CAPÍTULO 34
BIRED
Nunca había visto a tanta gente emocionarse por quemar azúcar.
Los niños rodean la hoguera como si fuera el mayor espectáculo del verano.
Algunos han encontrado el punto exacto donde las nubes se doran sin convertirse en carbón.
Otros las carbonizan igualmente y aseguran que así saben mejor.
Yo también lo haría a su edad. Bueno, y a la mía, pero no está siendo necesario.
No existe ser humano que disfrute comiéndose un trozo de alquitrán caliente, de eso estoy seguro.
—¡La mía está perfecta! —grita Emma enseñando una nube completamente negra.
Rectifico, sí que existen y tengo delante a una de ellas.
—Eso está muerto, Emma.
—No está muerto, mira cómo se mueve de lo blandita que está. —La nube lo que hace es derretirse.
Acabo riéndome mientras le doy otra nube. Estamos pasando mucho tiempo juntos desde que me confesó las presiones que sufre, y me gusta.
Todo el campamento parece diferente por la noche.
El volumen de las conversaciones no es que baje, pero da la sensación de que transmiten calma.
La luz del fuego convierte cualquier cara en una versión más amable y hasta los niños que llevan una semana peleándose por absolutamente todo ahora comparten los palos para las nubes como si fueran hermanos.
Es extraño y bonito a partes iguales. No estoy acostumbrado a que el resto baje las caretas cuando cae la noche; más bien todo lo contrario.
Considero que es bastante peligroso para alguien como yo, que últimamente parece encontrar paz donde menos la esperaba.
Levanto la vista casi por instinto. Carley está al otro lado de la hoguera, no para quieta.
Hace cinco minutos estaba enseñándole a uno de los pequeños a girar la nube para que no se quemara. Después ha terminado contando una historia absurda sobre un oso que robaba chocolatinas en un supermercado. No tengo ni idea de cómo ha acabado imitando al oso porque me he perdido entre sus gestos.
Ahora se ha sentado al lado de Bruno, al cual le roba una nube. Él protesta. Ella se la mete en la boca de un empujón. Bruno resopla. Ella se ríe. Y dos minutos después ya está con Stela intentando convencerla de que las nubes saben mejor si les echas una galleta por encima.
No sé cómo lo hace. Da igual dónde la pongas, siempre termina siendo el centro de todo. No porque quiera llamar la atención, sino porque la gente quiere estar cerca de ella.
Durante años pensé que yo era una persona incapaz de soportar el silencio porque me daba miedo quedarme solo con mi cabeza. Ella me está demostrando que existe otra opción. Hay gente que simplemente disfruta de las personas. Y creo que Carley pertenece a ese grupo, y yo también.
Sonrío sin darme cuenta.
—¿Qué miras tanto?
Bruno acaba de sentarse a mi lado con una cerveza sin alcohol.
—Nada.
—Llevas diez minutos mirando hacia el mismo sitio.
—Hay una hoguera.
—Sí.
—La estoy vigilando.
—Claro.
Su tono deja bastante claro que no se cree ni una palabra, pero tampoco insiste. Es una cualidad que le empiezo a agradecer, más cuando llego a la cabaña con la mente a punto de explotar porque no sé qué siento.
—Carley.
La voz de Marisa rompe el ambiente. Nuestra jefa permanece de pie, a unos metros de la hoguera. No está sonriendo y eso solo puede augurar malas noticias.
—¿Puedes venir un momento?
Carley también parece sorprenderse.
—¿Ahora?
—Sí.
Ella asiente.
No sé por qué, pero un pinchazo incómodo me cruza el estómago. Solo sé que Marisa no suele interrumpir un momento tranquilo porque sí, y menos para hablar con alguien en privado.
Veo cómo Carley se aleja detrás de ella. Intento seguir mirando el fuego, convencerme de que estoy exagerando. Aguanto exactamente ocho segundos con ese pensamiento.
—Voy al baño.
Bruno ni siquiera levanta la cabeza.
—Si no ibas tú detrás de ella lo iba a hacer yo, así que mueve el culo.
Salgo del círculo procurando que nadie se dé cuenta de hacia dónde voy realmente y las alcanzo a cierta distancia. No lo suficiente para escuchar la conversación, pero sí para ver cómo desaparecen dentro del despacho.
