Solo amigos CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

CARLEY

—Es un día importante —digo con pasión delante de mis compañeros. Aunque ellos no lo compartan porque todos odian las reuniones mañaneras que Marisa nos obliga a tener.

—Es un día de mierda, Carley —sentencia Bruno con poco tacto.

Bir, que no entiende a qué nos referimos ninguno de los dos, mira de uno a otro como si estuviera en un partido de tenis. Cada día le queda mejor el uniforme de trabajo.

—¿Y eso por qué? ¿Qué pasa hoy? Los niños estaban muy revolucionados en el desayuno. Me han provocado un dolor de cabeza horrible.

Tiene mucha cara, porque siempre encuentra la excusa perfecta para no estar en los desayunos. Hoy no se ha librado, aunque no ha estado todo el tiempo como los demás. La excusa ha sido que tenía que buscar a Michael Douglas para hablar de negocios con él.

—Es el primer entrenamiento al que acuden patrocinadores. Los niños se estresan por hacer todo bien y… pasan cosas.

Es el mejor resumen que le puedo ofrecer.

—Los niños acaban llorando por la presión que tienen encima —acaba por mí Bruno.

Se muestra siempre muy enfadado con el tema. Por más que le explico que es parte de la esencia del campamento, no cambia su visión.

—Sabemos que es un momento complicado para ellos, por eso pensé que, si preparamos unas actividades muy divertidas, no se acordarán del mal trago.

—Quien tenga un mal entrenamiento hoy se acordará el resto de su carrera.

—No seas cenizo, Bruno.

Me estoy enfadando y odio la sensación.

—¿Qué tienes en mente, Carley? —Stela está más cómoda que el primer día.

—Te va a encantar.

Y no solo a Stela, diez horas después compruebo que a los niños les va a flipar mi plan.

—¡Chicos y chicas! ¿Cómo estamos?

Había unos dibujos, cuando era niña, que decían exactamente esta frase al comienzo del programa. Claro está que no busco parecerme a ellos por una simple causa: eran unos payasos. No de esos perturbadores, pero payasos al fin y al cabo.

Nadie me responde. Los que han tenido un buen entrenamiento sonríen; los que no, me miran con cara larga. En su mente deben de estar pasando mensajes tales como: «La gilipollas esta se podía callar la boca». Opto por no pensar en ellos y por contarles el plan que tengo en mente.

—¡Toca noche de mímica de películas!

La sala se queda en silencio.

En completo silencio.

Si fuera la protagonista de una comedia, hasta se escucharían grillos. Como no tengo esa suerte y mi vida es una mierda, lo mejor que sucede es que alguien comparte mi entusiasmo. Se pone a vitorear y a gritar como haría yo en la misma situación.

Echo un vistazo por encima del hombro y me encuentro con que la persona que me ha salvado del ridículo es Bir. El mismo que se acerca a mí, me rodea los hombros y sigue la explicación del juego como si esto estuviera pactado.

—No seáis muermos, chavales. Es el mejor juego del mundo.

—Yo no sé cómo se juega, paso —dice uno de los niños. Por el ceño fruncido es fácil saber que no ha tenido un buen entrenamiento.

—No vas a pasar, vas a aprender —sentencia Bruno.

No se ha levantado de las sillas de los monitores.

Cuenta con esa suerte: su mera presencia infunde autoridad.

Los niños le hacen caso sin que tenga que levantar la voz.

Ojalá poder vivir esa sensación en algún momento de mi vida, porque a mí me toman por imbécil.

Y, hablando de Bruno y su eterno ceño fruncido, más tarde tengo que hablar con él.

O, al menos, pedirle a Bir que lo haga. Mientras estábamos preparando las películas que podíamos imitar, Bired me robó un par de besos.

Fue un momento muy tonto. Me puse muy contenta al pensar en varias películas conocidas, pero no utilizadas con asiduidad en el juego, así que comencé a saltar de alegría.

Resulta que al mejor amigo de mi hermano le hizo gracia, me abrazó y también depositó un par de cálidos besos en mi boca.

No los esperaba, tampoco los rechacé.

Bir tiene los labios perfectos. Rechonchos, pero sin ser incómodos. Cuando le doy un pico podría estar eternamente en esa posición. Son tan blanditos y siempre están calientes…

Bruno nos pilló en el último pico. Carraspeó, cerró la puerta con brusquedad y se fue.

Desde entonces no nos mira a ninguno de los dos.

No sé si porque está incómodo o porque pretende dejarnos con el culo al aire ante Marisa.

Por eso necesito hablar con él. Si me voy a quedar sin trabajo por culpa de unos algodones en forma de labio, merecerá la pena.

No, una mierda.

No merecería la pena pasar hambre, por eso mismo lo tengo que solucionar cuanto antes.

—Se trata de imitar una escena de la película. Tenéis pistas en la pantalla que os pueden ayudar a descubrirla. La primera es muy sencilla y todos la conocéis, así que la usaremos de prueba.

Soy de la opinión de que los niños de esta generación no van a tener ni idea de qué peli vamos a interpretar, pero Stela se obcecó y aquí estamos.

—Es un clásico. —No debería lanzar la pista, aun así lo hago.

Bir toma distancia y entra en el papel. Ambos nos tumbamos en el suelo, todo por la recreación. Sí, él comienza a temblar mientras se arrastra hasta mí.

Es tan patético el movimiento que tengo que morderme el labio para no echarme a reír.

Bir me coge la mano y empieza a besarla con pasión. Como si fuéramos dos enamorados que están a punto de despedirse.

Imito que me estoy secando una lágrima y él empieza a tiritar con más fuerza.

En la película original habría un beso. Dado el contexto y que Marisa está en la última fila, eso es imposible. Bir lo acata con otro beso en la mano, uno más largo y con más cariño. Después se acerca a mí, pero lo rechazo y, como toque final, lo empujo lejos.

Ya me dirás cómo unos niños de hoy en día sabrían de qué peli se trata con esta recreación.

—Vaya, fácil —grita una niña.

—Ya sabía que era una mierda de juego —afirma otro niño.

—¡Es Titanic! No hay mujer más reina que Rose. Mató a su amor para salvarse, como debe de ser —acierta una niña. No solo el acierto me deja con la boca abierta, sino su explicación de lo que sucede en la escena.

¿¡Desde cuándo la sociedad aplaude que Rose matase a Jack!? Fue la mayor traición amorosa de la historia.