Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2) PRÓLOGO
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Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2)

Solo asesinatos en Loch Down Abbey (Señora MacBain 2)

Por Beth Cowan-Erskine

© inepub.com

PRÓLOGO

La mañana después del baile, Hudson hacía su ronda.

Por suerte, en Loch Down Abbey reinaba la tranquilidad.

Quizá se había pasado con el whisky la víspera, porque se sentía un poco mareado.

Rara vez se daba ese lujo, pero había sido el primer baile que celebraban en siglos y todos se habían desmadrado un poco.

El resultado fue que esa mañana solo se habían presentado a trabajar tres lacayos y dos camareras, de modo que Hudson, copropietario de Loch Down Abbey y antiguo mayordomo, había cogido una bandeja para ayudar a recoger los vasos de la víspera.

«La próxima vez, si es que la hay —caviló con severidad—, no permitiremos que el personal asista al baile».

Hudson asintió cuando un lacayo entró en el vestíbulo desde el salón de las rosas.

—Han roto una silla, señor. Enviaré a un botones a retirarla ahora mismo. —El muchacho lucía un delicado tono grisáceo.

Hudson volvió a asentir suavemente y deseó que no fuera una de las sillas Chippendale, pues quedaban poquísimas.

Entró en la gran galería y se asomó a la sala del roble.

Observó que los lacayos no habían limpiado las mesas de juego antes de retirarse a dormir.

Mientras evaluaba los daños, calculó el tiempo y el personal que se necesitarían para volver a poner la estancia en orden. Aquella mañana iba desbordado.

Cruzó la gran galería, recogiendo vasos aquí y allá, y se dirigió a la biblioteca menor.

Aunque no la habían abierto al público, puesto que en los bailes la gente se desmadraba tanto, estimó conveniente revisar la sala.

«Con premura y con esmero, Loch Down en orden la quiero», como solía decirles a los lacayos cuando trataban de eludir sus obligaciones.

Giró el pomo y se estrelló contra la puerta.

Por poco le estalla la cabeza. ¿Acaso estaba tan resacoso que ya no era capaz ni de abrir una puerta?

Lo intentó de nuevo y gruñó frustrado. Estaba cerrada con llave.

«¿Por qué está cerrada? —pensó irritado—. Debería estar abierta».

Cuando se hicieron cargo de Loch Down Abbey, habían experimentado infinidad de problemas con llaves perdidas y cerraduras viejas, por lo que se adoptó la decisión de que todas las salas para uso de los huéspedes permanecieran abiertas en todo momento.

«Bueno, tal vez la cerrara la señora MacBain —se dijo— para que no entrara nadie durante el baile».

La presidenta abogaba por limitar el número de estancias abiertas al público.

«Una habitación menos que limpiar cada día», había dicho.

Y esa mañana, con la plantilla bajo mínimos, Hudson comprendió lo acertado de la medida.

Sin embargo, recordó haber visto a alguien salir de la sala durante el resopón de medianoche.

¿O quizá entrar? Vacilaba, pues se había concentrado en la comida, que desaparecía mucho más deprisa de lo que habían previsto.

Quedarse sin provisiones habría sido una catástrofe y se desvivió para que no ocurriera.

En todo caso, recordaba sin ninguna duda que la puerta se abrió y se cerró.

Volvió a la gran galería refunfuñando. Si no podía entrar en la biblioteca menor por las puertas principales, lo intentaría por las del jardín.

Rodeó el edificio con cuidado de no salirse del sendero de guijarros.

La jornada no se presentaría más halagüeña si se manchaba los puños del uniforme.

De pie frente a las puertas del jardín, agarró el pomo, pero descubrió que también estaban cerradas con llave. Y las cortinas, corridas.

Frustrado, resopló y escudriñó a través de las cortinas, pero no vio nada.

Se preguntó si quizá, solo por una vez, podía prescindir de revisar la sala. «Es el principio del fin», se dijo con pesimismo. ¿Cómo podía esperar que su personal alcanzara el máximo nivel de exigencia si él dejaba pasar eso? No, era de todo punto imprescindible que entrase, pero ¿cómo?

Regresó a Loch Down Abbey y se detuvo para comprobar que sus zapatos y su uniforme estuvieran limpios. Una vez satisfecho, su mirada se posó en las puertas de la sala del roble. «Tal vez así me las arregle», pensó fugazmente, antes de cruzar y coger una llave de latón de la puerta más cercana.

La introdujo en la cerradura de la biblioteca menor y la giró. Por fin, un pequeño triunfo. Abrió una de las puertas y entró.

Junto al sofá, una lámpara seguía encendida y arrojaba la suficiente luz como para iluminar una mesita auxiliar, donde dejó la bandeja.

Abrió de par en par las pesadas cortinas de damasco de las ventanas que daban al jardín y la pálida luz matutina entró en la estancia sin prisas, como si también tuviera resaca.

Hudson fue a coger la bandeja de plata, pero su mano izquierda falló de objetivo y acabó en un plato con restos de comida.

