Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) DOCE DÍAS ANTES DEL BAILE
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DOCE DÍAS ANTES DEL BAILE

DOCE DÍAS ANTES DEL BAILE

El día siguiente amaneció claro y fresco.

Lady Elspeth se detuvo en el umbral del guardarropa y respiró hondo.

Siempre era grato regresar a Loch Down, donde se respiraba más tranquilidad y un aire más dulce y vigorizante que en Francia.

Acababa de terminar el desayuno y quería dar un paseo antes de que comenzaran los preparativos para el baile, así que salió, tarareando tan campante una melodía sin sentido.

No era quien tenía el mejor oído de su familia.

Cuando llegó al viejo y retorcido espino que de niña había bautizado como Don Nudoso, se detuvo un momento para disfrutar de las vistas.

De entre todos los panoramas que ofrecía la finca, ese era su favorito, pues se divisaban la finca, el pueblo y el lago.

Justo cuando estaba a punto de marcharse, a su izquierda, atisbó una columna de humo que se elevaba entre un grupo de árboles.

Se fijó mejor y observó que estaba cerca de la cabaña donde tenía sus encuentros furtivos con Ross.

Ross MacBain, maestro destilador de Whisky Inverkillen, era primo de la señora MacBain y se había criado en la finca con Elspeth y sus hermanos.

Era, y siempre sería, el amor de su vida.

Cuando ella visitaba Loch Down, se reunían en la cabaña todas las tardes después del té.

Pero ese día apenas eran las nueve. ¿Qué demonios hacía allí tan temprano? Bajó la colina deprisa.

Cuarenta minutos más tarde, llegó al claro donde se encontraba la cabaña.

Se escondió detrás de un árbol y observó durante unos instantes.

El humo se había disipado casi por completo y no vio ningún movimiento en el interior.

Solo había una habitación, por lo que era imposible esconderse.

La puerta estaba cerrada y se acercó con sigilo a la ventana.

Al oír zurear a una paloma, por poco se le sale el corazón del pecho.

Se reprendió por lo ridículo de su reacción.

Era pleno día, ¿qué pensaba que iba a pasar?

Respiró hondo, sacudió la cabeza, se acercó a la puerta y la abrió.

Al ver que no había nadie, echó un vistazo a la habitación: aún ardían los rescoldos.

Era evidente que alguien había estado allí, y no hacía mucho.

Entró, examinó la mesa y halló migas y otros restos de comida.

Ni ella ni Ross la habrían dejado en ese estado, así que tenía que ser otra persona, ¿no?

Pero ¿cómo podía ser? Nadie, ¡nadie! sabía nada de la cabaña salvo ellos dos.

Había sido su nido de amor furtivo durante décadas.

Se acercó a la chimenea y cogió una botella de whisky vacía.

Era el blended especial que Ross elaboraba para su propio consumo y que solo Elspeth conocía.

Llevaba el nombre de ella y él solo lo bebía en su compañía.

La volvió a dejar en su sitio, desconcertada, y se dio la vuelta para marcharse.

Se detuvo en seco. La cama que había en la esquina, el lecho que compartían, estaba sin hacer.

Saltaba a la vista que alguien había dormido en ella.

Elspeth se hallaba en estado de shock . Salió por la puerta dando tumbos y echó a caminar aturdida.

«No puede ser —se dijo—. Tiene que haber alguna explicación».

Sin embargo, por más que lo intentó, no se le ocurrió ninguna.

Si solo Ross y ella sabían de la cabaña, entonces, quienquiera que hubiera estado habría ido por invitación de él.

No tenía derecho a exigirle nada, por supuesto, pero nunca se le había pasado por la cabeza que pudiera serle infiel.

Se amaban profundamente, ¿no? Por otra parte, no tenía ni idea de lo que él hacía cuando ella estaba en Francia.

«Con mi marido», pensó, y aminoró el paso.

Cuando la destilería apareció ante sus ojos, se detuvo para mirarla.

La habían remozado un poco, o al menos habían reparado el tejado, por lo que no crecía nada en él, pero en general tenía el mismo aspecto de toda la vida.

Contra el fondo verde oscuro de los pinos silvestres, destacaban la pintura blanca algo deslavazada por el tiempo y la noria, que giraba despacio en el río.

Caminó un poco más y se sentó en una roca al calor del sol.

¿Qué sabía ella, desde Francia, de la vida que Ross llevaba en su ausencia?

Muy poca cosa. Nunca hablaban del tiempo que pasaban separados, pues evidenciaba en exceso la distancia que los separaba.

Pero allí estaban la prueba de que tenía otra vida en la que no participaba.

Quizá se estaba aburriendo de ella, cansado de esperar a que encontrara una excusa para visitarlo.

¿Y si quería a alguien más cercano, otra persona con quien compartir su día a día y hacer planes de futuro? Elspeth no le ofrecía nada de eso.

En realidad, nunca había valorado su relación desde el punto de vista de Ross. Elspeth solía presentarse por sorpresa y se quedaba todo el tiempo que podía, pero luego se marchaba sin saber cuándo volvería.

«Por supuesto que tiene a otra persona —se reprendió—. ¿Por qué no iba a tenerla? Los hombres tienen necesidades. Y para satisfacerlas no basta con tres o cuatro encuentros al año».

Parecía mentira que, después de tantos años en Francia, aún no hubiera aprendido nada de la vida.

Con calma, se levantó de la roca soleada, le dio la espalda a la destilería y caminó hacia Loch Down Abbey.