Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE #4
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CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE #4

—Es al final de este pasillo. —Giraron a la izquierda y al cabo de dos minutos se encontraron frente a una puerta que llevaba el rótulo «Mackintosh».

—Pues aquí es. Le he asignado esta habitación, que tiene vistas al jardín y le da el sol por la mañana. Su sobrino puede quedarse con la de al lado o la de enfrente.

—La de enfrente estaría bien. Gracias. —Volvió a sonreír con dulzura, y la señora MacBain tuvo la fugaz sensación de que su sonrisa era más un arma que un gesto de bienvenida.

Abrió la puerta con la llave y la sostuvo para que entrara la señora Blackwood.

—Oh, es preciosa —exclamó la dama al entrar en la habitación—. No me la esperaba tan espaciosa. Gracias.

La señora MacBain se quedó justo en el umbral. De entre las del segundo piso, no era la más impresionante. Acogedora, desde luego, pero no grandiosa.

—Me alegro de que le guste. Siempre ha sido una de mis favoritas.

—Aquí estaré la mar de cómoda. —La anciana se dispuso a cerrar la puerta, y empujó a la presidenta hacia el pasillo.

—Si me permite la pregunta —repuso la señora MacBain vacilante—, el coronel dijo que lady Annabella y usted se separaron. ¿Cómo ocurrió? Yo estaba convencida de que volaban todos juntos.

En sus ojos brilló un destello de irritación, que de inmediato dio paso a una dulce sonrisa.

—Ah, sí, eso puede resultar confuso. —Suspiró con suavidad—. Creo que ninguno de nosotros soportaba la idea de seguir volando, así que tomamos el Tren Azul en Marsella. La última vez que la vi fue durante el almuerzo, justo antes de llegar a París.

Empezó a cerrar la puerta de nuevo.

La señora MacBain frunció el ceño.

—¿Cómo es posible separarse en un tren?

Esta vez la dama fue incapaz de ocultar su irritación.

—Una vez en París, hay que hacer trasbordo a otro tren distinto.

Creo que tiene que ver con el ancho de las vías.

En todo caso, cambiamos de coche y proseguimos el viaje.

Supuse que se había perdido en la estación.

La Gare du Nord es bastante más grande que la estación de Shanghái, así que no me sorprende que ocurriera.

Es demasiado joven como para andar viajando sola, pero juzgué preferible seguir adelante y esperarla aquí en lugar de hacerlo en Londres, donde nos sería fácil perdernos.

—Hizo una breve pausa y mostró la misma sonrisa inquietante mientras aguantaba la puerta con una mano enguantada—.

Ahora, si no le importa, necesito echarme un rato antes del almuerzo.

Viajar con el coronel me ha dejado exhausta.

—Le agradezco la información. El almuerzo se sirve a partir de la una. Por las tardes, puede tomar el aperitivo en la biblioteca de las seis en adelante. La cena se sirve a las siete o a las nueve, y al turno de las siete suelen asistir los niños.

Nada más terminar la frase, la puerta se cerró de golpe y la señora MacBain se apresuró hacia las escaleras de servicio, recapitulando acerca de la conversación. Había algo muy inquietante, pero no conseguía identificarlo.

Fergus y la señora MacBain se encontraban en el despacho que esta tenía abajo, en la planta de empleados, junto a las cocinas.

Había sido su salita cuando era ama de llaves, y desde aquel cuartito, con su tenue luz y su pequeña chimenea, dirigía Loch Down Abbey.

Era su bastión y se negaba a renunciar a él, pero, como no podía llevar a los huéspedes a la planta de empleados, utilizaba la sala serbal en las raras ocasiones en que alguno necesitaba hablar con ella en privado.

—No podemos tenerlos en la guardería para siempre —dijo Fergus. Discutían qué hacer con los niños.

—Al menos Angus ha traído a su niñera. La verdad es que de un tiempo a esta parte no usamos mucho esas estancias, así que no me preocupa. Siempre y cuando la niñera los mantenga controlados, claro. —Tras una breve pausa, la presidenta prosiguió—: ¿Cuándo va a llegar Bella? ¿Lo sabemos?

—¿Bella? —Fergus soltó una risa sarcástica—. ¡Ja! ¿De verdad cree que se va a hacer cargo de los niños?

—Bueno, son sus hijos —repuso en un tono que distaba mucho de ser convincente.

—En aquella otra ocasión le faltó tiempo para salir huyendo de ellos. No creo yo que ahora la vaya a invadir el instinto maternal. —Fergus dio un profundo suspiro—. Pobrecillos. ¿Qué se debe de sentir cuando te abandonan tu madre y tu padre?

Se quedaron en silencio mientras reflexionaban al respecto. Sacudiendo la cabeza, la señora MacBain dijo:

—En cualquier caso, ¿sabemos algo de ella?

—No —negó Fergus de palabra y con la cabeza—. Estoy convencido de que habrá ocurrido exactamente lo que dijo la señora Blackwood: seguro que ha perdido el enlace y llegará en el próximo tren.

—Quizá —repuso la presidenta, en absoluto convencida—. Es muy curioso. No imagino a Bella con prisas por volver a casa, pero habría puesto la estación patas arriba si hubiera perdido el tren. De haber habido algún problema, se habría enterado todo París.

