CAPÍTULO 17
CARLEY
El primer día, a los monitores, no se nos asignan actividades para que podamos acomodarnos en la cabaña y adaptarnos. Mi compañera de cuarto es una chica encantadora, Stela. Es su primera vez fuera de casa y su primera vez trabajando.
Además de dejarme elegir qué cama quería, que por supuesto ha sido la de arriba, también me ha pedido consejos para sobrevivir. Nos vamos a llevar bien, no porque me haya puesto como un referente, sino porque es graciosa, y cuando se suelta parece una tía muy guay.
Ha sido a la primera que he avisado de la noche que nos espera. Es la gran inauguración, la noche de la hoguera. Y, aunque durante el día vamos a trabajar como locos preparando la inminente llegada de los alumnos, en cuanto caiga el sol la velada promete.
Es lo que más se recuerda después de las dos semanas.
Algo así como el recuerdo que te hace volver al mismo lugar una y otra vez para revivir las sensaciones que sentiste.
El problema es que nunca vuelven del mismo modo.
Es entonces cuando te das cuenta de que, como no disfrutes del instante, jamás lo experimentarás del mismo modo.
Rina tenía una manía que odiaba. Coartaba mi momento de disfrute si eso suponía que a ella le incomodaba.
Al principio no entendía cómo podía molestarle que lo pasara bien.
Después me fui adaptando, quizá dándome cuenta de que exageraba o de que era demasiado gritona.
Ahora me pregunto cuántos instantes podría haber guardado en el recuerdo, los cuales por su culpa no me permití.
Sí, me he despertado enfadada con mi pasado y con las acciones que realicé en él. Y eso que no me tiene que venir la regla hasta dentro de una semana.
—Carley, la jefa nos ha pedido que ayudemos en cocina. Le he dicho que íbamos sin problema.
Stela se pone a mi lado, buscando ayudarme con la ropa que todavía no he ordenado en el armario. Me encantaría decir que soy muy responsable y que las tareas del hogar me encantan, pero no es así.
—Es de los mejores puestos, nos va a pasar el día volando.
Y así es. La ayuda en cocina conlleva ordenar toda la cubertería, fregar aquellos utensilios que desde hace tiempo están en el armario y descargar los camiones de alimentos que llegan frescos. Como es un lugar cerrado, ni pasas calor ni tienes que pelearte con el resto de compañeros.
Hace un buen rato hemos escuchado la primera discusión; al parecer dos monitores estaban cansados de cargar con las camas, uno ha chocado con el otro y se han puesto a discutir.
Marisa, la superior o, mejor dicho, la persona con el palo más grande en el culo, ha empezado a gritar como una loca y todo se ha quedado en silencio durante unos minutos.
Más allá de los beneficios que hemos tenido con el trabajo en cocina, he podido evitar a Bir durante toda la jornada.
No es que no quiera verlo, pero ayer, tras hablar con Stefan, me sentía rara.
Mi hermano no me dijo nada; simplemente sabía que estábamos los dos en el campamento.
Pero cuando se puso a decirme que tuviera cuidado y no hiciera locuras, añadió una frase que jamás había dicho: «deja que Bir te cuide».
¿Es que acaso sabe que su mejor amigo intenta meterme la lengua, y lo que no es la lengua, a modo de cuidado?
Puede que lo intuya, pero sigue siendo extraño. Más cuando me hace bien sentir a Bir más conectado conmigo que nunca. Ayer en el coche experimenté una simbiosis entre nuestras bromas. Y no estaría rallada si no me hiciera sentir tan bien.
Temo que vuelva a entrar en el círculo vicioso de siempre y esté dando la versión que otros esperan de mí.
Aunque es ilógico porque Bir no me ha pedido nada más que sexo.
¿Y si el problema real es que no me estoy permitiendo hacer lo que me apetece?
Porque esa siempre ha sido la piedra en mi camino: que no me doy el permiso de ser yo misma.
—Joder, me duele la cabeza —comento en voz alta. Stela, que cree que estoy cansada de tanto trabajo, sonríe con pesar y señala la ducha.
—Puedes irte, me quedo yo con esto, así empiezas a prepararte para la hoguera.
—No voy a rechazar la oferta. Necesito una ducha helada.
En la habitación tenemos baño privado, pero no duchas; esas son compartidas.
Sí, quién hizo la distribución del campamento era muy gracioso, porque los monitores no deberíamos pasar por este tipo de trago cuando somos personas adultas.
Lo bueno es que la mayoría no ha acabado aún su turno, y llevo desde por la mañana con el bikini puesto, así que, si corro lo suficiente, no me cruzaré con nadie.
¿Y qué hago? Literalmente correr.
No me caracterizo por realizar acciones lógicas o bonitas. No soy una buena señorita según mi madre, aunque tampoco es que ella me haya dado muchas tablas.
Cuando llego a la cabaña de madera con el cartel de ASEOS, me retiro la camiseta y los pantalones y abro la primera ducha que encuentro. El chorro aparece de forma inmediata, tan frío como lo necesito.
Sin pensarlo, meto la cabeza debajo de él. Esto son los beneficios de no maquillarse: no tener que preocuparme por si se me va a correr el rímel. Y cuando mi cara choca contra el chorro frío, suelto un gemido que destensa todo mi cuerpo.
—Es la mejor sensación del mundo —afirmo.
—Podría rebatir dicha afirmación —dice alguien a mi espalda, haciendo que pegue tal grito que hasta los pájaros del exterior se callan unos segundos.
—Joder, Bir, ¿qué coño haces aquí?
Me giro para enfrentarme a la cabellera rubia más perfecta de la historia unida con unos abdominales mojados y un cuerpo de escándalo.