Solo amigos CAPÍTULO 24
54%

CAPÍTULO 24

CARLEY

—Pene —leo en voz alta al tiempo que ruedo los ojos.

Sería el mensaje que me esperaría de alguien como Bir, para qué nos vamos a engañar.

—Pensaba que eras más creativo, ya estoy comprobando que me había ilusionado como una gilipollas.

Le quito la pulsera con poca delicadeza. No voy a reconocer que me ha hecho gracia su truco. Y también me ha cabreado porque hubiera querido ser yo quien lo impresionara a él.

Tengo tantas cosas en la cabeza que selecciono de forma equivocada lo que quiero plasmar en la madera que tengo delante. Justo al lado de la palabra grotesca.

—¿Una C y una B? Te falta el corazón, pequeña Throw.

—No quería poner eso, es que tengo el cerebro frito con tanta presión por tu parte.

—¿Y en qué se supone que te meto presión?

Bir, que conoce muy bien cómo actuar dependiendo del contexto y de lo que quiere conseguir, aprieta la mandíbula y se pasa de forma muy sensual la mano por la mata de pelo rubia.

Si no tienes ojos en la cara no te afecta; dado que no es mi caso, vuelvo al punto inicial de no saber muy bien cómo actuar.

—Quieres corromper cada una de mis ideas con las tuyas.

—Estamos haciendo lo que quieres, llevar a unos niños al bosque, dormir juntos en una tienda de campaña y disfrutar.

—Cualquiera que te escuche puede pensar cosas. Y te recuerdo que aquí hay unas reglas muy claras que no puedo saltarme.

—Tú misma lo has dicho. No puedes saltártelas, yo sí. Dado que Michael ni me tiene contratado ni me va a pagar un duro, puedo hacer lo que me plazca.

—Ambos sabemos que no es así. —Es que, de serlo, no estaría aquí, se hubiera ido el primer día. Le importa la reputación y cómo le pueda afectar a su familia.

Para cambiar el foco de mi atención, me quita con delicadeza la pulsera de la mano. Vierte parte del contenido en sus dedos y, sin esperar a que le pregunte lo que está haciendo, apaga las luces que quedaban en la sala, solo dos que enfocaban hacia la entrada, y se acerca a mí de una zancada.

El uniforme de trabajo hace que mis brazos queden completamente al aire, y parte de mi escote también. No es el polo más cómodo del mundo, pero hace su función. Una que, al parecer, a Bir no le gusta.

—¿Qué estás haciendo? —susurro cuando se acerca tanto a mí que me parece grotesco hablar en un tono normal. Está tan cerca que cualquier sonido puede perturbar la atmósfera que hemos creado.

—Shh. —No solo pone uno de los dedos manchados de pintura en mi boca, sino que lo baja por mi garganta hasta posarlo en el hueco del escote.

—Me estás manchando de pintura.

—Creía que sabías dejarte llevar, Carley. No estás remando a favor de la causa.

Podría moverlo, cortar esto en cualquier momento. Dejar que su dedo tocase mi piel, ¿lo hago? Por supuesto que no. Permito que baile por los lugares que le da la gana y que comience a escribir algo que no debería estar a la vista de todos.

—¿Sabes dibujar corazones? Eres una caja de sorpresas.

Antes de que pueda acabar de hablar, el corazón que estaba dibujando se derrite hacia mi ombligo.

Más bien, Bir hace tal cosa. El contacto de su dedo hace que mi piel se erice sin control, obligándome a aguantar la respiración y a no cometer una locura.

Debería juntar nuestros labios y acabar con esta tortura, pero lo único que soy capaz de hacer es quedarme quieta, contemplando cómo juega conmigo.

—Eres muy receptiva, Car, me gustas.

—Te encanta ponerme en aprietos.

Deja de mirar el camino de pintura que está creando y clava la mirada en la mía. Es la primera vez que siento que nuestros ojos conectan de una forma que jamás lo habían hecho. Con intimidad.

Podíamos haber vivido muchos momentos de confesiones, de amistad, de fiesta, de sensualidad, más que aquella noche; en ninguno de ellos sentí lo que ahora mismo ha removido que Bired me esté mirando como si fuera la única persona en el mundo para él.

Hasta pierdo el equilibrio porque no tengo control sobre mi cuerpo. Una fuerza sobrehumana de pasión me ha atrapado y solo quiero descubrir cómo me va a hacer sentir una y otra vez.

—Quiero ser adicta a esto —murmuro sin sentido. Bired no hace amago de preguntarme qué estoy diciendo, quizá ni lo ha escuchado, aunque por la risita que me dedica está claro que sí—. Eres un conquistador nato y lo sabes. Y yo lo odio.

—Solo quiero que cambies de opinión, ¿está funcionando?

Joder que si está funcionando. Podría pedirle que me hiciera dos hijos en estos momentos. Estoy a punto de sucumbir a la tentación de dejarme caer contra su cuerpo, chocar nuestras frentes y respirar el mismo aire cuando la puerta del cobertizo se abre.

Alguien se mueve en la puerta. Dado que la luz está apagada, tiene unos momentos para buscar el interruptor y que este vuelva a la vida. Son tan solo unos segundos que nos permiten, a mí, dar la espalda a la persona que ha entrado y, a Bir, separarse y no parecer que estaba a punto de besarme.

—¿Monitores? —Un niño, de unos once años, nos mira con el ceño fruncido. Primero lo hace a Bir y luego a mí, que lo observo por encima del hombro. Al menos hasta que me dé tiempo a retirar la pintura que tengo entre las tetas.

—Mira qué suerte has tenido —le dice Bir al tiempo que camina hacia él con confianza—. Vas a ser el único que conozca el secreto de esta noche.

Al enseñarle la pulsera flúor, al niño se le agrandan los ojos. Si ha visto algo que no tenía que ver a través de las ventanas, no abre la boca.

—Las estábamos probando Carley y yo y funcionan de maravilla. Va a ser la hostia.

Y lo que es la hostia es el guiño que me lanza a mí mientras sale de la caseta de madera con el que ha podido ser el mayor chivato de nuestra historia.