TRECE DÍAS ANTES DEL BAILE
TRECE DÍAS ANTES DEL BAILE
A la mañana siguiente, Lockridge, el chófer jefe, acababa de traer de la estación a los huéspedes que habían llegado en el tren nocturno de Londres.
La señora MacBain se apresuró hacia la armería.
Por mucho que esperara ver a Bella entre los recién llegados, estaba más emocionada por la llegada de otra persona.
Cruzó la puerta tapizada de paño verde y sonrió al ver el bullicio.
Como era de esperar, reinaba un barullo de huéspedes y mozos, maletas y carritos.
Por la puerta abierta, se oía a los sabuesos y un joven botones pasó con una gran pajarera.
Allá, en medio de todo el guirigay, encontró a su presa: lady Elspeth.
La presidenta se abrió paso entre el caos y le dedicó una cálida sonrisa.
—Lady Elspeth, me alegro mucho de que haya podido acompañarnos.
Lady Elspeth era otro miembro de la familia Inverkillen. Se trataba de la única hija de lady Georgina y vivía en Francia con su marido y sus hijos.
Elspeth se giró al oír su nombre y una sonrisa se dibujó en su rostro.
—¡No me lo habría perdido por nada del mundo! ¡Un baile de las Highlands en Loch Down Abbey! Nunca pensé que llegaría a verlo. ¿Hemos celebrado alguna vez un baile?
Las mujeres se abrazaron con delicadeza. Se habían hecho muy amigas en los años transcurridos desde que la señora MacBain se había hecho cargo de la casa convertida en hotel. De hecho, Elspeth le había prestado un gran apoyo, enviando a muchos de sus amigos a alojarse allí.
—Que sepamos, solo se ha celebrado un baile —respondió la señora MacBain—: el que organizó la décima condesa de Inverkillen.
—¿Lady Morag? —preguntó Elspeth con entusiasmo.
Lady Morag era la única mujer en la historia de la familia que se había hecho retratar y que había mandado exponer dicho lienzo en Loch Down Abbey.
Ahora bien, dado que la obra databa del siglo XVII , nadie sabía con certeza qué había hecho para merecer tal honor—.
¡Qué maravilla! ¡Es todo un acontecimiento histórico!
La señora MacBain sonrió con recato.
—¿Vendrá Iris? Ardo en deseos de verla.
Iris Kettering era media hermana de Angus, Fergus y Bella.
Durante años había vivido en Loch Down Abbey bajo la tutela de la familia, antes de que se descubriera su verdadero linaje.
A algunos Inverkillen no les había sentado bien, y lady Georgina tuvo que ordenarles que la aceptaran, cosa que algunos hicieron a regañadientes.
Elspeth, sin embargo, se había alegrado mucho y había acogido a su nueva sobrina con entusiasmo.
—No, por desgracia no vendrá —respondió la presidenta, mientras esquivaba a un chiquillo con un triciclo—. Al señor Kettering le ha surgido un imprevisto en... En Suecia, creo. No volverá hasta después del baile, y además Iris no quería asistir sola.
—Oh, qué pena —se lamentó lady Elspeth.
La señora MacBain miró a su alrededor.
—¿Y los niños? ¿Dónde están? ¿No los ha traído contigo? —preguntó, sorprendida de ver a Elspeth sola, pues siempre traía a sus hijos en sus visitas.
—Delphine los ha llevado a la guardería.
—Delphine era la hija mayor de Elspeth. Con solo diecisiete años, aún no había debutado, pero su madre había decidido llevarla al baile de todos modos—.
Me he tomado la libertad de venir unos días antes para ayudar en lo que pueda.
Sé lo mucho que cuesta organizar un baile.
Lady Elspeth echó un vistazo alrededor en la armería y luego se inclinó y le susurró algo.
—¿Cómo se está portando mamá? ¿Está insufrible?
La señora MacBain dudó, buscando una respuesta. Lady Georgina había tratado de hacerse con las riendas, lo que le había causado un sinfín de problemas a la presidenta.
—Lo tomaré como un sí. —Elspeth le dedicó una sonrisa cómplice—. Haré lo que pueda para mitigar sus intromisiones.
—Pues lo cierto es que sí hay una cosa con la que no me vendría nada mal algo de ayuda.
—La señora MacBain hizo una señal a un camarero para que les llevara té a su despacho.
Se abrieron paso con cuidado entre el caos de la armería.
Cerraron la puerta tras de sí, el estruendo se desvaneció y se acomodaron en los sofás junto a la chimenea—. Angus ha vuelto.
—El regreso del hijo pródigo. ¡Qué maravilla! —respondió Elspeth con tono de sorpresa. Observó el rostro de la presidenta—. Entiendo que se ha presentado sin avisar.
El camarero llegó con el té y esperaron a que se marchara antes de continuar.
—Parece que los chicos se han separado de repente y de forma amarga. —La señora MacBain preparaba el té mientras relataba la triste historia de Angus. Elspeth escuchaba en silencio, pero mostrando su reacción mediante gestos.
—Bueno —dijo Elspeth mientras tomaba una delicada taza de porcelana de manos de la señora MacBain—, Angus tendrá su parte de culpa, conozco muy bien sus defectos, pero parece que Hugh es el principal responsable. —Tomó un sorbo—. Este té es nuevo. ¿Es oolong?
Se quedaron en silencio unos instantes mientras bebían, pensativas.
Elspeth sacudió la cabeza y suspiró, irritada por la situación familiar.
