CAPÍTULO 33
CARLEY
El éxito de la noche de mímica fue rotundo.
Al menos entre los niños que aceptaron jugar; los que estaban tan enfadados con el mundo que solo se permitieron mirar tienen otra opinión.
Aunque creo que todos lo pasamos bien. Marisa incluso nos felicitó, y Bruno dejó atrás su ceño fruncido y ayudó a Stela a imitar una escena de Camp Rock. Fue genial.
Dos días después, quienes están emocionados son los niños y no los monitores.
Como cierre de la primera semana de convivencia, Michael Douglas, el dueño de todo esto, ha decidido plantar unos hinchables enormes en el lago.
Es su forma de calmar los ánimos después de que todos los muchachos hayan dado tantas vueltas al circuito que no sepan ni cómo poner los pies en el suelo.
Si los monitores estamos nerviosos es porque el control en este tipo de actividades no es sencillo.
—Te noto estresada, Throw.
Esta mañana he hablado con mi hermano. Han sido dos minutos, literalmente.
Resulta que, de sus vacaciones en la playa, ha acabado en Estados Unidos, más en concreto, en Las Vegas.
A Stefan le pega tan poco ese tipo de turismo que me he preocupado seriamente.
Como se esté dando al alcohol y no me haya llevado, no se lo perdonaré en la vida.
Y, como se gaste el dinero y no me lo entregue como herencia en vida, tampoco se lo perdonaré.
Como sea, me ha dejado más inquieta que el puto hinchable ese.
A eso se le suma que, cuando he entrado en Instagram para desconectar, me he encontrado con una publicación de Rina.
Estaba en una postura zen, con un lugar paradisíaco de fondo.
Ella, que es todo lo contrario, ahora parece que se ha pasado al budismo.
Como resumen, puedo decir que no comprendo nada de lo que hace la gente últimamente, y eso me pone nerviosa.
—No es mi día.
Cualquiera en su sano juicio huiría de mi lado cuando pronuncio tales palabras; al parecer, Bir no es una persona cuerda. Aprovecha que estoy de espaldas para rodearme contra su pecho. Es un lugar cómodo; no diría como una cama de las buenas y caras, pero se asemeja.
Esta actitud cercana y natural que estamos teniendo cuando nadie nos ve me gusta.
Ninguno de los dos ha sacado el tema de su bajón ni de los problemas que ha acarreado la marcha de Rina en mí.
Es como si fuéramos capaces de centrarnos en el presente solo cuando estamos juntos.
Es una sensación extraña, tan disfrutable que me da miedo y nunca experimentada.
Jamás he conseguido que mi cabeza esté en silencio como cuando él hace este tipo de acciones.
Apoyo la cabeza en su hombro, dejo que me meza contra su cuerpo y que deposite ligeros besos en mi cuello.
—Tu lado aventurero debería amar que haya unos hinchables en el agua. ¿Cuándo has perdido la buena esencia?
¿Me está retando?
Ya sabía yo que los momentos bonitos y calmados no eran para mí.
Mucho menos con él a mi lado. Si me acuerdo cuando Stefan nos gritó por primera vez.
Sucedió porque estábamos en una de las casas de Bir tomando el sol; nosotros nos pusimos a jugar con globos de agua como dos niños y a mi hermano le cayó uno encima.
—Eso jamás se pierde.
Quedamos frente a frente. No sé quién levanta la ceja primero; solo soy consciente de que es él quien intenta calmar las aguas con un tierno beso.
—No juegues sucio, Arwan —le digo, pero lo hago con voz melosa y cerca de sus labios, preparada para levantar la rodilla y rozar, ligerísimamente, sus partes nobles. Es la única forma de echar a correr sin que me cace.
Nada de eso puede suceder porque el momento se rompe cuando la puerta se abre. Nosotros estamos tan cerca que solo podemos mirar hacia el lugar y quedarnos en blanco. Tan en blanco como el niño que nos observa con la boca abierta.
Es una expresión natural; lo que ocurre es que, si después te sale una sonrisa pícara y lees en su frente un: «Me voy a chivar», la cosa cambia.
—¡No es lo que parece! —gritamos Bir y yo al unísono.
Los monitores no son los únicos que conocemos las normas, los malditos niños también.
—¡Os estabais dando el lote!
¿El lote? Entre lo del Titanic y esto no puedo más con estas nuevas generaciones. Los millennials fuimos los mejores.
Lo peor de todo es que la criatura del demonio se da la vuelta y sale disparada hacia el despacho de Marisa. ¿Qué le hemos hecho para que nos trate de esta forma? Si es que no hubo ni beso. Porque, si una se va a la puta calle con un polvazo de la hostia, al menos te vas feliz.
Bired, sin preguntar, hace lo mismo, con la diferencia de que sus piernas son larguísimas. No me queda otro remedio que seguirlos.
Cuando me quiero dar cuenta, Bir ha conseguido que el niño no entre en el despacho de Marisa. Le ha cortado el paso, pero el maldito se ha metido en el hinchable. Sin pensarlo demasiado, los sigo y me meto por la zona de toboganes.
Bajo como una idiota hacia el agua, viendo cómo Bired lucha para que el niño no salga del hinchable. Con la misma suerte que yo, acaba en una trampa que solo lleva al agua, y el maldito niño sale de la atracción con una sonrisa triunfante en la cara.
Es nuestra ruina.
Me voy a ir a mi casa con los pelos de loca de haber caído al agua, con el uniforme chorreando y con la frustración en su máximo esplendor.