Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE
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CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE

CATORCE DÍAS ANTES DEL BAILE

La señora Burnside, la chef del hotel, arrancaba su jornada tarareando mientras revisaba el número de bandejas que había que llevar a las habitaciones antes de que su personal sirviera el desayuno en las salas correspondientes.

Al mirar por la ventana al patio de servicio, vio que el furgón de reparto acababa de llegar del pueblo.

«¿Me estoy volviendo loca? —se preguntó—. ¿No han venido ya hace un rato?».

El furgón llegaba todas las mañanas a las seis en punto con el correo, los periódicos y la leche. Miró el reloj de la cocina: eran las seis y cuarto.

Se dirigió a la puerta de la cocina, vio a las ayudantes apurándose para guardar las provisiones y gritó:

—¿Ha olvidado algo, señor Russell? —Su sonrisa delataba su buen carácter—. Se le va a descuadrar el horario de todo el día.

El señor Russell, que por lo general era un hombre alegre, guardó silencio. Lucía un semblante inescrutable y señaló con la cabeza la parte trasera del furgón.

—Es una entrega especial.

La señora Burnside dudó un momento y luego, despacio, rodeó el vehículo hasta llegar a las puertas abiertas.

Allí, en la parte trasera, yacían un hombre y varios niños pequeños, todos dormidos como troncos.

La cocinera miró varias veces al señor Russell y al furgón, con la boca entreabierta por el desconcierto.

El señor Russell se puso a su lado y, juntos, contemplaron en silencio a sus pasajeros.

—Esto... —La señora Burnside no sabía qué decir.

—Vinieron en el tren de la leche. Dijeron que los trajera a la casa. Pensé que era demasiado temprano para que alguien viniera a buscarlos.

—¿En el tren de la leche? —preguntó la señora Burnside mirando al repartidor, confundida—. Pero ¿quiénes son? ¿Y por qué los trajo aquí?

—Ese —dijo con tono sombrío— es lord Inverkillen.

Al oír su nombre, Angus se despertó sobresaltado.

—¡Oh! ¿Ya hemos llegado? —Miró a su alrededor, con el desconcierto dibujado en el rostro—. ¿Dónde estamos?

Angus Inverkillen, hermano de Fergus y Bella, era el actual conde de Inverkillen.

Loch Down Abbey había sido la casa solar de su familia durante casi seiscientos años.

Cuando vendieron la propiedad, se mudó a Tánger con el exmarido de Bella, cuyos hijos ayudaba a criar.

Era un arreglo que les venía de perlas, pero que suscitaba muchas miradas de extrañeza en Loch Down Abbey cuando el asunto salía a colación.

—Bienvenido a casa, lord Inverkillen —dijo la señora Burnside. Como no tenía claro si debía hacer una reverencia, asintió—. Está en el patio de servicio, en la parte trasera de la casa. Soy la señora Burnside, la cocinera.

Angus los observó a ambos con aire profundamente inseguro.

—Ah, sí —repuso Angus con voz vacilante—.

La cocinera. —Al parecer, no estaba muy hablador.

No sin dificultad, salió del furgón y, al hacerlo, despertó a los niños.

El señor Russell se acercó para ayudarlos a bajar.

Mientras se espabilaban, salió otra figura del vehículo.

La señora Burnside la miró, boquiabierta.

—¿Y usted quién es? —preguntó al fin en voz alta.

Un par de ojos de ardiente color ámbar se la quedaron mirando.

—Es su niñera —dijo Angus estirando el cuello.

La cocinera la observó de arriba abajo y luego volvió a mirar a Angus.

—¿Por qué lleva una sábana?

Angus bostezó.

—Es el atuendo habitual en Marruecos.

—Ah —respondió la señora Burnside mientras contemplaba de nuevo a la niñera. Al mirar dentro del furgón, vio su equipaje—. ¿Son suyas todas esas maletas? —Eran demasiadas para una mera visita.

—¿Cómo? Ah, sí —respondió Angus. Conteniendo otro bostezo, preguntó—: ¿Qué hora es?

—Las seis y cuarto. La casa aún no está lista. Eh... —No sabía muy bien qué hacer con ellos—. ¿Por qué no vienen conmigo y les preparo algo para desayunar? —Guio al grupo hacia la puerta de la cocina.

—Majida acomodará a los niños en sus habitaciones.

—Se volvió hacia la niñera y le dijo algo que la señora Burnside no entendió.

La mujer lo miró fijamente y Angus señaló a los niños y luego a la parte superior de la casa, antes de chasquear los dedos.

La niñera asintió con entusiasmo y arreó a los niños a la puerta.

La señora Burnside se estremeció. La sola idea de que le chasquearan los dedos la ofendía en lo más hondo.

Angus se giró hacia la señora Burnside.

—Hágame llegar una bandeja a mi habitación. Me muero por darme un baño.

Volvió a mirar el furgón de reparto con cierto disgusto.

Al cabo de un momento, se alejó a zancadas hacia la cocina, buscando una salida a diestra y siniestra.

Las cocinas eran un hervidero de actividad.

Las camareras y los lacayos iban de acá para allá con bandejas en sus manos, y las cocineras encendían hornos y fogones.

A duras penas, la señora Burnside trataba de seguirlo.

