CAPÍTULO 23
BIRED
En realidad es un plan perfecto. A mi madre le saldría urticaria solo de pensar que estoy en medio del campo, en una tienda de campaña y debajo de una lluvia torrencial.
Es una suerte que a mí me esté apeteciendo este plan de una forma impresionante.
Que nunca se me haya permitido hacer cosas normales no significa que no las quiera hacer.
Justamente con Stefan descubrí que mi vida había estado metida en una burbuja. Jamás he sido como el resto de niños o chavales de mi edad. No tengo un trauma por ello, pero sí es cierto que me apetece explorar cómo me encuentro en diferentes contextos.
—Voy a hacer que no he escuchado esta parte.
—No deberías, ha sido la más interesante.
Me acerco tanto a su boca que su respiración me hace cosquillas en la nariz. Me quiero fusionar con ella, ponerle la mano en la cintura, atraerla hasta mí y hacer que grite en todos los idiomas posibles.
Me he despertado cachondo y la idea de la tienda de campaña me ha puesto más caliente.
—Lo que sí podemos hacer es una lluvia de ideas para que la actividad sea más divertida. En el cobertizo hay todo tipo de materiales, podemos ir a ver si sacamos algo en claro.
Solo escucho la parte de que podemos ir a un cobertizo. Mi mente ha creado la película necesaria para imaginarnos a los dos desnudos, tapados con una manta y follando sin control.
Esto también es culpa de mi hermana Lucy.
Aunque Maya también tiene algo que ver. Les encantan las películas románticas.
Es una obsesión que no comprendo y que tampoco juzgo.
Con tal de tenerlas contentas y en mi bando, las veo con ellas.
Algo se me habrá pegado si mi mente ha sacado las mismas conclusiones que esas filmografías.
—Indícame el camino. —Hace justamente lo que le pido, con la diferencia de que, mientras yo deseaba enfocarme solo en mirarle el culo, a ella le parece buena idea sacar un tema de conversación que aborrezco hasta el infinito.
—¿Tu madre sabe que estás aquí?
Han cantado bingo.
—No como crees, Lucy me está cubriendo, pero no sé cuánto tiempo podrá mantener la mentira. Sabe que estoy en el campamento, pero cree que es por trabajo de oficina. Si se entera de que estoy como monitor...
—Quemará el campamento.
—Ella no se manchará las manos de gasolina, pero sí, mandará a uno de sus esbirros a hacerlo. Más que por su ego herido, sería por el qué dirán.
—Me parece una mierda su forma de ver el mundo. No quiero ofenderte, pero tiene que ser duro vivir así toda una vida.
Asiento porque, aunque comprendo lo que dice y pienso del mismo modo, es difícil asumir que tu propia madre te quiere menos que a su reputación social.
—Entiendo que tampoco se ha enterado de por qué estás aquí. La liada que según tú no es tan liada.
—Exacto. Y si estoy aquí es justamente para tapar la liada.
Al final no le he comentado a Carley lo que sucedió y quiero que así se mantenga. Después del castigo he sentido vergüenza por lo que hice. Y eso que pienso mucho las cosas antes de hacerlas. Al parecer, esto es un buen ejemplo de que no es así.
Ayer, cuando me metí en la cama y esta rechinaba con cada uno de mis movimientos, llegué a la conclusión de que, por imbécil, por intentar ser gracioso aunque no toque y llamar la atención de alguna forma, he hecho cosas que pisan mis valores.
También he creído durante mucho tiempo que directamente no tengo valores, pero no es cierto.
De forma racional sé lo que quiero y lo que siento.
Me entristece muchísimo pensar que no soy capaz de integrarlo en mi día a día.
A fin de cuentas, soy yo quien tiene el poder de cambiarlo y nadie más.
Carley no tira más del hilo y, de alguna forma, lo agradezco. No sé cómo puedo solucionar el embrollo cuando ni siquiera ha comenzado a liarse.
—Es por aquí. —El cobertizo al que se refería es una pequeña casita de madera, con poca altura, que tiene el nombre de «Materiales» pegado en la puerta.
Ideal para dar rienda suelta a la pasión—.
He pensado que podemos utilizar un dispositivo que llame la atención por lo diferente y llamativo que es para los niños.
—¿Qué tienes en mente?
—Podemos ponerles pruebas; que tengan que acudir a unos puntos dentro de la zona del bosque que delimitemos, y cuando lleguen a ellos lo sabrán porque habrá un objeto llamativo esperándolos.
—Me he perdido.
—Mira. —Coge una caja con pulseras que se iluminan en la oscuridad de diferentes colores.
Las conozco bien porque las regalan en todas las fiestas.
Sobre todo en los afters a los que acudo cuando no quiero regresar a casa y extiendo la fiesta hasta lo máximo—.
Nuestra zona en el bosque será de unas hectáreas.
Tendremos que poner las tiendas de campaña en el centro, eso es así por protocolo, pero podemos movernos.
—¿Y quieres que hagamos una yincana por todo ese espacio?
—Así es, les podemos dar un mapa para que aprendan a ubicarse en la zona, y sabrán que han llegado al punto correcto gracias a las pulseras luminosas.
—Me parece un plan increíble.
Me encanta lo inteligente y creativa que es.
—Gracias, sé que soy la mejor.
Hasta ahora no hubiera dudado de dicho comentario. Creía que Carley era una tía con confianza, menos cuando estaba Rina en la ecuación. En los últimos días dudo de que esto sea así en todas sus facetas. No la veo confiar en sus aptitudes.
—Lo eres. ¿Y sabes también qué es increíble?
—¿El qué? —Ahora no he sido yo quien ha dado el primer paso para acercar nuestros cuerpos, ha sido la intriga la que la corroe. Es cierto que quien da el paso de volver a acercar nuestras caras soy yo.
—Que si rompes una de estas pulseras de este modo —la cojo y la parto por la mitad. El color fluorescente empieza a destacar. Abro el tapón y muevo el líquido a mi antojo—, puedes escribir con ella mensajes secretos que solo se ven a la luz de la luna.