CAPÍTULO 42
CARLEY
Quizá lo he dicho antes de lo que debería.
Los pijos idiotas que hay aquí están en otro nivel. Y cuando hablo de nivel me refiero a que son altivos no solo en el modo de caminar, sino también en cómo se comunican entre ellos.
—¿Por qué parece que todo el mundo se odia? —le pregunto a Bir mientras bajamos la infinita escalera.
Temía que miraran hacia nosotros como si de una película se tratase, que hasta los focos se centraran en nuestra bajada, yo tropezaría y se iría todo a la mierda.
Por supuesto, no ha pasado nada de eso y Bir tampoco permite que me tropiece porque me sujeta de la cadera con una seguridad que nunca he tenido por mí misma.
—Porque así es. Estos eventos solo se realizan con el propósito de criticar y cerrar tratos empresariales. No se viene a hacer amigos, se acude para aparentar que los vas a hacer. Nunca sabes de quién vas a necesitar un favor.
Estoy por decir en voz alta lo que opino, y es que es una puta mierda que estas cosas sigan ocurriendo, pero ¿qué ganaría?
Solo con cómo aprieta la mandíbula cada vez que se fija en alguien, sé que Bired lo está pasando mal, tampoco se encuentra cómodo.
No obstante, es su ambiente, no puede hacer mucho por cambiar dónde se ha criado.
Que enfatice lo mierda que es no cambia nada, solo aumenta la presión sobre sus hombros.
—Y luego estamos nosotros, que hemos venido a aparentar que somos los más felices del mundo, ¿no es así?
Al escuchar mi voz le cambia la expresión.
Siento que se relaja, y eso me hace sentir bien.
Conmigo misma y por él. Conmigo misma porque siento que en los últimos días no tengo que aparentar ser lo que no soy con él.
Encuentra paz sin que yo haga el esfuerzo de ser lo que necesita, porque necesita lo que ya soy, y es una sensación increíble.
La más especial que he experimentado en mi vida.
—No deja de ser un negocio, señorita Throw. De esto depende que puedas finalizar el trabajo de tu vida.
—Sin duda, el campamento de verano es el trabajo de mi vida.
Juntamos las frentes y comenzamos a reírnos casi en silencio. Coincide con que llegamos al final de la escalera y con que una persona ya está esperando a que Bired lo atienda.
Hago lo mismo que él me ha pedido: quedarme a su lado, sonreír y actuar como si me interesara algo de lo que dicen. La realidad es que a él tampoco le importa una mierda, pero es parte del juego. Y hemos venido a jugar, es el trato que tenemos.
El hombre es amigo del padre de Bir. Habla con él como si lo conociera de toda la vida.
Si no fuera porque Bired me está apretando la mano con los tres movimientos que hemos configurado para pedir auxilio, creería que lo está pasando en grande con el reencuentro.
Es increíble la capacidad que tiene de tapar sus verdaderas emociones.
Maggie lo ha enseñado bien, y es triste e increíble a partes iguales.
—Cariño, tu madre nos está llamando. —Señalo la mesa de Maggie, que, aunque ella no sepa de mi existencia, yo la podría diferenciar en cualquier parte del mundo. Es la mujer más hermosa que he conocido. Ojalá poder ostentar algo de su elegancia.
El hombre se da por aludido y nos deja a solas en cuanto nos despedimos de él.
—¿Ves cómo te necesito a mi lado?
Me quedo sin respiración durante unos segundos. ¿Ha dicho lo que creo que ha dicho?
—Has hecho esto toda la vida solo.
—Y eso no quita que necesite que alguien que me vea realmente, me ayude. ¿O es que es mejor ir con el peso del mundo uno solo?
Es una pregunta que tiene más peso del que estoy dispuesta a admitir, porque me está echando en cara la tapadera que ha recubierto mi vida, además de decirme algo precioso.
—No, no es mejor.
—Vamos a aprender mientras luchamos contra estos pijos, ¿no?
—Ese es el trato.
Aunque no tengo claro cómo voy a sentirme con ello, ya que la parte de confiar ciegamente en alguien no es algo que haya experimentado mucho en mi vida.
—Voy a ir a saludar a mi madre, es mejor que…
No lo dejo acabar, sé lo que es mejor. Después de la comida con ella Bir volvió muy raro. Si allana el terreno, será más sencillo, porque las dagas que nos está lanzando con la mirada no auguran que me dé la bienvenida esperada en la familia.
—Es mejor que vayas por tu cuenta y luego nos volvamos a encontrar.
Asiente.
—Michael ya nos habrá visto, tiene ojos y oídos en todas partes.
Hago el amago de irme, pero es Bir quien me rodea por la cintura y me atrae hasta su boca. El pico que me da sale de forma natural. Tan natural que hasta temo que pueda añadirlo a mi rutina. Como si fuera parte de la seguridad que estoy desarrollando a su lado.
Nos separamos. Por mi parte, me dirijo hacia la barra para pedir algo que refresque. Tengo la boca seca de los nervios. No puedo recurrir al alcohol, no es el lugar para meter la pata hasta el fondo, así que solo me queda la opción de algo frío y cítrico.
—¿Tenéis limonada? —le pregunto con tiento al camarero.
De forma muy extraña, el hombre no me mira a mí, sino al grupo de mujeres que están a mi derecha.
Hasta el momento habían estado hablando entre ellas, sin reparar en mi presencia.
Me equivoqué al pensar que los pijos solo son gente con dinero y galantería, porque también son zorras malas y envidiosas.
—No hay bebidas para aquellas que deberían estar al otro lado de la barra —responde una de ellas. Una mujer de mediana edad que he visto antes hablando con la madre de Bired.
«Bienvenida a la alta sociedad, Carley Throw», me digo a mí misma.