La puerta se cierra y el tiempo decide dejar de avanzar.
Empiezo a pensar que realmente estoy haciendo el idiota. Que simplemente estarán organizando el horario de mañana. Si no fuera por la gilipollez del niño en el hinchable, estaría tranquilo. Al fin y al cabo, todo quedó en una broma.
Siento que pasa más de una hora cuando la puerta se abre de golpe. De ella sale Carley tan deprisa que casi tropieza con el escalón.
Tiene la cabeza agachada y se me hiela el cuerpo al ver cómo su respiración es irregular.
—Car...
Levanta la cabeza al escucharme. Durante una décima de segundo parece alegrarse de verme. Solo una décima.
—¿Qué ha pasado?
Niega varias veces con la cabeza.
—Me han echado.
No proceso la frase. Literalmente no entra.
—¿Cómo que...?
—Que estoy despedida, Bir.
El corazón me cae a los pies.
—Eso no puede ser.
—Pues resulta que sí.
Da un paso hacia mí. Tiene los ojos completamente rojos.
—El niño se ha chivado.
Siento un golpe seco en el pecho.
No.
No puede haber sido por eso.
Era una tontería.
Una broma.
Un malentendido.
—Marisa dice que las normas son las normas. Que un monitor no puede mantener una relación con otro durante el campamento. Que los patrocinadores están aquí. Que la imagen del circuito es prioritaria. Que...
Se le rompe la voz y aprieta la mandíbula con tanta fuerza que hasta puedo verla temblar.
—...que recoja mis cosas esta noche.
Me quedo completamente inmóvil.
—Carley...
—Da igual, Bir, esto podía pasar y lo sabía. Solo he sido una ingenua por creer que me iba a librar.
—¡Yo también estaba allí! A mí no me ha llamado.
—Ni lo hará, estás aquí como un castigo, no cobrando por el trabajo. Es normal que solo me expulsen a mí.
Estoy acostumbrado a un mundo donde todo se arregla con dinero, abogados o una llamada. Jamás imaginé que una estupidez pudiera costarle el trabajo a alguien.
—Lo voy a solucionar. No hagas ninguna maleta.
No espero su respuesta. Saco el teléfono del bolsillo con tanta rapidez que casi se me resbala entre los dedos.
Hace días que no llamo a Michael Douglas, aunque he estado tentado de hacerlo en muchas ocasiones.
De hecho, desde que me dejó aquí tirado como si tuviera quince años y necesitara un escarmiento.
Suena una vez.
Dos.
Tres.
—¿Ya te has cansado del campamento? —responde sin siquiera saludar.
Sigue teniendo la maldita voz de empresario al que nada consigue alterar, como hace mi madre cuando está cabreada con nosotros. Podría estar anunciándome el fin del mundo con el mismo tono con el que pediría un café.
—Han despedido a una monitora.
No obtengo respuesta.
—Se llama Carley Throw —continúo ante su silencio.
—Lo sé.
Claro que lo sabe. Michael sabe el nombre de cualquier persona que trabaje para él.
—Ha incumplido las normas.
Aprieto la mandíbula.
—Las normas no deberían aplicarse en este caso.
—Qué interesante.
Hay una pausa en la conversación. Puedo imaginarlo perfectamente apoyado en su despacho, con la media sonrisa de tiburón que pone cuando alguien intenta venderle una idea. Son todos iguales. Hasta yo mismo he hecho ese gesto de mierda cuando estoy en el despacho de mi padre.
—Ilumíname.
Cojo aire porque no tengo tiempo para pensar si esto es una estupidez. Porque lo es, seguramente, pero no hay otra opción. No pienso permitir que Carley se quede sin trabajo por mi culpa. Stefan me mataría.
Bueno, tampoco es mi culpa; es todo a raíz de la idiotez de la norma que tienen puesta. Ni que fuéramos unos críos.
—Carley y yo ya éramos pareja antes de llegar al campamento.
El silencio que sigue dura demasiado.
—No —responde muy seguro Michael. Es que ni da opción a añadir una frase, suelta la negativa con rotundidad.
Parpadeo.
—¿No?
—No te creo, así de simple.
—Es verdad. —Trago saliva con tanta fuerza que temo que lo escuche a través del altavoz del teléfono móvil. Si miento tan bien en mi día a día, ¿qué me está sucediendo?
