los ojos en blanco.

Se temía que el señor Cooper iba a ser un huésped pesado.

Eso sí, estaba segura de que no podía ser peor que el coronel.

—Ollie los acompañará a sus habitaciones —dijo la presidenta con sonrisa forzada. Señaló con el brazo al conserje, que estaba de pie junto a sus maletas.

—Muchas gracias —repuso la señora Cooper. Retrocedió y cogió su bolso del mostrador—. Ah, ¿y podría decirle a lady Annabella en qué habitación estamos?

—Vaya... —repuso la antigua ama de llaves con tacto—, me temo que aún no ha llegado.

—Sí que ha llegado, ha venido con nosotros. —Era una simple afirmación, pero pudo ver la reacción que generó en la señora MacBain—. La conocimos en el tren nocturno. Me quedé de piedra cuando dijo que venía aquí.

—¡Oh! —exclamó la presidenta. Se quedó pensativa por un momento y tomó aliento para hablar cuando el señor Cooper llamó a su esposa.

—Cariño. —Estaba en las escaleras, expectante y con la mano extendida.

La señora Cooper asintió levemente y se volvió hacia la señora MacBain.

—Al parecer, sus habitaciones habituales están ocupadas, así que su recepcionista la ha llevado a buscar..., eh..., alternativas adecuadas. Le preocupa mucho el tamaño de la bañera.

La presidenta observó a la mujer y notó un deje divertido en su mirada. Mientras la huésped alcanzaba a su marido en las escaleras, la señora MacBain pensó que era difícil que no te cayera bien aquella mujer.

Ya instalada en sus aposentos, Bella se sumergió en un baño caliente. No eran sus habitaciones habituales, que estaban ocupadas hasta el final de la semana, sino las que había aceptado hasta que las suyas quedaran libres. MacPherson había tardado veinte minutos en convencerla.

Sadie, la gobernanta, estaba doblando su traje de viaje.

—No quiero ver más ese traje —anunció Bella mientras se metía en la bañera—. Búscame algo y deshazte de él.

Sadie no sabía muy bien cómo arreglárselas para encontrarle otro atuendo. ¿Disponía lady Annabella de un guardarropa en Loch Down Abbey para sus infrecuentes visitas? Nadie le había informado al respecto.

—¿Lo mando arreglar, señora?

—Lo que es por mí, puedes quemarlo. Si no lo vuelvo a ver, no lo echaré de menos.

Sadie se quedó mirando el traje. Desde luego, estaba sucio, y además necesitaba algún arreglo, pero poca cosa. En todo caso, se podía usar sin ningún problema. «Y la tela es preciosa», se dijo la gobernanta.

—Y el sombrero también. Me ha quedado una llaga en la cabeza por culpa de la flor.

Estoy segura de que dejé algunos vestidos en mi último viaje.

Pregúntele a la señora MacBain dónde están.

—Bella volvió a abrir el grifo del agua caliente y empezó a tararear—.

¡También necesitaré zapatos! —gritó mientras Sadie salía de la habitación.

—Sí, señora. —La gobernanta asintió y cerró la puerta tras de sí. Volvió a mirar el traje. Era precioso y estaba tentada de quedárselo.

«Pero Sadie —se dijo—, francamente, ¿dónde vas a ir con un traje así?».

Se preguntó qué hacer con él y entonces recordó que la señora Douglas, la esposa del vicario, siempre andaba recogiendo cosas para los pobres. Quizá ella podría encontrarle un hogar a la prenda. Levantó la vista y se fijó en la doncella de Bella.

La pobre estaba sucia y desaliñada, y llevaba un brazo en cabestrillo. Estaba de pie contra la pared, con la vista clavada en un retrato del sexto conde.

—Vaya —exclamó Sadie al cabo de un instante—, me parece que necesita un buen baño y ropa limpia incluso más que su señora.

La chica se sobresaltó visiblemente y, a continuación, se limitó a mirar al suelo en silencio.

—Muy bien —balbuceó Sadie—, vamos a asearla y luego buscaré a la señora MacBain.

Más silencio.

—Venga conmigo —dijo Sadie despacio mientras empujaba la puerta de paño verde para subir a las dependencias del servicio.

Estaba enseñándole su habitación a la chica cuando de repente reparó en dos cosas.

En primer lugar, la chica no tenía nada que ponerse más que la bata, ¿o era un vestido?

Aunque vestido no era la palabra adecuada...

Bueno, fuera lo que fuera lo que llevaba puesto, era lo único que tenía para vestirse.

Sadie le tomó a la chica las medidas a ojo, pensando en proporcionarle un uniforme del hotel.

Se preguntó si podría confeccionar un nuevo cabestrillo con un delantal.

En segundo lugar, y más preocupante, no hablaba inglés, pero ni una sola palabra, lo que iba a ser un gran problema.

Con gestos uno puede comunicarse solo hasta cierto punto, sobre todo en un hotel tan ajetreado.

Y, sencillamente, no podrían perder el tiempo con juegos de mímica cada vez que lady Annabella quisiera algo.

Y lady Annabella, según recordaba, requería cosas todo el tiempo.