CAPÍTULO 18
CARLEY
Si algo es indiscutible es que Bired Arwan es el tío más atractivo que he conocido en la vida. No solo porque hay pocos hombres adultos tan rubios como él, rubios naturales, sino porque su cuerpo es grande en los sitios clave.
Además de los abdominales marcados, tiene unos brazos que te hacen soñar con fantasías oscuras y sensuales, y una espalda a la que deseas clavar las uñas hasta que te quedes sin ellas.
Sé lo que hay debajo del bañador, y eso también me hace tragar saliva.
—Me estoy dando una ducha —afirma con seguridad, la misma que está utilizando para dejar su ducha libre y acercarse a mí cual gacela que ha encontrado una presa.
—Podías haberme alertado cuando me has visto entrar.
—¿Y perderme el sexy striptis que me has hecho?
—Eres imbécil —pero poso la mano en su pecho cuando me rodea la cintura y me acorrala entre su cuerpo y la pared.
—También me ha encantado el gemido de placer al tocar el agua. Ha sido muy sexy, nena.
Algo en mi cerebro se conecta y recuerda que esto no debería suceder porque tengo que pensar lo que me hace sentir antes de llevarlo a cabo.
Como puedo, me libero de su agarre, cierro el agua y lo enfrento.
—¿Qué has hablado con mi hermano? Lo he notado raro, y no quiero que sepa lo de la otra noche.
—¿Te da miedo que tu hermano te prohíba estar conmigo?
No intenta que nuestros cuerpos se vuelvan a tocar. Quizá siente el mismo magnetismo que yo cuando nuestras pieles están en contacto.
—No, no seas imbécil, Stefan nunca me diría nada, pero ha sido extraño. Te repito que lo he notado raro.
—¿Y no será que la que estás rara eres tú?
—¿A qué te refieres? —¿Y por qué desde la fiesta siento que mirar a los ojos de Bir no es lo mismo que antes? Es como si pudiera ver dentro de mí, mi alma o alguna de esas mierdas. No hemos tenido ese tipo de conexión en la vida, y me niego a pensar que es por una atracción física.
Que, oye, estuvo muy bien.
Joder, el mundo de los sentimientos es una mierda.
—Te escondes de mí, y no en el sentido que estás pensando. No quieres pasar tiempo conmigo, huyes como si tuviera la peste.
—Eso es mentira.
Me clava la mirada de tal forma que tengo la tentación de retirarla y centrarme en otro asunto para que no vuelva a ver dentro de mí.
—Lo único que le pregunté a Stefan es si estabas bien y si necesitabas ayuda.
—Yo nunca necesito ayuda.
—¿Sabes que puedes confiar en los demás? No está mal necesitar ayuda.
Doy otro paso atrás. ¿Y si el cambio se debe a que noto a Bir muy diferente a la versión que conocía? ¿Y si no es solo el juerguista, gracioso y buen amigo que yo sabía que era?
—No me gusta necesitar a los demás y no sé por qué estás sacando este tema ahora.
Y mucho menos cuando tenemos tan poca ropa y estamos mojados, aunque eso evito decirlo.
—Tu hermano está preocupado aunque no te lo diga directamente, y yo también. Solo hay que ver cómo huyes de ti misma desde que Rina te dio la patada. Te lo dije en el club, no podía haber sucedido algo mejor. Es una chica que no merece tu atención.
—Me he dado cuenta, aunque no lo reconozca.
—Ahora solo te queda reconocer que, si dejas que los demás te ayuden, puedes tener una mejor vida.
—No necesito dinero, Bir —no es la primera vez que le ofrece a mi hermano una ayuda económica. Su posición social se lo permite, pero yo jamás admitiría un euro de esa familia, aunque viniera de él.
—Y no te lo estoy ofreciendo.
—Entonces no entiendo a qué viene este papel de psicólogo. —Veo que mis palabras son bruscas cuando frunce unos instantes el entrecejo. Me sucede más a menudo de lo que me gustaría, aunque también es cierto que es la primera vez que noto que a él le puede afectar algo de lo que digo o hago.
—Eres increíble y no te das cuenta de ello. A eso viene mi papel de psicólogo. Solo intento que veas lo que los demás podemos disfrutar cada día. O al menos cuando nos lo permites.
Me abruman tanto sus palabras que no sé qué decir. Y cuando eso sucede, lo más sencillo es ponerme a la defensiva. Otra de las cosas que aprendí de Rina.
—Si con eso te refieres a que te dé pase libre a mi cama, no creo que…
—Olvida el tema, o al menos por ahora, y céntrate en lo que te estoy diciendo. ¿Qué te sucede o qué necesitas? Nunca has sido malhumorada y estás más irascible de la cuenta. Y no me vengas con que tienes el corazón roto porque eso es una parte, no el cómputo global.
—Me gustabas más cuando eras el amigo bromista con el que no tenía que abrir mi corazón.
Mis palabras le duelen y a mí, de forma instantánea, me duele que le duelan.
Joder, si es que lo estoy haciendo todo mal. Me encantaría decirle que quiero que siga, que me encanta que pueda ver en mi interior y que esta versión de él, además de fascinarme, me hace conectar con una parte de mí misma que creía que no tenía.
Intento remediar lo que acabo de crear. Doy un paso al frente mientras él me mira. En ningún momento suelta mis ojos. Abro la boca, pero como no sé qué decir, la vuelvo a cerrar.
Bir traga saliva con fuerza. Su manzana de Adán sube y baja. Cuando deja de mirarme, sé que la he cagado.
—Debería seguir con ese papel, sí.
Y con las mismas se da la vuelta y me deja sola.
No paso por alto que acaba de definir esa faceta suya como «papel».
¿Cómo me hace sentir haber entendido tan bien dicho concepto?