—Bired… —Hasta pronuncia mi nombre despacio. Eso de toda la vida es una mala señal.— Llevas desde que cumpliste dieciocho años saliendo en revistas con una mujer distinta cada dos semanas.
Primero me sorprende que sepa tanto de mi vida, creía que tenía cosas más interesantes a las que prestar atención. Y en segundo lugar me parece que exagera.
—La última vez que abrí una revista del corazón aparecías entrando en un yate con una influencer sueca.
Frunzo el ceño.
—Era noruega.
—¿Ves? Ese es exactamente el problema.
Resoplo porque no tengo tiempo para este juego.
Además, digo muy en serio que me preocupa cómo le pueda afectar esto a Carley.
No nos hemos jurado amor eterno, pero es mi amiga ante todo.
Sé que necesita el dinero de este trabajo para sobrevivir.
Y no quiero ser el puñetero causante de esas lágrimas.
Ella intentó poner freno a lo nuestro desde el primer día, yo fui quien la presionó.
—Michael, hablo en serio.
—Y yo también.
Su tono cambia ligeramente. No deja de ser relajado, pero ya no hay rastro de la broma.
—No me creo que hayas venido enamorado al campamento. Muchísimo menos que hayas mantenido una relación estable sin que nadie se haya enterado.
No sabe hasta qué punto me gustaría decirle que ni yo mismo sé qué demonios está pasando entre Carley y yo, pero eso no salvaría su trabajo.
—Ponme a prueba.
La frase sale antes de pensarla. Y lo peor de todo es que Michael tarda unos segundos en responder.
—¿Perdona?
—Si crees que miento, ponme a prueba.
Escucho cómo se acomoda al otro lado del teléfono. Ya he captado su atención. Y creo que la de Carley también, porque se ha puesto delante de mí para observar cada uno de mis movimientos. La muy cotilla estaba captando cada palabra que salía de mi boca.
—Esto sí que no me lo esperaba.
A la conversación regresa empresario, el que disfruta negociando, así que solo me queda la opción de sacar mi lado de empresario también. Ese para el que me han preparado toda la vida.
—Veamos...
Hace una pausa demasiado larga.
—Dentro de dos días es la gala benéfica de verano. Contaba con que ibas a acudir pese a estar en el campamento. Sería todo un descalabro para los Arwan que no lo hicieras, ¿verdad?
El corazón empieza a latirme más deprisa.
No.
Por favor.
No.
—Imagino que recuerdas que debes asistir. —Vuelve a insistir.
Claro que lo recuerdo. Como para no hacerlo. Seguro que mis hermanas están que se tiran de los pelos aunque les he asegurado que voy a acudir. Normalmente seguimos un plan exhaustivo de todo lo que vamos a hacer y decir en esas galas. Todo orquestado por mi madre, cómo no.
—Si Carley es realmente tu pareja...
Ya sé por dónde va. Y quiero colgar antes de escucharlo.
—...vendrá contigo.
Cierro los ojos.
Mierda.
—Hará acto de presencia a tu lado durante toda la gala, ¿no es cierto?
No encuentro el aire. No porque me preocupe la prensa, ni siquiera el hundimiento de mi reputación de bribón.
Lo que me destroza es imaginar la cara de mi familia cuando aparezca con ella. Mi madre puede ser una mala pécora dañina y pondría a Carley a los pies de los caballos.
—¿Y si lo hace?
—Si lo hace, consideraré que vuestra relación es anterior al campamento y la decisión de Marisa quedará anulada.
Aprieto el teléfono con tanta fuerza que me duelen los nudillos.
Tengo una salida, que era lo que quería. Es una salida horrible, pero sigue siendo una salida.
Miro hacia Carley. Ni siquiera sabe que su futuro está dependiendo de una sola palabra.
—Acepto.
Michael tarda un segundo en contestar.
—Perfecto.
Y, antes de colgar, añade con una sonrisa que casi puedo escuchar al otro lado del teléfono:
—Solo una cosa, Bir.
—¿Qué?
—Espero por tu bien que no acabes enamorándote de la chica que acabas de utilizar para ganarme una negociación.
La llamada se corta.
Y, por primera vez en muchos años, no tengo ni la más remota idea de si acabo de salvar a Carley... o de destrozarme la vida yo solo.