—Lo que ocurre es que... no sé en qué habitaciones alojarlo, señor. Esas cosas no sé cómo van.

Angus miró a la cocinera como si se hubiera vuelto loca.

—Estaré en mis aposentos de siempre, como es natural. Ahora, dígame, ¿cómo salgo de aquí?

—Pero señor, no sabría decirle si sus habitaciones habituales están libres.

De repente, Angus se dio la vuelta y se la quedó mirando atónito.

No se le había ocurrido que sus antiguos aposentos pudieran alojar a otra persona.

¡La dichosa idea del hotel! Lo único que necesitaba era un baño.

Y cambiarse de ropa. Y una taza de té. ¿Acaso era mucho pedir?

La frustración se reflejaba en su rostro.

—Mire —dijo la señora Burnside con voz calmada, consciente de que Angus estaba que trinaba.

Lo condujo con amabilidad hasta la sala de personal—.

¿Por qué no espera aquí mientras le preparo un té?

El recepcionista suele llegar a las siete menos cuarto y entonces podrá buscarle unas habitaciones.

—Mantuvo la puerta abierta, rogando en silencio que Angus hiciera lo que le pedía.

—¿Me está diciendo que aguarde en la sala del servicio a que me asignen habitaciones en mi propia casa?

En un tris, lord Inverkillen había pasado de la frustración a la ira. A la señora Burnside no le convenía que su personal la viera discutiendo con él, así que apretó el paso y le respondió:

—Si así lo desea, puedo servirle el té en la armería.

Sencillamente pensé que, como quería darse un baño, quizá preferiría esperar en un lugar reservado, a salvo de las miradas de quienquiera que entre o salga.

—Contuvo la respiración y esperó que se viera impelido a morder el anzuelo tan solo por pura vanidad.

Angus asimiló la información e hizo un único y seco gesto de asentimiento. La señora Burnside volvió a abrir la puerta y el conde pasó, mirando a su alrededor con semblante decepcionado.

—Haré que le traigan una bandeja en un momento, señor. —La señora Burnside se apresuró en dirección a la cocina y, aliviada, dio un profundo suspiro. Rezando para que no se retrasara el señor Thompson, el recepcionista que solía cubrir el turno matutino, fue en busca de la señora MacBain.

Hubo una pausa durante el desayuno, y tanto Fergus como Imogen levantaron la vista.

Los golpes en la puerta eran tan débiles que no tenían claro si había llamado alguien o no.

Al cabo de un momento se hicieron más intensos.

Imogen miró el reloj de la repisa de la chimenea, y Fergus, su reloj de pulsera.

Aún no eran las ocho y las pocas visitas que recibían nunca llegaban antes de esa hora.

Rayaba en los límites de la indecencia. Imogen se encogió de hombros y siguió dando de comer al bebé.

Fergus se levantó y, a continuación, se dirigió a la puerta principal.

En el porchecito se encontró a la señora MacBain, con la pesadumbre dibujada en el rostro.

—Espero no haber despertado al niño. Hemos tenido una visita temprana y he pensado que convenía avisarle.

—¿Avisarme? ¿Por fin ha aparecido Bella? —Se apartó para que la presidenta pudiera entrar en el cottage , pues lloviznaba, y la acompañó al comedor.

—Ah, no. No. De hecho, todo lo contrario. Buenos días, Imogen. Siento irrumpir así.

—¡No se preocupe, señora MacBain! Acabo de terminar con la chiquitilla y es hora de vestirla. Por favor, sírvase un té. Me temo que las tostadas se han enfriado. —Levantó a la pequeña de la silla, radiante, y salió de la habitación tarareando.

«La maternidad le sienta bien —pensó la señora MacBain. Dirigió la mirada a Fergus, que le estaba sirviendo té—. Parece cansado pero feliz».

—Y bien —dijo él en tono afable—, ¿qué ha ocurrido que usted considera todo lo contrario a una invasión por parte de Bella? Oh, no... ¿Angus?

—En efecto. Con los niños a cuestas y una especie de sirvienta. —Y siguió contándole la historia que le había relatado la señora Burnside.

—¿Por qué demonios ha cogido el tren de la leche? ¿Y por qué ha venido?

—Bueno, eso no lo sabemos con certeza, pues la señora Burnside no quiso entrometerse, pero juzgué preferible que lo supiera usted antes de venir al hotel.

—Sí, gracias. —Le escrutó el rostro—. A usted le preocupa algo.

La señora MacBain se levantó y miró por la ventana un momento. Al girarse, parecía apesadumbrada.

—Han traído una montaña de maletas y baúles. No creo que se trate de una visita.

—De acuerdo —dijo Fergus despacio. Se quedó sentado en silencio durante unos instantes, con la mirada fija en las tostadas frías que había en el centro de la mesa.

El reloj dio la hora y sacó a Fergus de su ensoñación.

—Bueno, será mejor que suba y averigüe qué ha pasado.

—Conociendo a su familia, le hará falta un plan.

O, al menos, barajar algunas opciones. Yo me encargaré de informar al personal.

Tómese su tiempo y suba cuando esté listo.

—Se levantó y se alisó la falda. Era un gesto que Fergus conocía bien y le inspiró una inmensa ternura—.

No es necesario que me acompañe a la puerta.

Y entonces se marchó; Fergus se quedó valorando qué implicaba el regreso de su hermano.