CAPÍTULO 22
CARLEY
—De esa forma podremos optimizar el tiempo —comenta Marisa. Si ha llegado a monitora jefa es por los años que lleva trabajando para la familia Douglas, no porque se caracterice por ser eficiente en el trabajo.
Llevo la mirada hacia Stela que, en su afán de no llamar la atención, tapa la mueca de incomprensión que están poniendo todos. Hasta Bruno parece confuso cuando sabe lo que hay que hacer; no es el primer año de monitor.
La relación que tengo con Marisa es peculiar.
Me dio trabajo de camarera este invierno; era una baja de maternidad, pero me salvó de ir de nuevo a la ruina.
De forma momentánea, por supuesto. Eso hizo que construyéramos una especie de pacto en el que yo la salvaba a ella cuando fuera necesario y viceversa.
Me levanto con una excusa tonta, me pongo a su lado y, como quien no quiere la cosa, comienzo a comentarle a Bir, que es quien más perdido se muestra, el planning que tenemos que seguir durante los siguientes días.
Es mi forma de ayudar sin hacer sentir incompetente a la otra persona. No tengo ni idea de si funciona; aun así, siento que todos lo necesitamos.
—Es la mejor idea —continúo—: mientras los niños están entrenando en el circuito, nosotros podemos preparar las actividades. Acaban con tanta adrenalina que, como no pensemos cosas guays, los perdemos. Pueden destrozar todo el campamento.
—¿Y qué propones? —La pregunta de Bir solo tiene una dirección. Es su forma de mandar una indirecta sin que nadie más lo note. Aunque no ha sido muy sutil al levantar las cejas y dejarlas caer.
Quiere que le responda en el mismo tono.
—La acampada es la primera actividad de cada año —murmura Marisa—. No vamos a cambiarla.
—Y no lo haremos —le respondo con confianza—. Aunque podemos innovar. Hacer que, en lugar de que cada monitor vaya con un grupo, vayan dos monitores y se formen pequeñas hermandades. Entre ellas puede haber pruebas.
—¿Quieres decir que dos monitores se perderán por el monte con sus alumnos? —quiere saber Bir que, como buen chico inteligente, ha sabido leer entre líneas.
—¿No te parece maravilloso? —digo como quien no quiere la cosa.
Bruno carraspea, y no de forma sutil. Stela, que creo que se ha dado cuenta de lo que ocurre, mira de uno a otro sin saber dónde meterse. Nosotros podemos ser las personas más disimuladas del mundo, pero si ellos no ayudan…
—Tenéis libertad de hacer lo que queráis siempre y cuando los niños dejen de pensar unas horas en esos cochecitos.
Y, como si la vida quisiera reírse de ella, suena uno de los karts pasar por detrás de nosotros derrapando.
Estos niños duermen menos horas que durante la jornada escolar solo para ser los mejores en esa pista.
Se pasan los días como hamsters en sus ruedas, sin ver el fin, solo entrenando y entrenando.
—Eso está hecho —decimos Bir y yo al unísono—. ¿Cómo vamos a llevar esto a cabo? No tengo ni idea, pero de alguna forma me hace especial ilusión perderme por la montaña con él.
Todos se levantan y nos dejan a solas. Por la mirada que me está lanzando, sibilina y, a la vez, golosona, podría hacer una locura. Una muy deliciosa que consiste en darle un morreo para saber si estoy sintiendo algo que no debería.
—Tú dirás cómo vamos a hacer esto —le reto.
—Estás hablando con un experto en inventiva. Se me va a ocurrir algo grandioso.
Intento no reírme; se muestra muy confiado con sus palabras. Es más, ha levantado la barbilla y sacado pecho; ese movimiento solo lo hace cuando está realmente seguro de lo que dice. Me recuerda a un pavo real cuando abre sus preciosas alas.
—No has hecho una acampada en tu vida, Bir. No tienes ni idea de cómo se monta una tienda de campaña.
Parece ofendido, aunque no pierde la sonrisa.
—Eso tiene que ser como robar una botella de Moët, querida.
—Tu mundo de lujos me causa urticaria. No sabes la de cosas guays que te has perdido.
Stefan y yo hemos acampado durante toda nuestra infancia. De algún modo nos conectó con la naturaleza y ha hecho más fáciles mis veranos. No sería lo mismo trabajar en este campamento sin esa parte salvaje que se desarrolló entre bichos cuando era una niña.
—Por una vez en la vida tengo que darte la razón.
Y con esta ya van unas cuantas veces en las que Bir parece cansado de lo que le toca vivir. Es como si, de alguna forma, no supiera quién es en ese palacio al que llama casa. Y tiene narices la cosa… Yo mataría por tener la fortuna que heredará en pocos años.
—¿Eso quiere decir que me dejarás organizar la actividad, permitirás que te piquen los mosquitos y serás el monitor que pringue cuando haya que reñir a los chavales? Me encantan cuando la lían, por eso no me gusta ir a poner castigos.
Se acerca de una zancada a mí. No me mira a los ojos; lo hace directamente a los labios.
Cuando un rostro tan perfecto y atractivo como el de él se queda embobado con un trozo de tu piel, es como si el mundo frenara por un instante.
Te sientes la persona más sexy del planeta.
Ahora mismo podría hacer una maratón solo con la energía que respiro a su alrededor.
—Eso quiere decir que deseo besarte, pero como no puedo, solo me queda asentir y rezar para que llueva durante la acampada y así escondernos en la tienda durante todo un día. Solos. Nosotros.