Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) JULIO DE 1937
3%

JULIO DE 1937

Fergus cerró la puerta suavemente tras de sí. La niña se había pasado despierta toda la noche e Imogen, su esposa, acababa de conseguir que se durmiera. Le encantaba ser padre, pero ¡caray!, era una tarea agotadora. Respiró hondo, levantó la vista y admiró el intenso azul del cielo.

«Hace un día maravilloso», pensó.

Se puso en marcha, cerró la verja y subió por el camino de grava.

Al cabo de tres minutos, pasó por la antigua capilla familiar y vio al reverendo Douglas.

Fergus saludó con la mano al otro lado del cementerio, y notó lo gordo que se había puesto el vicario en el último año.

No cabía duda de que su reciente esposa era una buena cocinera.

Continuando por el camino, bajo los viejos árboles de la antigua finca, acabó por desembocar en el patio delantero y se detuvo bajo los arqueados tejos para contemplar el panorama.

El Loch Down Abbey Hotel, otrora hogar de su familia, era un hervidero de actividad.

Habían organizado una gran batida durante el fin de semana y los huéspedes se marchaban ese día.

Los mozos se apresuraban, zigzagueando entre la gente y los perros; los botones cargaban en los coches los baúles, las armas y las cestas de caza; los conserjes acomodaban a las damas en sus asientos y aceptaban generosas propinas de los caballeros.

Al ver a lord Enderleigh tratando de sacar a su nuevo retriever del estanque, Fergus negó despacio con la cabeza.

Ese sabueso había causado un sinfín de problemas durante la cacería: no dejaba de ladrar, saltaba entre los helechos y persiguió a una manada de ciervos.

Como director del hotel, Fergus tendría que hablar con lord Enderleigh antes de que se marchara.

No permitirían que llevase de nuevo al perro hasta que estuviera debidamente adiestrado.

Aunque no le apetecía en absoluto, debía mantener esa conversación, ya que las cacerías representaban una parte sustancial del negocio del hotel.

Fergus suspiró, se dirigió a la entrada y accedió a la armería por el arco de piedra.

También aquella estancia bullía de actividad: las señoras esperaban sus coches, las camareras se apresuraban a servirles té o arreglar una mesa y, en el mostrador, dos recepcionistas liquidaban cuentas con los huéspedes.

Un botones bajito se acercó a Fergus.

—Buenos días, señor. Tiene un telegrama.

—Fergus miró al empleado con cierta sorpresa.

Los telegramas eran cada vez menos habituales, pues ya casi todo el mundo llamaba por teléfono directamente.

Cogió el sobre de la bandeja de plata, asintió en señal de agradecimiento y lo abrió.

El botones dio un paso atrás y esperó. Fergus hizo una mueca y miró al chico.

—¿Dónde está? —preguntó.

—En la sala serbal, señor, esperándolo como de costumbre.

—Gracias. —Fergus se dio la vuelta y cruzó la armería a zancadas.

Al pasar, saludó distraídamente con la cabeza a los huéspedes que tomaban el té de media mañana.

Lo detuvo la anciana señora McCready, que le agradeció con gran efusión que le hubieran guardado sus habitaciones acostumbradas.

Le dijo que lo valoraba de veras, pues con toda probabilidad sería su último viaje.

Se estaba muriendo, le explicó, de alguna dolencia que nadie supo indicarle con precisión; aun así, se las arreglaba para acudir al hotel tres o cuatro veces al año, para gran disgusto de sus hijos, que veían con horror cómo se consumía su herencia.

Fergus sonrió e intercambió algunas palabras amables antes de seguir adelante.

Pasó al otro lado de la armería, se detuvo para pedirle a un camarero que le sirviera más té a la señora y luego continuó hasta una puertecilla panelada que había bajo las escaleras.

Una elegante placa de latón rezaba: «Sala serbal».

La señora MacBain levantó la vista al entrar Fergus.

Era Alice MacBain, antigua ama de llaves de Loch Down Abbey, quien había impulsado la compra de la finca y su conversión en un próspero hotel y coto de caza.

Junto con otros empleados veteranos, había comprado la propiedad cuando los Inverkillen se vieron obligados a venderla para evitar la quiebra.

Fergus, el único miembro de la familia que trató de mantener a flote la finca, se quedó como director del hotel.

