CAPÍTULO 28
BIRED
Mi pecho se hunde como si de un edificio en ruinas se tratase.
He sentido un seísmo que ha comenzado en los pies, debilitándome hasta hacerme caer contra uno de los árboles y obligándome a cerrar los ojos para lograr que mi cerebro solo se concentrara en respirar.
Hinchar los pulmones nunca ha sido tan difícil como en esta ocasión.
Del mismo modo que nunca había escuchado tal dureza en las palabras de mi hermana.
Elara es altiva, difícil de entender en muchas ocasiones, pero era parte del aquelarre.
Con esto que acaba de salir de su boca dudo de su lealtad del mismo modo que dudo de mis actos.
Tiene razón en que he sido un gilipollas por actuar durante todo este tiempo como si nada me importara.
Simplemente es mucho más sencillo estar en esa dinámica de vida que reflexionar sobre todo lo que me hace daño.
Si hago esto segundo, voy a tener que actuar en consecuencia, y es un acto que requiere valentía y que tiene como consecuencia el dolor.
Soy un cobarde que ha tapado sus debilidades con cuatro bromas tontas, y ahora mismo duele.
Duele muchísimo saber que soy mi propio enemigo, que nadie ve lo que intento ocultar o que me siento tan solo que salir del modo bromista puede debilitarme hasta romperme.
Me deja vulnerable, a merced de los demás, como si no hubiera estado ahí, como un títere, ante los hilos de mi madre.
Si hice lo que hice en el circuito fue por una apuesta de mierda. No tenía ninguna necesidad de ganarla. Simplemente no me gusta sentirme inferior porque lo vivo a diario, de una forma tan intensa, que no quiero permitirle a nadie de fuera ver a través de mí.
Además de sentirme imbécil, los cimientos de mi vida se tambalean hasta el punto de comenzar a caerme los escombros sobre los ojos. Tengo la sensación de que, si me tumbara completamente en el suelo, la hierba me engulliría con la misma fuerza con la que ahora mismo grita mi pecho.
No tengo ni idea de lo que hacer porque no tengo ni puta idea de quién soy.
Si solo hago las cosas de forma incorrecta, además de herir a las personas que amo en el proceso, ¿qué cojones hago?
—¿Bired? —escucho la voz a lo lejos de Carley.
Solo sé que estoy apoyado en un árbol, pero no tengo ni idea de lo que parece desde fuera. Algo grave, por el tono de voz que ha usado.
—¡BIRED! ¿Qué te ha pasado?
Llega hasta mí cuando un sollozo cubre mi voz.
Es imposible que le pueda explicar lo gilipollas que me siento.
Me da mucha vergüenza mostrarme vulnerable, más cuando ella misma me confesó sus mayores temores.
Ser el psicólogo de los demás me gusta, se me da bien.
Si es una persona a la que quiero, puedo transmitir todo lo que necesita escuchar.
Ahora bien, cuando se trata de mí, la película cambia.
No tengo la misma capacidad de hacer autocrítica, no sé enfatizar mis puntos fuertes porque le tengo tanto asco a las acciones que he realizado para mantener mi imagen, que me he perdido en el proceso.
¿Qué tipo de persona soy si me vendo a cualquier postor? ¿Si durante años he caminado en contra de mis valores solo para no cambiar mi estado social?
—Soy una mierda de persona —le confieso en un susurro cuando se arrodilla.
Con las lágrimas no puedo captar todos sus movimientos, pero está claro que niega con la cabeza con fervor.
—Pero, ¿qué dices? Dime qué ha pasado, me estoy preocupando.
—Elara ha llamado. Mi castillo de naipes se viene abajo, y me duele el pecho por ello. Muchísimo.
Ahora mismo siento lo mismo que Emma, con la diferencia de que soy, en parte, responsable de todo este dolor.
—Eso es ansiedad, tienes que respirar con tranquilidad, sigue mi ritmo.
Pone una mano en mi pecho y hace que la mire fijamente. Las primeras respiraciones que hacemos juntos no están acompasadas; las mías son mucho más aceleradas que las suyas.
—No funciona.
Y es que este dolor jamás se va. En algunos momentos remite; hasta casi me hace pensar que ha desaparecido, pero vuelve en los momentos más inesperados.
—No te olvides de mirarme y de seguir mi ritmo, venga.
Hago lo que me pide. Y no es milagroso, pero después de unos minutos sí que percibo cómo el aire entra y sale con más facilidad.
—Debería irme, Carley. Estoy haciendo el gilipollas en este campamento.
—No digas tonterías. ¿Qué ha pasado?
Solo cuando me encuentro con la capacidad de hablar de seguido le explico lo que ha pasado. Me ahorro los comentarios que me he dicho a mí mismo, pero la base del asunto la expreso. Por extraño que parezca, que no me mire como si me odiara es algo que alivia el pesar de mi pecho.
—Tu hermana estaba asustada. No deberías juzgarla. Puede que le haya pillado de sorpresa y no haya sabido ver cómo salir de la situación, por eso te ha llamado enfadada.
—Elara tiene razón, solo hago gilipolleces de niño y las estoy metiendo en problemas.
—Puede que tenga razón, pero ahora que te has dado cuenta lo puedes solucionar. Tienes que verlo de este modo.
—¿Y cómo soluciono ser un imbécil que solo mira para su ombligo?
Vuelve a hacer ese gesto con la cabeza, la negación rotunda. Posa su mano sobre mi cara, con una delicadeza que nunca ha expresado conmigo.
—Bired Arwan, eres el hombre más extraño que he conocido en mi vida, pero jamás podría decir que solo miras para tu ombligo.
¿Es que no te has dado cuenta de cuánto me has ayudado a mí?
Tus bromas son terapia, tu compañía es calma.
Ahora solo tienes que encontrar el punto de equilibrio para que esas actitudes también te beneficien a ti.
—¿A qué te refieres?
—¿Te acuerdas de lo que me dijiste el otro día?
Que debería valorarme más, comprender que la opinión del resto no tiene que ser quien marque mi camino.
También me hablaste de que mis debilidades son mis diferencias.
Eso mismo tienes que hacer tú: saber diferenciar qué te hace fuerte y qué débil.
Solo con estas últimas dejarás que los demás te ayudemos en tus momentos vulnerables.