Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) TRECE DÍAS ANTES DEL BAILE #2
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TRECE DÍAS ANTES DEL BAILE #2

Fergus clavó la mirada en su tío. No se habían visto desde la subasta de dos (no, tres) años atrás, cuando este le había robado a su prometida y se había fugado con ella. «Sí que es verdad que el tiempo vuela», pensó Fergus.

—Me he enterado de que hay que darte la enhorabuena. —Miró a su sobrino de arriba abajo con aire evaluador y le quitó un pelo invisible de la solapa antes de enderezarle la flor del ojal—. Te sienta bien lo de ser papá.

—¿Qué? Ah, sí, gracias —balbuceó Fergus—. ¿Qué haces aquí?

—¿Cómo iba a perderme tu primer baile? Me habría quedado con mamá en Thistledown Cottage, pero no quería molestarla.

Fergus se quedó perplejo.

—Tiene ocho dormitorios.

—Exacto. Es una casita cuquísima, demasiado pequeña. No, pensé que estaríamos más cómodos aquí, en Loch Down Abbey. Supongo que tendrás sitio para tu oncle préféré . —Se dirigió al mostrador de recepción sin esperar respuesta.

Enojado, Fergus lo siguió. «¿Quién más va a presentarse sin avisar?», se preguntó irritado.

Cecil le presentó a un caballero bastante modesto.

—Te presento al señor Joshua Rosenthal, de Nueva York. Nos conocimos en el hotel Claridge’s de Londres y, cuando le hablé de Loch Down Abbey, no pudo resistirse a venir.

—Espero no causar una gran molestia —dijo con marcadísimo acento norteamericano—. Tenía la impresión de que nos esperaban. —El hombre era tan educado que casi daba la impresión de pedir perdón.

—No hay ningún problema, señor. ¿Le importaría firmar el registro? Aquí —respondió el recepcionista nocturno, que se encargó de recibir al señor Rosenthal, con lo que Fergus pudo retomar la conversación con su tío.

—¿Cuánto tiempo os quedaréis? —preguntó Fergus.

—Ah, no estoy seguro —respondió Cecil con cierto aire de desenfado—. Cuando se emprende un viaje tan largo, parece que convenga quedarse un tiempo. ¿Quizá dos o tres semanas?

—¿Y vendrá también la señora Ogilvy-Sinclair? —preguntó Fergus haciendo énfasis en la palabra señora con un deje de amargura que lamentó al instante.

Era el turno de que Cecil se enfadara.

—Ah, no. —Se movió incómodo y carraspeó—. Eva se queda en Londres para cumplir con algunas... obligaciones sociales. Juntas benéficas y cosas así. Estaré libre.

El recepcionista nocturno levantó la vista de sus papeles y de inmediato se dio cuenta de que Cecil mentía. «Debe de ser un pésimo jugador de cartas», pensó. Sacudiendo un poco la cabeza, hizo una señal a un botones.

—Thomas los acompañará a sus habitaciones. Disfrute de su estancia, señor Rosenthal.

—Gracias. —Tras echar un vistazo a la armería, el huésped subió las escaleras—. ¿Nos vemos en el desayuno, comandante?

Cecil asintió, se volvió hacia su sobrino y forzó una sonrisa.

—Bien, dos semanas. —Hojeó el libro de reservas—. Sí, tus antiguos aposentos están libres. —Le entregó a Cecil una pluma para que firmara el libro de huéspedes.

Cecil miró a su sobrino, medio ofendido.

—¿No tienes nada en la planta de la familia?

Cuando los Inverkillen vivían en Loch Down Abbey, tenían el primer piso reservado para sus dormitorios y el segundo, para los de los invitados, aunque nunca recibieran visitas. Siempre había sido un asunto espinoso que las habitaciones de Cecil se ubicaran en la segunda planta.

Fergus suspiró irritado y volvió a hojear el libro.

—Puedo alojarte en la suite Farquharson. —Cecil levantó una ceja interrogativa—. Son los antiguos aposentos de Angus.

—¡Oh! Oh, sí, está bien. Gracias.

—Requerimos el pago por adelantado.

—¿Qué? —Cecil estaba indignado—. Yo nunca...

Fergus clavó la mirada en su tío. Thompson observó a su jefe, con las cejas levantadas hasta el nacimiento del pelo.

Retrocedió en silencio hasta que encontró la puerta oculta que daba al pasillo trasero y se apresuró a salir.

En el pueblo, los Inverkillen eran célebres por las zapatiestas que armaban, y no tenía la menor intención de verse envuelto en una.

—Es muy infrecuente que un caballero tenga que pagar por adelantado. No es probable que desaparezca en plena noche —susurró Cecil, y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie le oyera—. Al fin y al cabo, soy de la familia.

—Siempre puedes alojarte con la abuela.

Tío y sobrino se miraron fijamente durante unos instantes, mientras Cecil resoplaba por lo bajini. Por fin, cedió.

—De acuerdo. —Echó mano a la cartera y Fergus preparó la factura. Cuando se la entregó, la miró por encima y dijo—: Debe de haber un error.

Fergus permaneció en silencio.

—¿Por una semana? —se burló Cecil—. No es el Ritz que digamos.

Fergus lanzó una mirada de advertencia a su tío.

—Esperaba algún tipo de..., ejem..., descuento por ser de la familia.

—Si no te lo puedes permitir, siempre puedo alojarte en tus antiguas habitaciones, que son mucho más baratas. —Lo dijo en alto, lo que hizo palidecer a Cecil.

—¡Baja la voz! Sencillamente me sorprende que cobres tanto por una habitación. —Volvió a contar el dinero que llevaba en la cartera. Fergus notó la creciente inquietud de su tío, preparó una segunda factura y la depositó entre ambos sin comentar nada.

Cecil suspiró, colocó varios billetes sobre el mostrador y, armado de toda la dignidad que pudo reunir, se guardó la cartera en el abrigo.

—Digamos que es un capricho nostálgico.

—Sí, vamos a llamarlo así. —Fergus le entregó una llave al conserje—. Ollie, por favor, a las habitaciones Serramuir.

Mientras se alejaban, Fergus soltó un profundo suspiro, mirando al otro lado de la armería.

—La comida y la bebida corren a cuenta de la casa.

De espaldas a su sobrino, Cecil se quedó paralizado por un momento. Giró la cabeza lo justo para murmurar «gracias» y luego continuó subiendo por la escalera de la derecha hacia su habitación.