Fergus se encogió de hombros.

—También es verdad.

La señora MacBain profirió un enorme suspiro.

—Me gustaría volver a hablar con el coronel. Hay algo que no me cuadra.

Al cabo de media hora, encontraron al militar en la sala de billar.

—Salimos juntos de Shanghái. Lord Martin en persona me encomendó que velara por su seguridad, así que la protegí lo mejor que pude. El trayecto está trufado de ciudades peligrosas para las damas. No me hagan hablar de Bagdad, podría contarles cada historia...

—Sí, no dudo que tendrá historias que relatar —lo cortó la señora MacBain—, pero ¿podríamos volver a lady Annabella?

—¡Oh! Claro. —El coronel parecía un poco molesto por la interrupción—.

Cuando aterrizamos en Atenas, la mitad del grupo subió al Orient Express y regresó por ese medio.

Como quedaban pocos asientos, los demás viajamos a Marsella para tomar el Tren Azul, y acompañé a lady Annabella en ese trayecto.

Yo debía ir a Londres por negocios, pero, después del problema con su doncella, me sentí en la responsabilidad de escoltarlas para que regresaran a Loch Down sanas y salvas.

—¿Su... doncella? —Fergus deseó que no fueran varias—. ¿Solo una?

—¿Hubo algún problema? —preguntó la señora MacBain.

—Sí, pobrecita. Le robó un delincuente callejero (Marsella puede ser muy peligrosa) y, en el forcejeo, se rompió la muñeca. Con un solo brazo, no es de gran ayuda como doncella. Puesto que tengo socios en la ciudad, pude conseguirle un médico y posponer los billetes de tren unos pocos días.

—¿Y la señora Blackwood también esperó? —se extrañó la señora MacBain, desconcertada por ese detalle.

—Sí, le preocupaba que lady Annabella viajara sola e insistió en quedarse en Marsella con ella, lo cual fue un gesto muy leal por su parte, pero en absoluto necesario.

Las mujeres de su edad tienden a ser entrometidas.

—Tras apuntar y ensayar largamente su tiro, no acertó a golpear ni una sola bola del billar.

—Sí —convino la señora MacBain, despacio—. Y, sin embargo, ninguno de los dos la esperó en Londres.

El coronel, nervioso, se aclaró la garganta.

—Ah, ya, habría sido lo más sensato. En fin, a lo hecho, pecho. —Se preparó para otro tiro, pero, tras pensárselo mejor, se enderezó y se dirigió a la señora MacBain—. ¿Hay alguna posibilidad de que pueda tomar kedgeree para desayunar?

El resto del día transcurrió sin incidentes. Tras la cena, lady Georgina reunió a un cuarteto para jugar al bridge , como solía hacer casi todas las noches. Angus detestaba el juego e hizo cuanto estuvo en su mano por zafarse de la partida.

Cuando llegaron al salón, lady Georgina se emparejó con la recién llegada, la señora Blackwood, y se sentaron a la mesa con lord Iverson y su hermana, lady Buxton.

Los hermanos formaban una mala pareja de juego, pero, precisamente por lo lucrativo que resultaba enfrentarse a ellos, lady Georgina no perdía ocasión de hacerlo.

Angus observó la primera mano y luego, aburrido, se acercó al camarero que servía las bebidas.

Era una bandeja tradicional con jerez, oporto, whisky, whisky con soda y whisky con agua.

Suspiró. Al marcharse de Loch Down, se había hecho abstemio.

Pasaba los días ocupándose de los niños para que Hugh pudiera centrarse en la escritura.

Angus no tardó en comprender que era más fácil encargarse de los pequeños si no tenía resaca, así que dejó de beber.

Sin tener que lidiar con su familia, no le había resultado difícil dejarlo.

El criado carraspeó un poco y Angus tomó un whisky. Se acercó a la ventana.

Se llevó la bebida a la nariz y la olió suavemente.

Por mucho que le costara admitirlo, la calidad del whisky se había decuplicado en manos de Ross MacBain.

Hizo girar el vaso y observó el color. Incluso eso había mejorado.

El whisky Plaid, como se lo conocía cuando Angus estaba al mando, siempre había tenido un tono naranja nada apetecible.

Sostener otra vez ese vaso le trajo todo tipo de pensamientos incómodos:

«¿Y si hubiera hecho caso a Fergus en lugar de hacérselo a mi padre? Si hubiera dedicado más tiempo a la destilería, ¿habría cambiado algo? Si hubiéramos reemplazado antes al viejo MacTavish, ¿habríamos conservado Loch Down Abbey? ¿Me lo habría permitido mi padre?».

Pero nunca lo sabría. Era otro de sus estrepitosos fracasos, y uno más de los aciertos de su hermano, por quien sintió una punzada de aversión.

Apuró el whisky de un trago y se acercó a la bandeja para servirse otro.

Volvió a mirar las cartas y observó que lady Georgina lucía un semblante satisfecho, de modo que la tal Blackwood debía de ser una compañera competente.

Se dirigió a la sala de billar con la esperanza de que estuviera más animada.