Solo amigos CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

BIR

No me puedo creer que hace una hora estuviera a punto de hacer las maletas e irme, a pesar de las consecuencias que podía traer.

Sigo sin entender por qué no voy directamente a hablar con Michael. Sé que es desproporcionado lo que está haciendo, y soy consciente de que si no lo he hecho es porque, de algún modo, me interesa estar en este lugar.

No sé si es por el ambiente, por la estética del lugar que transmite paz, porque no tiene nada que ver con mi realidad, o porque necesito el tipo de relaciones que puedo construir aquí.

Y quizá también porque entender qué me está sucediendo con Carley es importante para mí.

Cuando dijo que debería seguir con el papel de tío gracioso, rico y perfecto, me dolió más que un cuchillo clavado en la espalda.

Más cuando en su mirada vi miedo y rencor; quiso hacerme daño.

Me expuse, quedé vulnerable, y ella lo utilizó a su favor.

No es el tipo de relación que quiero en mi vida; tengo suficiente presión como para añadir algo más.

Si no hubiera venido, no sé lo que habría sucedido, pero la decepción sería tan grande que me costaría recomponerme de ella.

Es ilógico porque no tenemos una amistad tan fuerte como para llegar a esos extremos, pero el mundo de los sentimientos es complejo. Y más los míos, que son tan dispares como yo.

Que hayamos hablado ha sido una cura que necesitaba, aunque no lo supiera. Ha puesto una tirita a una herida que, si bien sigue sangrando, tiene algo más de protección.

No me gusta que los demás se hagan una imagen equívoca de todo lo que supone ser Bired Arwan. Aunque, ciertamente, ¿cuánta culpa tengo yo de que piensen de esa forma?

Ser el playboy del campus me ha supuesto hacer y deshacer a mi antojo.

No tengo que dar explicaciones porque ya nadie me las pide.

Y cuando mi madre tiene algún problema conmigo, lo da por perdido porque considera que mi capacidad intelectual es nula comparada con la de mi hermana Elara, por ejemplo.

—Está bien, es un empate nuevamente —acepta Carley, poco convencida—. Tenemos que hacer otra prueba.

—Podemos ver quién de los dos tiene mayor capacidad de bebida.

—Eso no mola, Bired. Todos sabemos que te bebes hasta el agua de los floreros —acierta a decir ella.

—Pero me ha confesado que baila como el culo —grita Bruno desde la lejanía. Al cruzarse nuestras miradas, me hace un gesto con los hombros pidiéndome perdón.

—¡Lo tengo! Hagamos el baile del limbo; quien pierda tendrá que beber un chupito.

—Si bebo, no podré doblarme para pasar por debajo de una cuerda bailando.

—Esa es la clave, grandullón.

Da un saltito de alegría al comprobar que su idea es lo mejor que podía haber dicho. Más cuando Stela, que estaba pegando la oreja, se une al plan.

No sé cómo ni por qué, porque no tengo ninguna necesidad de ganar este reto. Soy competitivo, pero creo que me gusta más ver la tensión que sale del cuerpo de Carley que concentrarme en ganar a toda costa. Que, si lo hago, mejor que mejor.

No solo Stela se une a esto, el resto de compañeros parece que han visto la luz con la idea de Carley. En un instante han sido capaces de encontrar un palo largo, vasos de chupito y unos buenos altavoces para amenizar la velada.

—Las reglas son las siguientes —comienza a decir Bruno, que, el muy cabrón, también se ha unido a mi sufrimiento—.

Quien sea capaz de pasar por debajo del palo, con el pecho hacia arriba, bailando y sin tocarlo, no beberá.

Si no cumple alguna de estas normas, tendrá que beber un chupito. El palo irá bajando conforme paséis.

—Empiezo yo, ¡me encanta este juego! —Es Stela quien lo ha dicho, y Carley parece muy emocionada de poder acompañarla.

Se me pasa por la cabeza cogerla de la cadera en el último momento y pedirle que pasemos la primera vez los dos juntos, pero sería un movimiento extraño que nos dejaría a la vista de los demás.

No se puede controlar la tensión que emanamos cuando estamos juntos.

Y la puñetera regla de nada de rollos entre nosotros no ayuda.

Si alguien quiere comprar el favor de los jefes, nos va a dejar con el culo al aire.

Así que sí, me quedo en la fila mirando cómo el cuerpo de Carley se contorsiona y mi mente crea múltiples escenarios.

