Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE #3
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CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE #3

—No, en efecto. Bueno, puede quedarse conmigo en Thistledown Cottage, pero me temo que no es un lugar adecuado para los niños. —Se estremeció un poco al recordar el caos que se produjo la primera vez que se permitió a los niños entrar en el comedor—. ¿Pueden quedarse en la guardería del hotel?

—Por ahora, sí, pero a largo plazo necesitaremos una solución —respondió Fergus pensativo. Se levantó—. Lo hablaré con la señora MacBain.

—¿Por qué no vas a ayudar a Angus a recoger sus cosas? Es mejor trasladarlo mientras está frágil, antes de que tenga oportunidad de atrincherarse. Voy a desayunar y, cuando termine, podemos ir al cottage . —Lady Georgina llamó a un camarero—. Espero que no se hayan acabado los pasteles.

La señora MacBain cruzaba la armería, el espacio central de Loch Down Abbey, decorado con las armas y armaduras de enemigos del clan derrotados siglos atrás.

Iba a ver si habían llegado los huéspedes del tren nocturno, pero se encontró con una sorpresa: un caballero entrado en carnes discutía con el jefe de Recepción.

Thompson, el empleado en cuestión, de talante por lo general imperturbable, estaba notoriamente nervioso.

Atisbó a la presidenta y le hizo señas para que se acercara.

Al hacerlo, oyó que el huésped decía algo sobre lady Annabella. A la presidenta se le escapó un suspiro. Con una sonrisa forzada, se acercó al mostrador.

—Hola, ¿puedo ayudarlo? —preguntó.

El caballero se giró y ella no pudo por menos que estremecerse al ver que lucía un chaleco con un recargado y llamativo estampado, casi peor que el tartán de los Inverkillen. La miró de arriba abajo, carraspeó y le dio la espalda, mientras exigía hablar con el director.

—Permítame presentarle a la señora MacBain —dijo el recepcionista mientras la señalaba de nuevo—. Es una de las propietarias del hotel.

La actitud del caballero cambió de inmediato.

—Oh, por supuesto. Disculpe, el viaje ha sido largo y tedioso, y esperábamos encontrar las habitaciones listas a nuestra llegada.

Permítame presentarle a la señora Fenella Blackwood.

—Señaló a una anciana sentada en el banco—.

Soy el coronel Henry Lamont, para servirle.

—Hizo una reverencia y luego miró expectante a la señora MacBain.

—Mis disculpas, coronel, señora Blackwood. Debe de haberse extraviado la reserva. Déjenme echar un vistazo. ¿Cuándo la hicieron?

—No hicimos reserva. Nos invitó lady Annabella. Hemos viajado juntos desde Shanghái.

«Ay, Dios mío —pensó la señora MacBain—, esta muchacha aún no ha llegado y ya está causando problemas».

—De acuerdo —repuso ella, al mismo tiempo que revisaba el libro de registro—. Bien, seguro que les encontraremos una habitación.

—Habitaciones —precisó el coronel—. No estamos juntos, necesitaremos habitaciones separadas.

La señora MacBain lo miró. Su tono tenía un deje estridente.

—Mis disculpas. —Observó a la mujer, que aguardaba con paciencia en una silla, y luego de nuevo al coronel, que tamborileaba con los dedos en el mostrador.

«Yo tampoco querría compartir habitación con él», se dijo.

Volvió al libro de registro y buscó dos habitaciones libres—.

En esta época del año, recién abierta la veda del urogallo, tenemos muchas reservas.

—Pero, con la cantidad de habitaciones que debe de haber aquí —interrumpió el coronel, que no se molestó en esperar una respuesta—, seguro que hay sitio. Ah, ¿qué es eso? —Se dirigió a grandes zancadas hacia una vitrina con hachas de guerra.

—Y yo necesitaré una segunda habitación cerca de la mía, para mi sobrino —dijo la señora Blackwood—. Ha tenido que quedarse unos días en Londres por negocios. Espero que llegue pronto. —Una pequeña y fría sonrisa iluminó su rostro.

—¿Comunicadas? —preguntó la señora MacBain mientras echaba un vistazo al libro. No veía que hubiera habitaciones comunicadas libres.

—No —se apresuró a contestar la señora—. No es necesario que sean comunicadas, pero sí necesito tenerlo cerca. Con que sean contiguas ya basta —añadió mientras esbozaba otra sonrisa algo más cálida.

—Eso sí que lo podemos arreglar. —La presidenta hojeó el libro en silencio durante unos instantes—. Ah, creo que he encontrado justo lo que necesita. Tres habitaciones juntas. Puede elegir las dos que más le convengan.

Levantó la vista y se llevó un buen sobresalto: el coronel estaba sopesando una gran espada. Thompson se acercó al punto para quitarle el arma.

—¡Vaya colección! ¿Podría probar alguna?

Me encantaría manejar esa ballesta. ¿Eso es un hacha de Lochaber?

Siempre he querido tener una entre las manos.

—Miró a Thompson con entusiasmo infantil.

Estaba claro que iba a ser un huésped problemático.

La señora MacBain se preguntó si tendría previsto alojarse durante una larga estancia y esperó que no fuera así.

—Coronel, puedo alojarlo en las habitaciones Scott. Son muy acogedoras y dan al campo de cróquet.

