CAPÍTULO 25
BIRED
Nunca me hubiera imaginado que organizar a un grupo de quince niños para caminar por una montaña fuese a ser tan divertido.
Marisa nos ha pedido prudencia; también que controlemos que ninguno de los niños toque el fuego o haga alguna locura. Como no se fía de mí, nos ha dado el grupo de siete años. Son algo así como criaturas del demonio monas a las que todavía les puedes imponer órdenes sin que se rían en tu cara.
Carley, que es la jefa de todo el tinglado que se ha montado, encabeza la marcha.
No es una distancia grande la que tenemos que recorrer, pero el calor aprieta y los niños se dispersan con facilidad.
Vamos a hacer lo que ella misma planteó: montar un campamento base en una de las zonas centrales y, desde ahí, comenzar las actividades.
¿Qué puedo decir de la organización de estas? Me he pasado los últimos dos días dibujando mapas, creando pistas que espero que ningún niño acierte y así tener más tiempo a solas con Carley, y mirándole el culo a la susodicha.
Bruno, que es el único que se ha quedado en el campamento, ha estado ayudando en silencio.
Si le molestan nuestras miradas, no dice nada.
También es cierto que casi me muero de ganas por contarle el plan que tengo para estos días cuando llegábamos a nuestra cabaña.
El tío no quiere ni oír hablar de amoríos.
No sé qué problema tiene, aunque me enteraré más pronto que tarde.
Creo que está enamorado de una tía que no le corresponde.
Ha hecho varios comentarios al respecto que me dan a entender que esa es la situación.
Me suena el walkie con una de las alertas de pérdida.
Es un pequeño sonido que configuramos Carley y yo antes de salir.
Si alguno de los dos lo pulsaba, tenía que comprobar que todos los niños estuvieran en el redil.
Dado que la alerta llega porque uno de los buscadores destaca que una niña de mi zona no está donde debería, me salgo directamente de la marcha y voy en su búsqueda.
Esto de la nueva tecnología permite que todos los niños vayan como los perros, con un microchip con geolocalización.
La criatura que busco está en medio de una arboleda, no muy lejos del grupo, pero sí lo suficiente como para que se pierda si no nos sigue de cerca.
Al llegar hasta ella, descubro que ha dejado en el suelo la mochila de acampada y que tiene la cara llena de lágrimas.
—Oye, ¿estás bien? ¿Te has agobiado o te has hecho daño?
La niña ni siquiera me mira. Sus ojos están clavados en la corteza del árbol más próximo. Tiene carácter, eso no lo puedo negar.
—No quiero hablar.
—Pues has dado con la persona incorrecta, porque a mí me encanta hablar.
No le sorprende mi capacidad de comunicación. Es lo que suele ocurrir con los niños, que es difícil sorprenderlos porque viven en su mundo.
—Odio este lugar.
Lo dice con tal pasión que auguro que no es un pensamiento transitorio; ha tenido que darle muchas vueltas en su pequeña cabecita antes.
—¿A qué te refieres?
Consigo que me mire unos instantes. No se manifiesta en ella ningún signo de vergüenza porque le vea la cara llena de lágrimas.
—¿Es que no te das cuenta? Aquí solo se viene a sufrir.
—Guau. No he visto sufrir a ninguno de tus compañeros. ¿Alguien te está haciendo la vida imposible?
—Mi familia.
—Si no hay ningún familiar aquí.
—No, no entiendes nada. Mi familia es quien me envía aquí año tras año. Yo no quiero dedicarme a este deporte.
Carley, en una de nuestras conversaciones, me habló sobre este tema.
Hay niños que vienen solo para llamar la atención de los patrocinadores.
Son buenos en el mundo de los karts y los obligan a ser los mejores.
Hasta ahora no había conocido a ninguno que no deseara ser parte de ese show.
Al parecer, he tenido la bendita suerte de dar con una que está en una situación bastante similar a la mía: haciendo lo que no desea por la presión que su familia pone sobre ella.
—¿Y tienes la sensación de que, si lo dijeras en casa, todo se desmoronaría?
Ya no solo me mira, sino que crea una conexión conmigo que es difícil de explicar.
—¿Por qué lo sabes?
—Te voy a contar un secreto —tomo asiento cerca de ella y dejo que la conversación fluya con naturalidad. No quiero pensar en que debo de ser un ejemplo a seguir para ella; no me gusta verme en ese papel—. Yo también odio hacer cosas que no me gustan porque mi familia cree que soy bueno en ellas.
—¿Eres buen piloto?
—No en un circuito, pero sí en la vida.
—¿Y cómo es eso posible? —pregunta ella con el ceño fruncido.
—Cuando te hagas mayor sabrás a lo que me refiero. Hasta entonces, puedo decirte que mi madre adora explotar mis cualidades. ¿Sabes cuáles son?
—No.
—Convencer a la gente de que tengo la vida perfecta. Que tenemos la vida perfecta.
—Los míos me obligan a decir que soy la mejor en la pista, incluso cuando sé que mi amiga Marta es mucho mejor.
—¿Y no te gusta hacerlo?
—Me hace daño aquí —y se señala el pecho, justo donde su pequeño corazón bombea.
Siento como si alguien me diera a mí un golpe en el centro del cuerpo, dejándome sin respiración y con los ojos llorosos.