La primera y la segunda vez que paso por debajo del palo no tengo problemas. La tercera ya es otra cosa. Tengo que doblar tanto las rodillas que solo hay dos opciones: o dejar de bailar, cosa que no puedo, o caer de culo.

Elijo la segunda porque mis rodillas no paran de gritar de dolor.

Así es como bebo el primer chupito.

Para el tercero, noto cómo el alcohol ha nublado mi visión. Es una sensación extraña; no estoy borracho como una cuba, pero sí que, si realizo determinados movimientos, noto cómo mi cabeza sale del juego de la vida por unos segundos.

Al parecer no soy el único: Carley ha bebido dos chupitos y está en la misma sintonía, aunque, creo, que el alcohol la activa más, si cabe.

—¡Eres bueno moviendo las caderas, Arwan!

—me grita delante de todos cuando acaba su ronda.

Ha estado a punto de caerse, y cuando llega a mi lado tengo que cogerla de la cadera para que no se tambalee—.

Aunque eso ya lo sabía —susurra muy cerca de mi oreja.

Ha usado el movimiento para darme un abrazo.

No parece extraño; al menos no nos mira nadie.

Saben que somos amigos, así que no intuyen que también hemos hecho otras cosas y que me fliparía saltarme las puñeteras normas.

—Podemos refrescar nuestras memorias, ¿qué me dices?

No puedo verle la cara; estoy aprovechando la excusa del abrazo para hablar con ella.

—No me digas guarradas, cuando estoy borracha estoy más caliente.

—¿Y te parece oportuno darme tal información y que no la use a mi favor?

—No podemos, hay reglas. Y somos amigos que quieren encontrar su propósito en la vida.

—Puedo dejarte mirando al norte. Si no gritas, que será difícil, nadie se enterará.

—El sexo campestre no es lo mío. Merezco más.

Y con semejante confesión, decide separar el abrazo y quedar delante de mi cuerpo, atenta a cada uno de mis movimientos. Podría besarla solo con extender los labios.

—¿Y qué te mereces?

—Que me hagas gemir toda la noche, como la última vez.

—Carley…

—Pero somos amigos encontrando nuestro propósito en la vida.

—No me gusta que… —no me da la opción de acabar la frase. Deja un beso en mi mejilla y, con las mismas, se vuelve hacia el juego.

Me ha dejado caliente, mareado y con la seguridad de que esta mierda de competición la ha ganado ella. Si no conociera a Carley Throw, creería que este movimiento se debe a una coincidencia más, pero como conozco sus tácticas, puedo asegurar que me acaba de dar jaque mate sin esperarlo.

—Sé lo que estás haciendo, y es trampa.

—Ven aquí y demuestra de qué estás hecho, Arwan.

El alcohol no solo la deja caliente, sino que enfatiza la vena irresistible que tiene de serie. ¿Por qué lo digo? Porque no hago otra cosa que seguir lo que me pide. Voy como un idiota hacia la miel.

Me pongo delante de la barra de madera al mismo tiempo que Carley hace lo mismo. No es la imagen que había proyectado en mi cabeza, porque esa pasaba por tenerla a ella clavada en mis caderas, pero es también buena. Sus tetas están al alza, perfectas para enterrar la cara en ellas.

—Pon la música, Stela, a ver quién gana en esta ocasión.

Su cadera se mueve y mis ojos se van directos a ella. Es irresistible ver cómo, con un solo movimiento, puede tener todo lo que desea. Ahora mismo me arrodillaría y le pediría matrimonio, y eso que no creo en él.

Por no quedar como un imbécil, copio sus movimientos. Con la mala suerte de que me tambaleo y tengo que apoyar una mano en el suelo. Ella, que está achispada por los chupitos, se ríe y tiene que hacer lo mismo que yo.

Soy más ágil y consigo controlar mi cuerpo para no perder la partida. Ella, que no acude al gimnasio porque sus padres la dotaron de un cuerpo de escándalo natural, no tiene la suficiente fuerza en los brazos y acaba en el suelo.

Soy el único que ha conseguido traspasar el palo y…

—¡He ganado!

El trofeo es la sonrisa que me lanza. Ojalá poder verla de nuevo con ella en mi cama.

Y todos los días de mi vida.

Mierda, ¿acabo de pensar eso? Ha sido fruto del alcohol.