CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE #2
Cuando Fergus al fin halló a su hermano en el comedor, este intentaba desayunar; solo lo intentaba, pues, por lo que parecía, no estaba ingiriendo gran cosa. Se limitaba a fruncir el ceño y pinchar la comida con el tenedor.
—¡Se comenta que tenemos una visita inesperada! —exclamó Fergus con cordialidad mientras se acercaba a su hermano. Se quedó parado un momento, en espera de que Angus reaccionara.
—Sí, lo siento, hermanito, perdóname. Me resultaba insoportable la idea de pernoctar en Fort William, de manera que decidimos seguir el viaje. —Le indicó que se sentara en la silla de enfrente.
Fergus tomó asiento y miró a su hermano. Estaba bronceado y bastante más delgado que el día en que se marchó de Loch Down, pero conservaba su pitillera a mano y un deje de aburrimiento en el semblante. Al parecer, había cosas que no cambiaban.
Angus señaló la comida que había en la mesa.
—¿Esto es lo que sirven de desayuno? Tendré que hablar con la cocinera.
Fergus echó un vistazo a la mesa, que contenía las sobras del desayuno escocés completo de su hermano: huevos fritos, tomates asados, alubias estofadas, haggis , morcilla, scones de patata y arenques ahumados.
—No te han servido champiñones, lo siento. —Se dispuso a llamar a un camarero, pero Angus negó con la cabeza.
—No hace falta, Fergus. —Señaló el plato—. Este desaguisado no se arregla con champiñones.
—¿Qué es lo que ocurre?
—¿Que qué ocurre? Tremendo comistrajo, no hay ni una cosa fresca.
Así no hay quien comience el día con buen pie.
—Removió unas judías con el tenedor—. Y no me hagas hablar de los tomates.
Madre mía... —Pinchó un tomate asado con el tenedor—.
¿Cómo es posible que estén duros como una pelota de golf y a la vez blandurrios?
Soltó el cubierto, se recostó y suspiró.
Fergus estaba molesto. No esperaba que Angus saltara de alegría, pero un saludo cordial no era tanto pedir.
—Entonces, querido hermano, dime: ¿qué me habrías servido si me hubiera presentado en tu casa de improviso?
Angus miró a su hermano fijamente durante un buen rato.
—Para empezar, nos acomodaríamos en la azotea.
Fergus puso los ojos en blanco y contuvo un suspiro.
—Empezaríamos con té a la menta y pan con mermelada de albaricoque. Luego, fruta fresca, queso de cabra, ¿qué más?... Huevos con aceitunas, fritos pero solo un poco, o tal vez bissara , que es una crema de judías muy fina.
—¿Crema para desayunar? En Escocia, te las vas a ver y desear para que te sirvan eso.
—¿Me lo dices o me lo cuentas? —Angus frunció el ceño.
Se hizo un sombrío silencio hasta que Fergus carraspeó.
—¿Hasta cuándo te vas a quedar?
Con calma, Angus encendió un cigarrillo y le explicó a su hermano:
—No lo sé. Todo ha cambiado. Tengo que poner mi vida en orden.
Fergus asintió despacio.
—¿Hugh se unirá a ti?
Los ojos de Angus se posaron en su hermano, estudiándolo con atención, y exhaló lentamente.
—No. —Fue una respuesta seca, tras la que apagó el cigarrillo con violencia.
Hugh era el honorable Hugh Dunbar-Hamilton, el segundo hijo de su vecino, exmarido de Bella y el amigo más antiguo de Angus, con quien había ido al colegio.
A pesar de que era un escritor bastante exitoso, ningún miembro de la familia se había molestado en leer sus libros.
Cuando se rompió su matrimonio con Bella, al descubrirse que había mantenido una aventura con Angus toda la vida, convenció a este para que se mudara a Tánger, donde podrían vivir juntos sin esconderse.
Hugh le había dicho que todos los escritores y artistas importantes del momento vivían allí y que deseaba estar entre ellos.
Mientras hacían las maletas para marcharse, Bella se vengó: huyó a Europa y le dejó los niños a Hugh.
Fergus no sabía qué decir, así que esperó en silencio. Angus encendió otro cigarrillo y clavó la mirada al otro lado del comedor.
—Hugh se ha ido a España.
—¿A España? —se sorprendió Fergus—. Si están en guerra.
—Ya lo sé. —Angus volvió a la mesa y golpeó ligeramente el cigarrillo contra un cenicero de cristal—. Quiere ser periodista. Cree que nadie lo toma en serio porque escribe novelas.
Fergus asintió como si lo entendiera, aunque no acababa de comprenderlo.
Se le ocurrían algunas preguntas, pero Angus estaba de mal humor y debía andar con cuidado para que no se encolerizase.
Los hermanos se quedaron callados un buen rato, pensativos.
Fergus ya se preguntaba si no debería excusarse e irse a trabajar cuando llegó la salvación.
Lady Georgina irrumpió en la sala y fue directa hacia ellos. Fergus se puso de pie de un salto y le ofreció una silla.
—Oí que habías llegado —dijo la matriarca, sin aliento—, pero no me lo acababa de creer.
«¿Cómo se entera de las cosas?», se preguntó Fergus. Siempre lo averiguaba todo antes que nadie. No era la primera vez que se preguntaba si tenía espías en el hotel.
Angus puso los ojos en blanco y suspiró.
—Hola, abuela. —Se levantó para darle un beso, pero ella lo disuadió con un gesto de la mano.
