Solo amigos CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

CARLEY

—¿Qué ha dicho? —pregunto nerviosa. He intentado captar algo de la conversación, pero los fragmentos eran tan inconexos que no me he aclarado.

No responde inmediatamente. Eso nunca es buena señal. Cuando alguien tarda demasiado en contestar es porque está buscando la forma menos dolorosa de decirte que todo se ha ido a la mierda.

Empiezo a asumir que voy a tener que hacer la maleta, y es una maldita ironía.

Hasta hace menos de una hora era la persona más feliz del mundo.

Estamos en el ecuador del campamento, lo estoy pasando mejor que nunca, y eso que es un trabajo.

Ya no me siento vacía por dentro, creo que estoy empezando a superar lo de Rina.

Además, la dinámica con Bir me gusta hasta tal punto que he llegado a pensar cosas.

Lo dejo en cosas porque es tan complicado que no me quiero meter en ese berenjenal.

Y ahora… Por culpa de un casi beso, que ni beso fue, y un niño del demonio que ha abierto la boca cuando debería quedarse callado, estoy de patitas en la calle.

—Bir...

Levanta la vista y me sonríe. No mucho, porque cuando enseña todos los dientes es su sonrisa falsa; esta es la sibilina. La que augura que algo puede suceder, pero no tienes claro el qué. Bueno no va a ser; dada la situación, no podría serlo.

Como conclusión, eleva el labio lo justo para que deje de respirar durante un segundo.

—No estás despedida.

—Creo que el golpe emocional me ha dejado sorda.

—No estás despedida —vuelve a repetir. Además, ni parpadea, por lo que asumo que está diciendo la verdad. Al menos, él así lo cree.

—Has repetido exactamente lo mismo.

—Porque sigue siendo verdad.

Me cruzo de brazos.

—Explícalo despacito, como si yo hubiera recibido un golpe en la cabeza.

Me siento como si hubiera sucedido en la realidad. Lo del golpe en la cabeza digo; el despido tengo claro que así ha sido. Marisa me ha dejado muy claro lo sucedido en cuanto he entrado en su despacho.

—He llamado a Michael, supongo que ya habías llegado a esa conclusión.

Hasta ahí bien. Sí que había concluido que estaba dialogando con él. Se ha puesto tenso y a la vez ha resoplado sin control. Es la clase de ansiedad que despierta alguien como mi jefe.

Eso sí, cuando lo ves en persona todo desaparece porque es el tío más buenorro del planeta. Su mujer tiene buen ojo. Ni la edad ni el ceño fruncido lo hacen feo.

—Y le he dicho que nosotros ya éramos pareja antes de llegar al campamento.

Perdón. ¿Qué?

Lo miro durante varios segundos, esperando el remate. Al menos una risa, un «es broma». Algo.

No llega.

—Bir...

—Sí.

—¿Tú eres consciente de las cosas que haces, o simplemente suceden?

Tiene la poca vergüenza de encogerse de hombros.

—Depende del día.

Madre mía. Lo peor es que me dan ganas de reír. No porque tenga gracia, sino porque llevo tanto rato sujetando las lágrimas que mi cerebro ha decidido cambiar de estrategia.

—¿Y Michael se ha tragado eso?

—No.

—Ah, menos mal. Pensaba que era idiota.

—Ha dicho exactamente lo mismo que estarás pensando tú.

—¿El qué?

—Que tengo fama de bribón.

Asiento despacio.

—Bueno… —Levanta una ceja.

—No voy a llevarte la contraria.

—Gracias por el apoyo.

—De nada.

Durante un instante todo vuelve a parecer normal. Es solo un instante, aunque me sabe a gloria. No estoy acostumbrada a que las cosas cambien; me hacen sentir incómoda. Tener que adaptarme está en mi ADN, eso no quita que sea más difícil.

Principalmente porque el despacho de Marisa sigue detrás de nosotros y las emociones que viví en él no se han ido, aunque haya cerrado la puerta.

Cuando me llamó imaginé que me caería una bronca. Podía intuir que el niño iba a decir algo, al menos en un contexto divertido. No todos los días consigues que dos monitores te persigan hasta que caigan al agua.

Incluso pensé que me haría firmar algún papel diciendo que volvería a comportarme como una persona adulta. Jamás que me despediría.

Marisa y yo nos conocemos desde hace años.

Confiaba en que pudiera explicarme, comentar lo que era verdad y lo que era mentira.

A ella no le iba a negar que me había liado con Bired, no me gusta mentir.

Es una de las cosas que me separaban de Rina; a ella le encantaba maquillar la verdad, yo nunca era capaz y por eso se enfadaba conmigo hasta perder el control.

No sucedió lo mismo con Marisa, pero sí algo similar, ya que cuando entré en el despacho lo único que me dijo fue…

—Las normas están para algo, Carley. Y son iguales para todos.

—No es lo que parece. Aunque sé lo que parece, déjame…

—No, Carley. La imagen del campamento está por encima de cualquier situación personal.

—¿De qué estás hablando? No he dañado ninguna imagen. Siempre remo a favor de la causa. Déjame expli...

—Lo siento mucho, Carley.

Si hubiera dicho que era una orden de arriba la hubiera entendido. No sentiría que me fallaba; ella también está siguiendo las normas de otros, pero no ha sido así.

Ha dejado que crea que es ella quien toma la decisión. Además, si lo hubiera sentido, habría escuchado al menos mi versión.

No quiero llorar. Es una situación injusta, más porque soy la única afectada y no la única que ha roto las normas; sin embargo, sé a la perfección que Bired no tiene ninguna culpa.

Su estancia aquí ya es un castigo en sí.

A él no lo pueden echar, aunque sí que espero una reprimenda. Faltaría más que solo me cayera a mí.

¿Eso va a cambiar el hecho de que vuelvo a estar en la ruina? No.

—¿En qué piensas? —La voz de Bir me devuelve al presente.

—En que duele mucho que alguien decida que ya no sirves para un sitio al que le has puesto tanto cariño por una tontería.

Anda, no sabía que mi cerebro estaba en este mood tan reflexivo emocional. Me sorprendo de la respuesta, aunque al parecer a Bir no le llama la atención que esté en este modo intenso.

—Vas a hacerte pasar por mi novia en la alta sociedad y todo volverá a ser como antes. Confía en mí.

—Me pides mucho.