—Angus debería saber que no conviene confiar la seguridad financiera a manos ajenas.
Está claro que no ha aprendido nada. Pero los niños...
¿Cómo ha podido Hugh comportarse de una manera tan atroz?
—Levantó la cucharilla de plata y removió el té, distraída—.
Supongo que los padres de Hugh se harán cargo de los niños, ¿no?
La señora MacBain levantó la vista, sorprendida.
—¡Uy, ahí sí que hay un notición!
Elspeth dejó de remover. No le gustó cómo sonaba.
—¿Cómo que notición?
—Se han ido. Han vendido la finca y se han mudado al extranjero.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Hace unos meses.
—¡Mamá no dijo nada!
—Qué raro. Estaba furiosa con ellos y no lo ocultaba.
—¿Qué ocurrió?
—Se fueron de viaje al extranjero y pidieron al servicio que cerrara la casa. Al cabo de un par de semanas, Lawlis se presentó allí, anunció que habían vendido la finca y pagó al personal el salario de una semana antes de despedir a todo el mundo.
Elspeth se quedó sin aliento.
—¿Solo el salario de una semana? —Se quedó de piedra.
—Del salario estival, además.
Elspeth estaba horrorizada. El salario del personal ya era bastante bajo con los señores en casa, pero, durante el verano, cuando se iban al extranjero, lo habitual era proporcionarles alojamiento y manutención, y no pagarles prácticamente nada.
—Contratamos a toda la gente que pudimos, por supuesto —dijo la señora MacBain—, pero muchos tuvieron que abandonar el pueblo en busca de trabajo. Ha sido devastador.
—No puedo creer que mamá no lo mencionara. Vaya golpe para el pueblo. —Resopló un momento—. ¿Y la casa está vacía desde entonces?
La presidenta asintió, cansada.
—Sí.
—Pero... —Elspeth estaba conmocionada—. ¿Adónde se fueron? ¿Y por qué? ¿Quién compró la casa y dónde están? ¿Quiénes son? No puedo creer que permanezca vacía.
—Ahí está el misterio del asunto. En estos meses, nadie ha tomado posesión de la propiedad ni hay mantenimiento de ningún tipo.
—¿Así que Hugh deja a sus hijos desamparados mientras que sus padres abandonan su finca, a su personal y el pueblo?
—Elspeth bebió, pensativa—. Los Dunbar-Hamilton nunca me han agradado, pero esto es inaceptable.
¿Y ahora Angus se ha quedado aquí atrapado con los hijos de Hugh y Bella? Toda esta historia resulta inaudita.
—Bueno, esa es otra. —La señora MacBain dudó. Elspeth sintió un nudo en el estómago—. Bella viene de camino a Loch Down.
Elspeth pensó en ello un momento.
—Claro, si tenemos en cuenta las noticias que llegan de Shanghái, era de esperar. ¿Se sabe cuándo llegará?
—Esa es la cuestión: ya debería de estar aquí.
Elspeth respiró hondo para hablar, pero luego se arrepintió. Inclinó la cabeza, hecha un mar de dudas.
La señora MacBain le explicó la situación:
—Lo que sabemos es que llegó a París, pero nadie la ha visto ni ha sabido nada de ella desde entonces. Sí que han llegado otros viajeros procedentes del consulado, así que ya debería estar aquí.
—Eso es preocupante —dijo Elspeth pensativa.
—Ya tengo bastante en qué pensar sin tener que buscar a Bella, pero me preocupa. —Dudó—. ¿Tiene usted amigos en París?
—Sí, claro que los tengo. —Elspeth se mostró sorprendida, pero intuyó los derroteros que iba a tomar la conversación.
La presidenta respiró hondo.
—¿Puedo pedirle un favor? ¿Podría ponerse en contacto con ellos y preguntar si alguien la ha visto?
Elspeth negó con la cabeza.
—Me encantaría, pero todos mis conocidos se habrán ido ya a sus casas de verano. En agosto, en París casi no queda ni un alma.
La señora MacBain hizo una mueca ante el contratiempo.
—De acuerdo. Bueno, seguro que aparecerá.
Llamaron a la puerta y un lacayo asomó la cabeza.
—Siento interrumpir, pero la busca el señor Thompson.
La presidenta asintió y dejó la taza de té en la bandeja de plata.
—El trabajo no perdona.
Elspeth la vio marcharse y luego se acurrucó de nuevo en el sofá. La señora MacBain solía acertar con sus corazonadas, así que se preocupó también ella. Después de servirse otra taza de té, tomó una decisión. Si Bella no aparecía antes del fin de semana, ella misma iría a París.
Esa noche, ya bastante tarde, Fergus estaba deseando irse a casa.
Sin embargo, Lockridge había salido de improviso a recoger a unos huéspedes que llegaban con el último tren, por lo que accedió a esperar con el recepcionista nocturno para ayudarlo a acomodarlos en sus habitaciones.
Cuando Fergus entró en la armería, lo recibió una potente voz:
—¡Sobrino! ¡Qué alegría verte!
Fergus no pudo evitar estremecerse. Solo tenía un tío.
—Tío Cecil —dijo con frialdad.
El comandante Cecil Ogilvy-Sinclair cruzó la sala con paso distinguido, sin perderse ni ripio de los cambios que se habían producido en Loch Down Abbey, hasta que llegó frente a Fergus.
—Al parecer, reinan el éxito y la prosperidad. Felicidades.