—¿Por qué no nos avisaste de que veníais? ¿Acaso ya nadie escribe cartas? O quizá sí que lo hiciste y nadie se molestó en decírmelo. —Le dirigió a Fergus una mirada de reproche.
Angus hizo un gesto como para restarle importancia.
—Fue muy de última hora. No tuve tiempo de escribir ni de enviar un telegrama. Llevamos días de viaje. —Bostezó de forma descortés.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? —La condesa viuda se acomodó en su silla y se quitó los guantes con delicadeza. Miró a Fergus y notó su incomodidad—. ¿Y dónde está Hugh?
Angus se enfadó y miró hacia otro lado.
—Se ha ido a España.
—¿A España? Pero si están en guerra. —Lady Georgina miró a sus nietos confundida.
—Soy muy consciente de ello, gracias. —Apagó el cigarrillo y encendió otro enseguida.
—No lo entiendo. —Lady Georgina se inclinó hacia delante y se apoyó en la mesa—. ¿Por qué demonios iba Hugh a ir a España?
Con la mirada clavada en la mesa, Angus suspiró.
—Quiere ser corresponsal de guerra.
—¿Corresponsal de guerra? —repitió lady Georgina con tono seco y los ojos entrecerrados.
—Al parecer, no le basta con ser un escritor reputado.
Fergus levantó las cejas.
—Reputado es exagerar un poco, ¿no?
—Ahora no es el momento, Fergus —le reprendió lady Georgina—. ¿Y qué hay de los niños?
Angus apuró su taza de té y emitió un profundo suspiro.
—Pensé que lo mejor era traerlos aquí.
—Sí —asintió ella con cierto aire de sabiduría—. Es lo correcto.
Angus se desplomó en la silla y soltó otro gran suspiro.
—Ánimo —dijo Fergus—, no hay para tanto.
—Sí —intervino lady Georgina—, lo peor ya ha pasado. Ahora estás en casa, y los niños, sanos y salvos. Has traído a la niñera, ¿verdad?
Angus volvió a suspirar profundamente.
—Sí, he traído a la niñera —respondió con gesto triste.
Lady Georgina le lanzó una mirada severa.
—¿Qué me estoy perdiendo? —preguntó mientras se armaba de valor.
Angus apenas se atrevió a pronunciar las palabras.
—Ha vaciado la cuenta bancaria.
—¡¿Qué?! —gritaron al unísono Fergus y lady Georgina. Los huéspedes que desayunaban no les quitaban ojo.
—Dejó algo de efectivo, que es lo que utilicé para venir aquí. Pero no era mucho y el tipo de cambio era pésimo. Tuvimos que... —Se movió incómodo—. Tuvimos que viajar en tercera clase.
Lady Georgina dejó caer su taza de té.
Un camarero acudió presuroso a limpiar y ella le hizo un gesto para que se marchara.
—¿Cómo pudo hacer esa monstruosidad? —Estaba furiosa—. ¿Te dejó con sus hijos, sin un penique y en un país extranjero? En tercera clase. Es... Es digno de Dickens.
—Tampoco hay para tanto drama, abuela. —Entonces fue Fergus quien frunció el ceño.
Le fascinaba la historia de su hermano, pero no le acababa de cuadrar—.
¿Cómo acabasteis en el tren de la leche?
—Era un ferrocarril nocturno que, además de leche, transportaba los periódicos matutinos y otros productos.
Comparado con ese convoy, que carecía de asientos, hasta la tercera clase parecía todo un lujo.
—¿En el tren de la leche? —exclamó lady Georgina—. ¿Y si te hubiera visto alguien? El conde de Inverkillen en el tren de la leche. —La idea era demasiado abominable, sobre todo a primera hora de la mañana.
—Ah, ya. —Angus se movió incómodo en su asiento—. Me las arreglé para llegar a Fort William y..., bueno...
—Se acabó el dinero. —Fergus asintió con empatía, pero Angus no se había sentido tan humillado en su vida.
—Intenté convencer a los taquilleros de que pagaríais los billetes a nuestra llegada, pero se negaron en redondo. No hay ni una pizca de respeto por la aristocracia.
Lady Georgina profirió un chasquido fuerte y burlón.
—Así que todo se reducía a elegir entre dormir en la estación y llamaros a primera hora de la mañana o subir al tren de la leche. —Se encogió de hombros y ocultó el rostro entre las manos.
Lady Georgina y Fergus se miraron fijamente: ella, horrorizada; él, desconcertado.
—Bueno, diría que los niños se lo han tomado como una gran aventura —dijo Fergus con aire alegre—. Y te las has arreglado bien para regresar. Creo que has sido muy ingenioso. —Miró a lady Georgina y asintió como para darle ánimos, pero ella se limitó a observar a su nieto con aire severo.
Angus suspiró con aire triste, rehuyendo la mirada de ambos.
—Creo que voy a echarme un rato —declaró antes de levantarse y salir con paso lento del comedor.
Cuando se hubo ido, lady Georgina dijo en tono enérgico:
—¿Sabes? Nunca me gustaron los Dunbar-Hamilton. No eran gente de fiar. No hay más que ver lo que los padres de Hugh hicieron con la finca: venderla a escondidas para construir un hotel con campo de golf. En la vida he visto peor terreno para jugar al golf.
—¿Qué? ¿Dónde has oído eso? —Fergus se alarmó. Él también había oído rumores, pero lady Georgina parecía al tanto de cotilleos mucho más detallados.
La matriarca hizo un gesto con la mano y suspiró.
—Bueno, ¿y ahora qué vamos a hacer?
Fergus negó con la cabeza.
—Sin dinero, no podrá quedarse mucho tiempo en el hotel.