El oficial dejó caer la lanza que sostenía, de modo que faltó poco para que le rebanara un pie a Thompson, y se dirigió de nuevo al mostrador.

—Scott. Me gusta cómo suena. El almirante Scott. Qué gran hombre.

—Ah, no, se llama así en honor a sir Walter Scott, el poeta.

—¿El poeta? —preguntó el coronel con una mueca de disgusto—. Era un poco cursi, ¿no?, con tanto romance y esos ambientes... ¿No tiene nada más adecuado para un militar?

La señora MacBain miró con disimulo el ajustado chaleco del coronel.

—Me temo que todas nuestras estancias de temática bélica están ocupadas, coronel, pero las habitaciones Scott no tienen más relación con sir Walter que el nombre. Creo que se encontrará muy cómodo —insistió sin dejar de sonreír.

El coronel carraspeó un poco y pareció conformarse.

—Bien. —Cogió la pluma para firmar el registro y, cuando terminó, se la guardó en la chaqueta y echó un vistazo a la armería—.

¿Cuándo llega el próximo tren de Londres?

Espero que lady Annabella venga en él. Es una pena que nos hayamos separado.

Bueno, seguro que estará bien. Una vez en París, una dama puede viajar sola sana y salva. —Se dio la vuelta para marcharse.

—¿Sola? —saltó la señora MacBain—. ¿No la acompaña su marido?

—¿Lord Martin? No. Se quedó en Shanghái para clausurar el consulado, o sea, para quemar los documentos clasificados y ese tipo de cosas.

Se unirá a nosotros en cuanto termine, según tengo entendido.

—Notó la mirada de preocupación de la presidenta—.

Es el protocolo habitual. No hay nada de qué preocuparse.

Yo me habría quedado, pero él insistió en que acompañase a los civiles, por seguridad.

—Saltaba a la vista que la señora MacBain no parecía muy convencida, así que continuó—: El viaje consta de varias escalas bastante peliagudas, no son lugares para damas.

—Bien —se limitó a responder la presidenta mientras contemplaba una vez más la rechoncha figura del coronel.

«Bueno —se dijo—, tal vez se le dé bien disparar».

—¿A qué hora se sirven los cócteles? —Se dirigió a grandes zancadas hacia el guardarropa sin esperar respuesta.

La señora MacBain, ojiplática, hizo un gesto a un botones para que se ocupara de la maleta del coronel, mientras Thompson lo acompañaba al bar.

—¿Por qué no le muestro sus habitaciones, señora Blackwood?

Cuando la dama se puso de pie, la señora MacBain se quedó desconcertada, pues era menuda y apenas medía metro y medio, pero vestía un elegante traje de viaje verde pálido, con pájaros bordados en colores vivos.

Se apoyaba en un bastón de madera con una flor verde tallada en la empuñadura.

La presidenta nunca había visto nada parecido y la anciana reparó en su curiosidad.

—Es jade —dijo mientras levantaba el bastón para que lo viera mejor—. Fue un regalo nupcial de mi difunto esposo.

La presidenta debió de levantar las cejas, porque la señora Blackwood continuó:

—Es un regalo insólito, en efecto, pero por entonces Shanghái era bastante peligroso, en especial para una joven occidental, y él quería que me sintiera un poco más protegida.

La señora MacBain sonrió, aunque se preguntó de qué le habría servido el bastón a la señora Blackwood, dada su pequeña estatura.

—Pues es precioso. ¿Y su equipaje?

La dama señaló los dos bultos que tenía a sus pies.

Uno era un baúl gigantesco; de hecho, era más grande que ella misma.

La presidenta llamó a dos botones, quienes los apilaron y los levantaron del suelo como si no pesaran nada.

Con el trasiego, percibió un ligero aroma a la vez mohoso y floral.

Se preguntó si sería ese el olor de Shanghái.

—¿Podrá subir las escaleras? —preguntó la señora MacBain, mientras pensaba dónde podrían alojarla si le costaba subir al segundo piso.

—No se preocupe por eso. Me arreglo bien con las escaleras. Mi casa de Shanghái tenía cinco pisos y me defendía a la perfección. —Se puso en marcha con brío.

—Bueno, si está segura... —Indicó a los botones que las siguieran—. Entonces, ¿se marchó de Shanghái con lady Annabella?

—Sí. Tuve suerte de poder embarcar en el avión. Por desgracia, solo conseguí dos asientos, así que mi doncella tuvo que quedarse en Shanghái. Fue una pena. Tardé mucho en entrenarla y era muy eficiente.

—¿Cuánto dura el viaje? —preguntó la señora MacBain, que nunca había salido de Loch Down, y mucho menos de Escocia.

—Unos doce días. Es un trayecto agotador, con diez escalas nocturnas. Alojan a todo el mundo en el mismo hotel, así que, para bien o para mal, una acaba conociendo a sus compañeros de viaje.

—Ya me lo figuro —murmuró la presidenta. Intentaba identificar su acento. Era bastante inusitado y con un deje que no parecía inglés, pero pensó que tal vez era la entonación normal de quien ha vivido muchos años en el extranjero.

Llegaron al final de las escaleras y, en honor a la verdad, la señora Blackwood las había subido a ritmo ligero sin ningún problema.