CAPÍTULO 26
CARLEY
Suena mi walkie-talkie justo cuando estoy a punto de ir a buscar a Bir.
No queda mucho hasta la ubicación del campamento base, pero tampoco quiero mover a todo el grupo si falta un miembro.
Es peligroso que los niños se dispersen, y me pone nerviosa.
No sé por qué repito este trabajo año tras año si sé que en algún punto pierdo la paciencia.
—Todo está controlado, pequeña Throw, pero necesito un favor.
El suspiro que sale de mi boca es una mezcla de liberación, nervios y enfado porque Bir esté tan campante cuando a mí casi me da un ataque al corazón.
—Dime que no te mate, porque sería el único favor que estaría dispuesta a hacer en estos momentos. Has estado desaparecido más de media hora, Bir. Y tenemos a unos cuantos menores a nuestro cargo, por si no te habías dado cuenta.
Carraspea al otro lado, sin embargo, no dice nada ante mis reproches.
Es uno de los aspectos que más nerviosa me pone de su personalidad.
Siento que no les da importancia a las cosas, que pasa por ellas como si nada, por eso me sorprende cuando se pone en modo emocional o cuando habla de mí como nunca nadie lo ha hecho.
—Eso podemos negociarlo más tarde; hasta entonces, ¿puedes decirme si están disponibles las pistolas de agua?
—¿Me estás vacilando, Bired?
—Es por una buena causa, hazme caso.
Tengo que mirar hacia todos los puntos de la naturaleza para que la paz entre en mi interior, porque ahora mismo no entiendo nada y eso me enfada.
Claro que las pistolas están disponibles.
Cargo con la mochila con mucho cuidado. Es una de las sorpresas que tenemos para los niños.
Son pequeñas, entran en una mano y hay de muchos colores.
La carga es diminuta, pero para trabajar la risa en grupo y que puedan crear lazos son estupendas.
Además, antes de salir las decoré con pegatinas de diferentes temáticas.
Así cada uno puede elegir la que más encaja con su personalidad.
—Están disponibles.
—Bien, nos vemos en unos minutos, no os mováis. Y, si puede ser, rellena las pistolas. Tengo una amiga que quiere dar el pistoletazo de salida a la mayor fiesta del agua de la historia.
Como no tengo dos dedos de frente y, a fin de cuentas, confío en Bir, movilizo a los niños para que hagan justamente lo que me ha pedido.
Cuando llega hasta nosotros con una de las niñas más pequeñas del grupo, me quedo tiesa al ver que ésta ha llorado, pero sonríe solo porque Bired le toca la espalda.
—¿Qué ha pasado? —muevo los labios con el fin de que solo él me entienda. Hace un gesto con la cabeza a modo de negación. Sea lo que sea, no quiere que el resto de los alumnos se entere, así que voy a tener que esperar para averiguarlo.
—¡Manos arriba, todo el mundo! Esto es… —coge una de las pistolas que tengo en la mano y se la entrega a la niña. La otra, una azul con purpurina, la toma él con el mismo ímpetu— un atraco.
Todos los niños sueltan sus mochilas y echan a correr en cuanto los chorros de agua van y vienen en todas direcciones.
Por primera vez, cuando se desata el caos, me quedo tiesa sin tener ni idea de qué hacer o por qué está sucediendo. Tanto es así que Bired me da con un buen chorro de agua en el ojo y ni me inmuto. Lo miro fijamente esperando una explicación.
—Venga, Car, no querrás ser la última de esta fiesta.
—¿Y se puede saber por qué estamos creando una fiesta?
—¿Tiene que haber algún motivo para pasarlo bien?
Antes creía que no. Antes de que me rompieran el corazón, quiero decir. Ahora lo veo todo diferente; la visión de Rina de que controle mis actuaciones sigue presente, aunque no quiera.
—Puede que, en medio de una tarea de responsabilidad, sí que tenga que haber algún motivo.
—Te daré uno, entonces. Sacarte una sonrisa de oreja a oreja es el motivo principal.
—Y, como buen idiota que es, vuelve a enfocar el chorro en mi rostro, aunque en esta ocasión lo hace a los labios.
Como los tengo entreabiertos, se cuela parte del agua en mi boca y tengo que escupir.
Las ganas de matarlo luchan contra las de besarlo.
No entiendo muy bien de dónde surge todo, pero está ahí, como un cóctel molotov que se fragua a fuego lento.
—Has despertado a la Bestia del Rencor.
Y, sin que nadie se lo espere, saco del bolsillo trasero del pantalón la pistola rosa más molona del universo.
La empuñadura es de purpurina y el resto, de un color chicle que causa impresión solo por su belleza.
Además, y lo que nadie sabe, su chorro es más potente que el de ninguna otra pistola del campamento.
Lo descubrí a las malas hace unos años y, desde entonces, es mi carta de respaldo cuando tengo problemas.
El primer chorro que sale se va directo a la cuenca del ojo de Bir, obligándolo a pegar un bote y a separarse de mí.
—¡Estás loca!
—Tú has invocado mi locura.
Él corre lejos de mí y yo intento acortar la distancia. Deseo meterle la pistola debajo de la camiseta y que le caiga el agua fría por toda la espalda.
Creo que lo consigo cuando alcanzo a saltar y a encaramarme a su cuerpo, pero él es mucho más rápido: me coge de la cintura, me da la vuelta y, sin entender cómo, me cuelga de las piernas. Estoy boca abajo, con las piernas apoyadas en su hombro, y pidiendo auxilio para que cesen las cosquillas.
—Nunca deberías retar a un experto, pequeña Throw.
—Me las vas a pagar —aseguro.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es tu idea?
—Te estás metiendo con la persona equivocada. —La única opción que me queda es la de pellizcarle el culo. Parece que lo logro, pero no consigo el efecto esperado. Bir se mueve como una anguila y casi nos vamos los dos al suelo.
—Lo único que tengo claro es que eres la única persona adecuada para comprender mi locura, porque la compartimos.