CAPÍTULO 41
CARLEY
—Subir a un coche de lujo no entra dentro de las actividades nuevas que estoy realizando por mantener mi trabajo. Bir me ha dado múltiples paseos a lo largo de los años. Eso no quita que la sensación sea tan extraña como el primer día. Inusual, podría decir.
El motor se escucha diferente, pero ¿alguien puede reparar en cómo se siente simplemente la tapicería? Es una auténtica pasada.
—Ahora, cuando nos bajemos —Bir es sexy cuando conduce con un traje de dos piezas hecho a medida, así como dato—, solo tienes que comerte a los demás con tu presencia. Te ayudaré a salir y todo lo demás saldrá rodado.
—Me estás poniendo mucha presión al asumir que sabré hacer esto de forma natural.
—Es mejor que sea así. Si te doy mil ideas solo haré que te agobies más. ¿O es que con los cientos de datos que apuntaste en los folios no tienes suficiente?
Bien es cierto que me obsesioné apuntando cada detalle, cada invitado que iba a acudir.
Necesito saber quién es quién. Mi naturaleza despistada me mete en situaciones incómodas y no quiero que esta sea una de ellas.
No solo mi trabajo está en juego, sé que esto es importante para Bired.
Su familia siempre lo ha presionado con la buena presencia en estos actos.
No sé qué sucedió tras la visita a casa de su madre, pero volvió siendo otra persona.
Hay un halo de tristeza y tranquilidad a su alrededor.
No me he atrevido a preguntarle por miedo a que me afecte más de lo que puedo manejar.
Toda mi concentración está puesta en que la noche salga a pedir de boca.
Por eso, cuando aparca el deportivo en la zona señalada para la familia Arwan, espero paciente las indicaciones que me ha dado.
Su mano espera a la mía y, cuando la tomo, una corriente de calor sube por mi espalda. Diría que me he puesto cachonda; la realidad es que lo he sentido como un acto de confianza e intimidad. Y creo que me gusta más esta sensación. Que, ojo, no seré yo quien demonice el sexo.
—Estás preciosa —murmura mientras me indica el camino hacia la mansión.
Se trata de un palacete antiguo, propiedad de uno de los mejores amigos del padre de Bired y de Michael Douglas.
La jet set de Nojin está hoy congregada entre estas cuatro paredes.
¡Pero qué cuatro paredes! Hay tantas luces alrededor de la fachada que parece de día, y qué puedo decir de la alfombra roja que han puesto; además de preciosa, me hace sentir una princesa.
—No sabía que me gustaba esta sensación.
—¿Qué sensación? —pregunta Bir, dudoso y sonriendo a partes iguales.
Se ha peinado los rizos rubios y, aunque no es el look que más me gusta, está guapísimo.
—La de estar dentro de un cuento. Toda la estética es preciosa.
—Es lo único bonito de estos lugares, créeme.
—No seas agorero, seguro que sale todo bien.
Se mantiene en silencio y, si fuera una persona inteligente, intentaría descubrir por qué lo hace. Dado que no me caracterizo por ello, dejo que me arrastre hasta el interior del salón principal.
Lo primero que veo son las lámparas de araña que tanto adora mi madre y que jamás estarán a su alcance.
Y después llega, como un torrente cargado de tensión, el murmullo de las múltiples conversaciones que se mezclan con la música.
Los tacones repiqueteando sobre el suelo de mármol, perfectamente pulido.
Las risas de los hombres, graves y dispersas.
Era lo que esperaba y, a la vez, no tiene nada que ver.
—¿Crees que podrás con ello? —Ni siquiera me había percatado de que Bir había frenado nuestro paso.
Estamos en lo alto de unas escaleras, viendo a todos bajo nuestros pies.
Donde debería sentir fuerza y serenidad, como hace un minuto, solo percibo que mi hermano tenía razón: este tipo de ambiente no es el mío.
Al mirar hacia Bired, dispuesta a decirle que es mejor que me busque otro trabajo, que esto es una tontería, aprecio algo en sus ojos.
Es un ligero brillo. También me doy cuenta de que está esperando en silencio, sin soltarme la mano, apretándomela con fuerza para infundirme serenidad.
Si no llega a ser por ese gesto, ahora mismo estaría en el suelo. Me tiemblan las piernas como nunca.
Si este verano algo ha cambiado entre nosotros es que ambos nos hemos abierto el corazón, hemos permitido que el otro vea nuestra vulnerabilidad. Es la primera vez que Bir me expresa sus temores, que me deja entrar en ellos con una confianza desbordante.
Cuando creo que lo mejor es darme la vuelta y pensar en mí, recuerdo las conversaciones que hemos tenido, cómo él me ha asegurado que este tipo de actos lo rompen en dos, y no solo los actos, sino también su familia. La presión por ser socialmente perfecto.
Si me voy no estaré solo cerrando una situación incómoda, estaré cerrando la única puerta de su corazón que se encuentra abierta.
Y no quiero. He descubierto que el Bir gracioso, guasón, que me sigue las bromas y los juegos, me gusta.
Es el que más conozco y me encuentro muy cómoda con él.
Ahora bien, ¿el que me sujeta la mano cuando estoy nerviosa?
, ¿el que dice las palabras adecuadas en el momento que más lo necesito?
, ¿o el que ha hecho una locura para que siga manteniendo mi casa y pueda pagarla?
A ese no puedo darle la espalda porque no solo me gusta, sino que me hace sentir segura, querida y con el poder de crear la versión de mí misma que tanto ansío lograr.
—Podremos con esto y con todos los pijos idiotas que se crucen en nuestro camino.