CAPÍTULO 20
CARLEY
Las partidas del Uno, cuantos más jugadores sean, mucho mejor. La clave está en lo competitivos que sean dichos contrincantes, porque, como todos sean tan extremos como Bir y yo, la partida puede ser el inicio de muchas guerras.
—¡UNO! —grito cuando solo queda una carta en mi poder. Tengo la grandísima mala suerte de que Bir se ha dado cuenta y lo ha dicho un segundo antes que yo, invalidando mi palabra y haciéndome robar otra carta. Si no hubiera abierto la boca, estaría a una posibilidad de ganar por segunda vez.
En un movimiento maestro, Bir hace que todos a su alrededor roben una carta y, en el último momento, suelta todas las que tiene en su poder ganando la partida. ¿Cómo lo ha hecho? No tengo ni idea, ciertamente es un contrincante duro, pero estamos empatados, y esto hay que solucionarlo.
—No pienso seguir jugando con vosotros —comenta Bruno, ya cansado de ser parte de la batalla que hemos construido a su alrededor.
—Sois demasiado intensos para mi gusto —confirma Stela, cosa que ya había percibido; la chica no sabía a dónde mirar para no sobrecargarse. Pensaba que iba a dejar la partida a medias, pero no ha sido así, me he sorprendido.
—Venga ya, no podéis abandonarnos ahora que solo queda deshacer el empate.
—Podemos, y lo estamos haciendo. —Bruno es el primero en levantarse; extiende la mano para salvar a Stela y no dejarla atrás.
—¡Un gesto muy caballeroso y ruin! —le grita a la espalda Bir—. ¿Y ahora qué podemos hacer para saber quién gana?
—Podemos jugar nosotros solos.
—No tiene gracia cuando en las otras partidas hemos sido cuatro jugadores, no estamos en igualdad de condiciones.
—¿Y qué se te ocurre, entonces?
Piensa por unos instantes. Haría lo mismo si la visión de su perfecta mandíbula marcada no me despistara de la tarea.
—Podemos hacer una yincana de pruebas. Quien gane se lleva el título de mejor jugador.
—Y podrá contar con una corona que acredite dicho logro.
Necesito que todo el mundo vea un objeto sobre mi cabeza que asegure que soy la mejor en cualquier tipo de reto.
¿Competitiva? Sí.
—Me parece un trato justo.
Apretamos las manos con la mayor fuerza que cada uno puede aportar, aunque me da la sensación de que Bir podría partirme los dedos y no lo ha hecho.
—Quien logre encender la hoguera sin ayuda de un mechero o cerillas gana la primera prueba, ¿qué te parece?
—Todos los años sucede lo mismo: no hay cerillas o el mechero se ha quedado sin carga.
Tanto es así que he aprendido a encender fuego con unos palos para no vernos en esa situación.
Este dato Bir lo desconoce, y pretendo usarlo a mi favor.
—Me parece que… —se pone en pie y echa a correr sin mirar atrás. ¡Será tramposo!— Llegas tarde, querida Carley.
Si se me reta, hay que asumir que vas a perder dicho reto, no hay otra opción. No pienso darle ventaja, ni ahora ni nunca, así que utilizo las largas piernas que me han dado mis padres y salgo detrás de él gritando todo tipo de improperios, pero, como es lógico, llega antes que yo.
Busca adeptos para que le echen una mano. Bruno, que está en un grupo en la esquina de la hoguera, nos mira con el ceño fruncido y decide no meterse en la batalla. Se fue para alejarse de nuestra intensidad y hemos llegado hasta él; mala suerte.
Sin demora, busco dos palos gordos y una cuerda. Las cuerdas están por todas partes porque hemos tenido que adaptar la nueva decoración y no nos ha dado tiempo a recogerlas. Vaya, que el hecho de que hayan cambiado las banderas decorativas va a suponer la diferencia entre la victoria y la derrota.
Monto la estructura para hacer fricción y, sin perder tiempo, empiezo a hacer el movimiento que tantas veces tuve que repetir.
Dado que en mi casa le doy a un botón y se enciende el fuego, al menos hasta que me duren los ahorros, no tengo que hacer esta mierda cada vez que quiero comer.
Ese es el motivo de que no me salga ni a la primera ni a la segunda.
—Vaya, vaya, vas fuerte, Carley —la guasa de Bir no tiene cabida en mí. Sé que pretende tocarme las narices para desestabilizarme.
Echo un vistazo por encima del hombro y veo que, junto con unas piedras y hierba seca, él está haciendo lo mismo que yo, aunque con otra técnica.
—¿Un hombre de las cavernas, Bired? No esperaba menos de ti. —Y lo acompaño con un guiño como remate final.
Es la gasolina que necesita, nunca mejor dicho, para dar más fuerte a las piedras y conseguir algunas chispas, aunque sin lograr una llama que pueda encender la hoguera.
Me pasa lo mismo en varias ocasiones, pero como mi técnica está totalmente probada, soplando con suavidad logro que la hierba empiece a quemar lentamente.
Después de unos minutos soplando y dejando que el fuego crezca lentamente, corro hacia los troncos de madera, dejo mi pequeño nido de llamas quemando en la base y…
—¡Voilá! He ganado —grito sin control.
Una ráfaga de aire llega desde mi espalda, obligándome a bajar los brazos al mismo tiempo que el fuego se apaga lentamente.
Solo se han quemado algunos maderos; la hoguera no ha conseguido pillar la fuerza que necesitaba.
La misma ráfaga de viento que ha hundido mi sueño hace que las esquirlas de Bir cojan fuerza y aparezca una llamarada impresionante entre sus manos.
Sin perder tiempo, y como he hecho yo previamente, las suelta encima de la hoguera y entonces sí todos los maderos parecen coger un precioso color naranja.
—¡He ganado yo, pequeña Carley!
—Eso no es así, has hecho trampa.
—¿Ahora soy el Dios del viento y no me he enterado?
Miro a mi alrededor, buscando apoyo aunque no sé dónde lo voy a conseguir. Con el único que me encuentro es con Bruno, que nos está mirando como si no pudiera comprender qué nos sucede.
—Bruno, tienes que ser el juez.
El resto parece no estar atento o pasar directamente de nosotros.
—A mí dejadme en paz.
—Venga ya, tío, has visto quién ha encendido la hoguera realmente.
—Habéis sido los dos, así que es un empate otra vez, ¿no?