Solo amigos CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

BIRED

—Estoy más nervioso que nunca. Y eso que soy un experto en engañar hasta a mí mismo.

Los eventos sociales donde se requiere que haga todo perfecto ponen una presión sobre mi espalda que no sé controlar.

Cuando llega el momento sé poner el rostro perfecto, la actitud ideal y decir lo que se espera de mí; eso no cambia ni quita el dolor de barriga horas antes, las sudadas sin sentido en la cama o la necesidad constante de estar haciendo algo para tener el control sobre algún trocito de mi vida.

Hoy no he podido hacer nada de eso. Me desperté esta mañana enredado en las sábanas de mi preciada cama con Carley sobre mi pecho. He dormido mejor que nunca, aunque me haya despertado en varias ocasiones por culpa del nivel de cortisol que debo de tener.

Ella se ha quedado durmiendo un rato mientras he salido a correr.

Le lancé una mentira cuando le dije que necesitaba hacerlo solo; después de tantos días apartado de la civilización necesitaba algo de mi rutina.

La realidad es que, siempre que hay un evento importante, mi padre se une a mis carreras.

Es su forma de mearse encima de mí desde su visión empresarial.

Es decir, me recuerda, mientras me falta el oxígeno, que debo de tener en cuenta también el apellido Rodríguez.

Que su empresa también será mía y, si logro equilibrarlo todo, seré la persona con más influencia de Nojin.

Tanto para él como para mi madre, es lo máximo a lo que puedo aspirar en mi vida.

¿Qué es lo que quiero realmente? Eso no les importa a ninguno de los dos porque consideran que, si lo tienes todo en el plano profesional, lo demás viene rodado.

Ni siquiera han caído en la cuenta de que es justamente al revés.

Si tienes una base personal en la que apoyarte, un refugio al que acudir para curar el alma, entonces puedes conseguirlo todo. No habrá techo que alcanzar.

Como nunca se quisieron ni saben lo que es el amor, aunque no sea romántico, para ellos todo es parte de un trámite que puede traer dinero. Es inútil intentar que entiendan mi idea de vida. Una idea que jamás he expuesto por miedo, eso también lo tengo que reconocer.

—También acudirá el matrimonio Stone. El chico es de tu edad, será bueno que entables conexión con él.

—Sé lo que tengo que hacer, padre. Ya tengo buena relación con ellos, no te preocupes.

Sí que parece preocupado, tanto o más como el chófer de mi padre, que revisa por enésima vez la calle en busca de un enemigo.

Debería haber subido al coche hace diez minutos.

Le parece más importante tratarme como a un niño al que quiere dejar su empresa, así que no atiende a los gestos de su empleado.

—Madre me está esperando para comer. Si no necesitas nada más…

Ya bastante tengo con dejar a Carley comiendo sola.

No he podido eludir la responsabilidad de pasar por el filtro de Maggie Arwan antes de la gala.

Es un requisito indispensable, y la hermana de mi mejor amigo lo ha entendido.

En su fuero interno piensa que esto de algún modo aliviará algo de carga.

No tiene ni idea de que hará todo peor porque mi madre no sabe que iré acompañado, mucho menos que voy a presentar en sociedad a mi «novia».

Mi padre deja que me vaya. Paso por casa en tiempo récord, dejo que Carley siga estudiando los apuntes, no sin antes robarle un pico.

Sienta bien esto de poder besarla cuando quiero, lo siento como si fuera un abrazo.

Una especie de hogar que nunca he tenido.

Y, con las mismas, me pongo mi mejor combinación de ropa y me dirijo a casa de los Arwan.

Para muchos, la mansión demoníaca; para mí, debería ser un hogar.

La combinación de un polo y unos pantalones de pinzas no es la adecuada. Solo con ver el rostro de mi madre antes de que toque mi brazo a modo de saludo lo dice todo. Y eso que fue su estilista quien adecuó el armario. El mismo que no sabe que tengo otro con las combinaciones que me da la gana.

—Estamos todos esperándote, Bired.

Es ella la que toma la delantera para acudir al salón. No sé muy bien por qué ha venido directamente a abrir la puerta; esto no sucede nunca.

Cuando llego al salón, mis hermanas me sonríen tímidamente, mi abuelo asiente y mi madre toma asiento con la misma galantería de siempre.

—Han llegado ciertos rumores a esta casa que espero que tengan una explicación inmediata, Bired.

No me queda otra que dejar que el servicio me retire la silla y me acomode a la mesa. Sabía que este momento iba a llegar; la única diferencia es que no sabía ni cómo ni cuándo. Al menos, no voy a estar solo en la batalla. Maya me está guiñando el ojo como una loca a modo de apoyo emocional.

—Rumores, rumores, siempre dando dolor de cabeza, ¿eh, madre?

Ella no soporta que la trate de este modo y, en realidad, es la única coraza que sé poner contra ella.

Porque sí, cuando Maggie Arwan tiene una flota de guerreros lista para enviarlos a la batalla, más vale que te pongas un buen chaleco antibalas, porque no saldrás vivo de ello si no es de ese modo.

—En esta mesa no se toleran las faltas de educación. Si no estás a la altura, puedes coger la puerta y perder el apellido que te mantiene con vida, señorito. Por el contrario, si quieres poner a toda tu familia al corriente de tu última idiotez, eres bienvenido.