—¿Por qué? —Debería saber reflexionar con ella y no preguntarle para pensar en mi vida. Es solo una niña que busca protección de los adultos, y los que están a su cargo no le ofrecen esa protección. Es un símil tan cercano a mi vida que duele. Hasta tragar saliva es todo un reto.
—Porque no sé cómo no entienden que no me gusta la presión. Me gusta el deporte, o me gustaba; ahora solo lo veo como una obligación. Cuando pienso en meterme en el kart quiero llorar y no me gusta esa sensación.
Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que la lágrima que iba a rodar directa por mi mejilla se quede donde está.
—¿Sabes? Entiendo a lo que te refieres. No soy bueno en ningún deporte, pero mi madre siempre me ha presionado. No me dejaba elegir qué hacer; creía saberlo por encima de mis deseos.
Llamo la atención de la niña.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto. Una clara evidencia de que no estoy cualificado para hacer este tipo de cosas. Lo primero, para tranquilizarla, tendría que haberle preguntado por su nombre.
—Emma.
—Qué nombre más bonito tienes, Emma.
—¿Y el tuyo?
—Bired, aunque todo el mundo me llama Bir.
—¿Tu madre también lo hace? Los míos, cuando se enfadan, usan mi nombre completo, con apellidos; es algo que también odio.
He encontrado mi alma gemela en una niña llorosa. De lujo.
—No, mi madre siempre me llama por mi nombre completo. Y cuando se enfada inventa un nombre más pomposo para que parezca que tiene más poder sobre mí.
Esta parte no la entiende. Emma centra su atención en sus manos, que han empezado a temblar conforme sus lágrimas ruedan con más fuerza por su rostro.
—¿Qué es lo que más te preocupa? —intento que se abra a mí, a ver si de algún modo tengo las herramientas necesarias para echarle una mano.
—No saber decirles que paren, que no quiero esto. No me escuchan cuando lo digo.
—¿Y tienes miedo? —Porque he sentido miedo en muchos momentos de mi vida. Me he sentido solo, desamparado, temeroso de estar en un precipicio, empujado por las personas que deberían protegerme. Todavía no tengo claro si he salido de ahí o si sigo en el mismo filo.
—Mucho. Hay días que pienso que lo mejor es tener un accidente y que no pueda correr nunca más; de ese modo se acabaría la presión.
Como por acto reflejo, atraigo a Emma hacia mi cuerpo y la aprieto muy fuerte. Ninguna persona debería estar al límite como para meditar en esas opciones, pero mucho menos una niña.
—Antes de llegar a ese pensamiento tienes que pedir ayuda, Emma. Aunque no sean ellos, alguien puede ayudarte. No te canses de mirar hacia los lados.
—¿Y quién? Si mis entrenadores solo hablan de mis cualidades.
Cuando el entorno enfatiza lo que el manipulador quiere escuchar es horrible. Es la peor sensación del mundo.
—¿Y si pensamos en el modo de que lo hagas tú sola?
—Ya lo he intentado, siendo la mejor y la peor, y no hay manera.
—Siempre hay alguna forma; además, ahora no estás sola.
Cuánto me hubiera gustado que alguien, en algún punto de mi vida, me hubiera dicho estas palabras. Nunca he estado solo del todo; mis hermanas son algo así como el apoyo en esta locura. Y digo «algo así» porque a cada uno nuestra familia le pone una presión y una responsabilidad diferente.
Esta mañana he hablado con una de ellas, en concreto con Maya.
Ser la pequeña la favorece en muchos aspectos, entre ellos que todos tienen más manga ancha con lo que puede y no puede hacer.
A fin de cuentas, los demás podemos reparar sus errores.
Podría aprovecharse de ello; mi madre cree que lo hace, pero es la más cuerda de todos.
Sigue sus instintos, se cuida y protege a los demás.
La llamada de esta mañana estaba relacionada con un suceso que aconteció en casa, y es que nuestra madre lleva días preguntando cuándo voy a volver.
Maya, que no es tonta, le ha dicho que estaré listo para regresar a tiempo para la gala. Así que eso me deja con un margen de dos días para encontrar una solución y que mis problemas no se dupliquen sin control.
—Yo no veo ninguna forma de salir de esto.
—Porque el túnel en el que estás metida es tan oscuro y largo que tienes esa sensación, pero te prometo que en el camino te vas a encontrar con luces y puertas de emergencia.
—Eso suena muy raro.
—Suena poético —y hasta me entra la risa. Desde que he abierto la veda con Carley, parece que ahora solo hablo desde la emocionalidad más profunda.
—Sigue dando miedo.
—Y lo hará. Hasta que veas la luz, tendrás miedo. Aprenderás a convivir con él.
Sería mucho más fácil engañarla, hacerle creer que el camino estará lleno de rosas, que la podré acompañar, pero no es así. Se tendrá que enfrentar a situaciones desagradables, que le hacen daño y que no debería vivir para la edad que tiene.
Cuando me mira a los ojos, además de ver su alma, veo mi miedo en su reflejo.
Sé que lo que le estoy diciendo no lo he aplicado a mi caso.
Que el miedo de cruzar ese túnel ha sido tan profundo que me ha dejado paralizado en medio.
Sé que no soy valiente, no tanto como los demás piensan, y eso me causa dolor.
Muchísimo dolor. Porque lo más complicado de todo es entender que la solución la tengo en mi mano, pero cogerla y llevarla a cabo supone tantas cosas que no sé si seré capaz, en algún momento, de dar el paso.