Haciendo una mueca, cogió uno de sus seis pañuelos (largos años de experiencia le habían enseñado que hombre precavido vale por dos) y se volvió para examinar la sala mientras se limpiaba.

Se estremeció: había una manta tirada frente al sofá.

Miró más de cerca y dio un respingo, pues no era una manta, sino una persona. Alguien dormía en el suelo.

Supuso que eso explicaba por qué la puerta estaba cerrada con llave. Pero ¿por qué dormir en el suelo? ¿Se habría caído por la tremenda borrachera? Sacudió la cabeza, permitiéndose esa pequeña muestra de desdén antes de preguntarse qué debía hacer.

Se acercó con el mayor sigilo posible, debatiéndose entre despertar al durmiente o salir sin que se diera cuenta.

«¿Cuál es el protocolo en este caso?», se preguntó.

A las tres y media habían pedido amablemente a los huéspedes que se marcharan y, a las cinco, ordenaron a los lacayos que echasen a los rezagados. Entonces, ¿quién podía ser?

Necesitaba saber de quién se trataba exactamente antes de interrumpir su sueño. Esa mañana no estaba dispuesto a recibir una reprimenda de un lord, pero como fuera un camarero... Rodeó el brazo del sofá y, en cuanto se inclinó con cautela, soltó un grito.

Sus pies lo llevaron hasta las puertas principales mucho más rápido de lo que le habría gustado a su cabeza. Abrió una hoja de un tirón, asomó la cabeza y miró a izquierda y derecha en busca de un lacayo. «¿Dónde andan? ¡Nunca están cuando hacen falta!», se dijo.

Cerró con cuidado tras de sí y se dirigió con paso vacilante hacia el salón de las rosas, con la esperanza de que un botones estuviera retirando la silla rota.

Sin embargo, por cada paso hacia adelante, daba otro hacia atrás, como si quisiera avanzar y permanecer en el mismo sitio para custodiar el umbral.

Justo cuando alcanzó el pomo de latón, la puerta se abrió de golpe.

Un botones dio un salto hacia atrás, sobresaltado, y dejó caer la silla.

Se miraron fijamente durante medio segundo, antes de que Hudson le voceara una orden al muchacho:

—Ve a buscar a la señora MacBain. Hazla venir a la biblioteca menor. —Señaló las puertas al otro lado de la galería. El botones se lo quedó mirando sin moverse—. ¡Ya! —ladró.

—¡Sí, señor! —El chico volvió a recoger la silla.

—No. —Hudson se la arrebató de las manos—. Déjala.

Vio cómo el botones salía corriendo de la habitación y desaparecía tras la puerta tapizada de paño verde. Miró la silla que tenía en las manos y suspiró. «Por supuesto, era una Chippendale». La dejó con cuidado junto a la vitrina de cajas de música antiguas. Ya se ocuparía de eso más tarde.

De regreso en la gran galería, se encaró con las puertas de la biblioteca menor.

Dubitativo, se puso a pensar qué hacer a continuación.

¿Debía esperar fuera o dentro? Sin duda, lo mejor era aguardar fuera, pero entonces recordó que había abierto las cortinas y que, si había alguien en el jardín (cosa poco probable a esas horas tan tempranas, pero no imposible), podría ver el interior.

Y no podía ser. Cerró los ojos, respiró hondo y se apresuró a entrar de nuevo en la habitación.

Se dirigió directo a las ventanas y corrió las cortinas de un tirón. La estancia quedó sumida en la oscuridad, salvo por una lámpara junto al sofá. Apenas podía distinguir la forma de... Era demasiado horrible. Sentía latidos en la cabeza.

Se dirigió a las puertas y las cerró con llave. Se preguntó cuánto tardaría en llegar la señora MacBain. Encendió la lámpara de araña y examinó la sala, haciendo todo lo posible para no volver a mirar el sofá.

Estaba sumido en sus pensamientos preguntándose si podrían reorganizar los muebles o tal vez girar la alfombra cuando las puertas chirriaron y Hudson se sobresaltó con tanta violencia que se chocó con una butaca.

Con la mirada fija en el pomo, contuvo la respiración.

Hubo otro intento de abrir las puertas y luego oyó un suave golpe.

—¿Señor Hudson? Soy yo.

El maître y antiguo mayordomo abrió la cerradura y entreabrió una hoja medio palmo.

—Señora MacBain, gracias a Dios que es usted. —Se hizo a un lado para dejarla pasar.

La presidenta se quedó inmóvil, mirando a su socio con semblante desconcertado.

—Me han dicho que quería verme con urgencia. —Iba vestida, como él esperaba, pero era evidente que el botones la había interrumpido en medio de su aseo, pues llevaba el pelo suelto sobre los hombros, una imagen que Hudson no había visto en todos sus años en Loch Down Abbey.

Sin decir nada más, la agarró del brazo, la hizo entrar y cerró la puerta. La señora MacBain se dio la vuelta, claramente ofendida por la brusquedad, pero se quedó sin aliento en cuanto miró al sofá frente a la chimenea.

—¿Qué es eso? ¿Qué ha pasado? —Se apresuró a acercarse—. ¿Es sangre?