Solo amigos CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

CARLEY

—¿Quieres hablar de lo que acaba de suceder?

—me pregunta justo después de romper el beso más increíble de mi vida.

Puedo afirmar que nunca me habían besado con tanta pasión y yo no había besado con tanta dedicación.

Es más, me sube una especie de vértigo por el pecho que no sé si es una buena o mala sensación, porque me está dejando mareada.

Bired parece mucho más tranquilo, como si el momento compartido lo hubiera ayudado a centrar sus ideas. Justo era el objetivo con el que había empezado todo, pero no sabía que era a costa de que luego me sintiera como si un tsunami de emociones me fuera a arrastrar.

No me puedo permitir caer en las mil comeduras de cabeza que sé que se desatarían con lo que acaba de suceder entre nosotros, así que opto por poner un parche, sacar mi versión más alocada y decir justo lo que necesito: no ha pasado nada, pero ha pasado todo y no quiero hablar de ello.

—He sentido todo lo que necesitaba. ¿Tú cómo te encuentras?

Al parecer, Bir está en la misma tesitura. Se pone en pie, se recoloca el uniforme y enseña la mejor versión de su sonrisa. Podría decir que es falsa; sin embargo, la siento totalmente verdadera. Hasta le han salido los hoyuelos que tanto me flipan.

—Con ganas de enseñarle a esos niños cómo se interpreta un mapa y se gana una yincana.

Pasa por mi lado con una energía asombrosa. Cuando creo que me va a dejar atrás, alarga el brazo, me rodea la cintura y planta un beso en mis labios que me deja con la boca abierta.

¿Qué acaba de suceder?

Es la pregunta del millón. Y lo peor de todo es que no sé cuánto tiempo me la podré hacer sin buscar una respuesta a la altura.

Acabo por dejarme arrastrar con él hacia donde el grupo de niños nos está esperando.

Nadie se ha movido; algunos se han dispersado, aunque nada más vernos vuelven a centrarse en el punto que indiqué de espera.

Es lo bueno de este campamento: los campistas no son alumnos asalvajados que buscan aventuras alocadas; más bien solo necesitan desconectar de la intensidad del circuito.

En el día han tenido varios entrenamientos fuertes, es normal que estén cansados.

—Chicos, vamos a seguir con la actividad —intento decir antes de que Bir me corte.

—Y no lo haréis solos. A partir de ahora, Carley y yo seremos vuestra competencia.

—¿Ah, sí? —pregunto dudosa. No sé hacia dónde va todo esto.

—Por supuesto. Nosotros hemos hecho las pistas, por eso os daremos un margen de ventaja.

—¿Y qué ganamos si os ganamos? —quiere saber una de las niñas, la que más se ha interesado por la interpretación del mapa.

—Una hora de poder hacer lo que te venga en gana.

—Bir… —Mediar no es mi punto fuerte, pero esto puede salir muy mal.

Él, ajeno a lo que le estoy intentando decir, hace oídos sordos y comienza a repartir los mapas que hemos preparado.

—Carley y yo os daremos una hora de ventaja. Recordad que no solo consiste en completar la yincana siguiendo las pistas; gana aquel grupo que logre realizar todo eso y poner la tienda de campaña en el punto central.

—Vosotros sois viejos, sabéis hacer eso de montar la tienda de campaña, no vale —grita uno de los niños.

Lo he visto quejarse en varias ocasiones desde que esta mañana se estrelló con el kart.

Por ese mismo motivo no le tengo en cuenta la cara larga que luce y los comentarios de mierda.

¡Tengo veinticinco años, criatura del demonio, ¿cómo voy a ser vieja? !

—¿Y qué valdría para vosotros?

—Que no juguéis.

Estos niños no valoran el tiempo de calidad ni las oportunidades que les estamos brindando.

Yo, a su edad, hubiera adorado que los monitores se unieran a mis locuras.

Habría hecho eso de intentar reírme de ellos.

Ahora, con la edad y la sabiduría que ella me aporta, entiendo que nunca habría sucedido, pero la ilusión estaba.

—Déjalos, Car, no saben lo que es bueno, ya nos inventaremos algo nosotros.

Por un momento me siento chafada por no poder participar; me hacía ilusión y lo veía como el momento perfecto para que Bir despejara la mente.

No obstante, en cuanto comenzamos a organizar la actividad, el pensamiento se esfuma porque hay tantas variables que tener en cuenta que le tengo que dar la razón al niño: no hubiéramos podido ser divertidos.

Solo cuando todos están en la montaña con sus mapas, miro hacia mi compañero con una sonrisa de suficiencia.

—Es el mejor juego de la historia. Y no porque lo haya organizado y pensado yo.

—¿Ahora te has convertido en una señorita soberbia, Carley?

Cual gacela acechando a su presa, Bir camina directo hacia mí, con las manos extendidas hacia mis costillas para atacarme de la peor forma posible: haciéndome las cosquillas de la muerte.

¿Qué opciones tengo? Solo una, y consiste en echar a correr lo más rápido posible.

Salto como puedo las mochilas con las tiendas de campaña y voy directa a salir del claro del bosque donde vamos a acampar.

Tengo tan mala suerte que me atasco con una rama y, si no fuera por los reflejos de Bired, me iba directa al suelo.

Como consecuencia, me tengo que poner a chillar como una loca.

—¡He sido atrapada, que alguien me ayude!

No esperaba que, de un grupo de niños que solo busca diversión, acuda la mayoría a mi rescate. Es más, tal es la sorpresa que hasta me emociono con la mirada de angustia de una de las niñas; creo que se llama Emma.

Su grupo ya tiene dos pulseras de neón en la mano, eso significa que habían conseguido dos de las cuatro pruebas.

En lugar de reprocharme el grito, ya que las he despistado del juego, sueltan las mochilas, el mapa y atacan a Bir cual aquelarre que busca defender a su hermana.

Las risas opacan todo durante tanto tiempo que el dolor de barriga no sé si es de felicidad o de miedo porque en algún momento esto cambie o se acabe y no pueda volver a experimentarlo nunca más.

El verano es una sensación, lo he comprobado.

Algunos dicen que es una estación donde la mayoría tiene vacaciones para disfrutar.

Pienso que, además de todo eso, es un cúmulo de emociones, sensaciones y experiencias que solo se viven una vez.

Cada verano de una forma diferente y, cuando buscas sentir lo mismo, solo encuentras frustración.

Por eso me encanta saborear cada uno de los instantes que vivo aquí, porque sé que no volverán jamás con el mismo tono, sabor y emoción.