A su abuela, lady Georgina, también le permitieron permanecer en un cottage dentro de la finca, pero el resto de la familia se dispersó por los cuatro rincones del mundo.

Fergus cruzó la sala circular que la señora MacBain utilizaba como despacho en la zona noble.

En época medieval, había sido un polvorín y en la actualidad la habían transformado en una acogedora salita de estar.

La presidenta estaba sentada en su silla de siempre junto a la ventana, preparando el té.

—Buenos días, Fergus. ¿Va todo bien ahí fuera?

Desde que se hicieron cargo del hotel, Fergus y ella despachaban todos los lunes por la mañana, antes de que él se reuniera con los jefes de departamento.

Mientras tomaban el té, departían acerca de los asuntos de la semana.

Cuando Fergus empezó a dirigir el establecimiento, le resultaba abrumador gestionar a tanto personal y ocuparse de tal cantidad de detalles, por no hablar de los huéspedes, las cacerías, la pesca, la destilería...

En resumen, se sentía desbordado, de modo que le quedó eternamente agradecido a la señora MacBain cuando esta le sugirió que se reunieran una vez a la semana, solo ellos dos, para explicarle cómo lo había gestionado todo cuando era el ama de llaves.

La presidenta le ofreció una taza de té y se fijó en el telegrama que Fergus llevaba en la mano. Él se sentó pesadamente y le entregó el papel sin decir nada. Ella depositó despacio la taza en la mesa, con el rostro arrugado por la preocupación. Cogió sus gafas de lectura.

Shanghái invadida por japoneses.

Extranjeros repatriados.

Llegada estimada Marsella, 8 agosto, Imperial Airlines.

La presidenta levantó la vista, alarmada.

—¿Bella va a volver a casa? —preguntó con inequívoca incredulidad.

Atónito, Fergus asintió lentamente y respondió:

—Sí, va a regresar.

La señora MacBain se dejó caer en la silla y exhaló de manera pausada mientras decía:

—Que Dios nos ampare. —Ambos permanecieron sentados en silencio durante unos instantes, asimilando lo que implicaba la noticia.

Lady Annabella Martin, a quien su familia llamaba Bella, era la hermana de Fergus y vivía en Shanghái.

Después de que se rompiera su matrimonio (por culpa, nada menos, que de su hermano Angus), huyó a Europa para escapar de las humillantes habladurías.

El periódico local había publicado la noticia con todo lujo de jocosos detalles.

Durante su estancia en Mónaco, se vio envuelta en una turbulenta aventura con el apuesto sir Edmund Martin, cónsul general de Shanghái.

Se casaron al cabo de dos semanas y Bella se acomodó a su nueva vida en el extranjero.

Desde entonces habían pasado tres años, durante los cuales solo había regresado a Loch Down Abbey en dos ocasiones.

Ninguna de las visitas había sido fácil para el personal del hotel.

—¿Dónde la vamos a alojar? —La señora MacBain volvió a mirar el telegrama y anotó la fecha—.

Coincidirá con el baile, y para esas fechas ya lo tenemos todo reservado.

Si solo son Bella y sir Edmund, nos las arreglaremos.

Ahora bien, como traiga a todas esas doncellas de quienes siempre presume...

No sé dónde vamos a alojarlas. ¿Cuántas eran la última vez que las contamos?

¿Catorce? No sé para qué quiere tantas. —Chasqueó la lengua con suavidad y dejó el telegrama en la bandeja del té.

Fergus negó despacio con la cabeza.

—Porque puede, señora MacBain. Sencillamente porque puede. —Se quedó en silencio durante unos instantes, con la mirada clavada en la alfombra—. Al menos disponemos de unas semanas para solucionarlo. ¿Puede informar a los jefes de departamento esta mañana? Voy a ver si consigo más información.

Ella asintió y observó cómo Fergus se levantaba y salía de la salita.

Sorbiendo su té, pensativa, se quedó cavilando cuál era el nombre colectivo de las doncellas.

¿Una bandada? ¿Una recua? ¿Tal vez una parvada?

Si lady Bella acudía con catorce de ellas, sin duda lo apropiado era un término militar.

¿Una falange? Sí, una falange de doncellas era lo que estaba a punto de irrumpir en Loch Down Abbey.