CAPÍTULO 31
BIRED
La experiencia de ser monitor está siendo diferente a lo esperado.
He sobrevivido a cinco días en lo que se suponía que iba a ser el infierno.
No he visto a Michael en ninguno de ellos, y eso que he escuchado que ha visitado el circuito todos los días.
Hasta me he planteado acampar en él para saber qué opinión tiene de la putada que me ha hecho.
Sin embargo, y dado lo que estoy viviendo, no me veo con fuerzas para hacerlo.
Es como si estuviera cómodo dentro de la incomodidad.
Es la sensación más extraña que he vivido nunca.
Y qué decir del episodio de bajón del otro día. Todavía guardo la resaca emocional de lo que me hizo sentir. Si no fuera por Carley, no sé qué habría hecho. He vivido más de un ataque de ansiedad; son una puta mierda que me deja tirado durante días, aunque nadie se dé cuenta.
En esa ocasión fue diferente, instantáneo. Encontré el propósito de volver a reír gracias a una simple charla. No me había pasado jamás. También es cierto que nunca nadie me había visto derrumbarme.
Carley se está convirtiendo en un lugar seguro donde compartir los momentos más oscuros. Es otra de las nuevas sensaciones a las que podría hacerme adicto.
Eso me lleva a pensar en la conversación que acabo de finalizar con mis tres hermanas. Las he llamado a traición, sabiendo que a estas horas se juntan para hacer la sesión de peluquería y estética que mi madre les obliga a llevar a cabo.
Tenía que hablar con ellas. No porque pensara contarles lo que sucedió en el bosque, o lo que siento, sino para expresar algo que está clavado en mi corazón.
Estaba, mejor dicho, porque una vez que lo he soltado todo ha cambiado, hasta el color del cielo.
Se ha puesto más azul, o quizá es una percepción mía.
El teléfono que marqué fue el de Lucy. Odia que la tengamos como el comodín perfecto, pero es que ciertamente es la hermana con la que mejor se puede hablar. Si te juzga, lo hace en silencio, y eso es un punto a tener en cuenta.
—¿Bir?
—Hola, chicas. —La cara de mis tres hermanas aparece en la pantalla de mi teléfono. En el momento en el que nos cobren por hacer videollamadas estaremos jodidos, aunque seamos millonarios.
—¿Dónde estás? ¿Has solucionado lo que te pedí? —pregunta Elara con menos tacto que un elefante.
—Iré a la gala, Elara, no te preocupes.
Parece que algo en su rostro se relaja, pero no lo suficiente para que su ceño fruncido me haga daño. Ojalá confiara más en mí, aunque, ¿le he dado motivos para ello? No estoy dispuesto a responder a mi propia pregunta. Podría hacerme mucho daño a mí mismo.
—¿Tú cómo estás, Bir? Mamá no deja de preguntar por ti, pero le hemos dicho que estás cerrando un trato muy jugoso para la empresa, como me has pedido.
—Mamá no es imbécil y algo se huele —indica Maya, opacando las palabras dulces de Lucy.
—Por eso mismo os he llamado. Iré a la gala, pero hasta entonces tenéis que darme margen para hacer las cosas a mi manera.
Lo necesito. Necesito, por una vez en la vida, gestionar mis propias decisiones y asumir las consecuencias de mis actos. No sé adónde me llevará, pero es esencial.
—Os quiero mucho, chicas. En estos días, si me llamáis, no voy a responder.
—¿Pero qué mosca te ha picado? —quiere saber Maya con un tono que no deja lugar a dudas de que está indignada.
Aprecio cómo Lucy le da un toque debajo de la cámara. Por su parte, Elara solo me mira, no tengo ni idea de lo que piensa. No abre la boca y eso es un buen indicativo.
—Nos vemos pronto.
Corto la llamada lanzando besos a las tres.
También sintiéndome una mierda, aunque sepa que estoy haciendo bien las cosas.
Si seguía en contacto con ellas, nunca iba a desconectar de mi realidad, más sabiendo que dentro de unos días tengo que ir a la puta gala.
Deseo poder hacerlo con más herramientas emocionales que las que tengo ahora.
Quiero ser una versión mejorada de Bired Arwan.
—¿Puedo sentarme?
Me había perdido en mis pensamientos mientras estaba sentado en el altillo de una de las cabañas de madera. Desde aquí, la vista al bosque y al lago es increíble. He dejado que mis piernas cuelguen, así que mi cuerpo parece flotar sobre el paisaje.
Emma, que lleva en la mano una piedra y un bote de pintura, espera paciente mi respuesta.
Hemos desarrollado una especie de amistad tras la acampada del otro día. Nada exagerado, pero cuando tiene un mal día en el circuito, me busca, nos sentamos en silencio y dejamos que las horas pasen.
Es nuestra terapia.
—Claro. —Me incorporo para estar a su altura cuando se sienta—. ¿Qué tienes ahí?
—He pensado en pintar una piedra para añadirla al árbol de los deseos.
A Bruno se le ocurrió la idea hace un par de años, o eso me contó Carley. Se trata de un montón de piedras que simulan ser un árbol, donde cada niño puede dejar sus deseos. Algunos escriben cosas en ramas; otros, como Emma, lo dejan dibujado en piedras.
—¿Y qué vas a pintar?
—Unas montañas con un cielo lleno de colores, como si fueran rayos de esperanza. Quiero esa esperanza.
Hablar con esta niña es un golpe emocional duro. Me recoloca en mi sitio, aunque no me guste. Me pone enfrente de mis problemas.
—¿Me dejas ayudarte? También quiero esa esperanza.
No me responde con palabras; tan solo me extiende uno de los pinceles y deja que elija el color que quiero.