Por idiotez se refiere a Carley, no hace falta ser un lumbreras para leer entre líneas.

Lucy, que es la que más afectada parece por mi situación, carraspea, bebe agua y se limpia con delicadeza los labios. Dentro de nuestro lenguaje de hermanos, eso significa que, cuando diga algo, ella me va a respaldar.

Supongo que se hará pasar por amiga de Carley, de ahí que le enviara la ropa. Nuestra madre tiene un control exhaustivo de nuestro armario; sabría que el vestido que Car lucirá esta noche es de su propia hija.

—¿Y qué quieres saber, madre?

—En el club de golf he tenido que escuchar que irás acompañado a la gala de esta noche. Menos mal que tus hermanas ya me habían puesto al corriente de que tienes una nueva compañera de fechorías y que pude decirles que era mentira; de no ser así…

—No es mentira, iré acompañado de mi novia.

A mi abuelo se le cae el tenedor y a mi hermana Elara se le corta la respiración. Otra dramática, porque justamente ella estaba al tanto de lo que quería hacer. La llamé a última hora para que no le diera un ataque al corazón. Si las cosas se salen de su control, Elara pierde los papeles.

—Deja de decir tonterías, Bired. No he aceptado a ninguna de tus novias, mucho menos que te acompañen a un evento tan importante. La puta que tengas en esta ocasión no será menos. ¿Ya le has comentado que no recibirá ni un euro de tu herencia aunque se quede embarazada de ti?

Lucy sisea por lo bajo y Maya, que no se corta ni un pelo, murmura lo que yo también estoy pensando:

—Será zorra.

Es duro que tu propia madre te hable en estos términos, y es aún más duro, por no decir triste, que estemos todos acostumbrados a ello.

—Me gustaría que no le faltaras al respeto a Carley; de ser así, esta comida llegará a su fin de inmediato.

Hasta mi tono de voz es duro, cosa que no ha sucedido jamás en esta mesa, mucho menos delante de mi madre.

—Por el amor de Dios… —empieza a reírse sin gracia. Es un sonido tan intenso que despierta todos mis demonios—. La nueva tontería es la peor de todas.

—No es ninguna tontería, hablo en serio.

—Tú no hablas nunca en serio porque jamás has hecho nada en serio.

Algo, mínimamente, que merezca la pena. Eres el bufón de esta familia, cosa que ya tienes asumida porque te regodeas de ello.

Si no fueras el único hombre de mis hijos y tu padre tuviera más hijos, no ostentarías tal posición social, eso tenlo en cuenta.

—No me importa una mierda.

Al decirlo, el ambiente cambia. Todo el mundo aguanta la respiración, incluso mi abuelo abre los ojos como platos.

No es lo único que varía; la sensación más potente está en mi pecho. La siento vibrar, incluso la puedo notar en las yemas de los dedos. Si no la hubiera vivido antes, no sabría que estoy rozando la libertad.

La emoción de poder elegir por mí mismo, con las consecuencias que pueda tener, pero sabiendo que he sido yo, y solo yo, quien la ha tomado.

—Retira lo que acabas de decir, Bired. ¡Ahora mismo!

¿Y si no lo hago?

El regusto de la sensación sigue en mi boca, tan intenso que hasta podría diferenciar los diferentes sabores que tiene.

Y no solo los sabores, sino también las cuestiones que deja a su paso.

¿Y si es lo que quiero realmente? Hasta ahora he pensado que seguir el patrón que ella me imponía era la única solución para sobrevivir a esta condena, pero ¿y si la solución es enfrentarme a ella?

Maggie Arwan acaba de darme las claves de todos mis problemas: no tiene otra opción que tragarme. Mi mera existencia supone poder, más o menos, dependiendo de la confianza que obtenga de mis padres, pero tengo poder. Mucho.

En todas las ocasiones en las que me he preguntado qué haría si ellos no dictaminaran mi vida, decía que elegiría lo que quisiera, cuando quisiera y sin importarme el qué dirán.

Al mirar a los ojos cabreados de mi madre solo una pregunta llega a mi cerebro: ¿y si dar un paso adelante con Carley es lo que quiero de verdad?

Hasta ahora he pensado en ello como una especie de divertimento. Algo que ambos habíamos aceptado porque ninguno de los dos podía asumir las consecuencias de crear algo diferente. ¿Y si no fuera así?

¿Qué problemas podemos tener?

¿Y si realmente me planteo cómo sería dejarme llevar emocionalmente con Carley? ¿Decirle cómo me hace sentir y cuán diferente es mi vida desde que nuestras rutinas están entrelazadas?

El único «pero» que hay en esta ecuación es que ella no sienta lo mismo que yo. Es una consecuencia que asumo. Ahora bien, no voy a permitir que otros sean los que dirijan mis pasos. Mucho menos las personas que deberían proteger y cuidar de mí.

—He dicho, madre —no solo elevo la voz, sino que me pongo en pie, algo que no he hecho jamás en esta mesa.

Solo nos podemos levantar cuando ella lo hace—, que esta noche iré acompañado de mi novia.

Se llama Carley Throw y espero que todo el mundo, incluidas tus amistades, estén a la altura con ella.

No me gustaría tener que desligarme de tu apellido por vergüenza.

La empresa sufriría muchísimo, ¿no crees?

La mayor aberración que he cometido en mi vida y… ¡me hace sonreír!