Solo amigos CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

BIR

—No soy tu compi, Carley, no cuando no me quieres aceptar en tu cama.

—Camino detrás de ella cual perrito faldero.

Se dirige con tanto fervor hacia el garaje que no puedo seguirle el paso—.

Joder, sería el trato perfecto. Además, no tendríamos ni que escondernos de tu hermano, se alegraría por nosotros

—¿A qué viene Stefan en todo esto?

—¿Tú no lees novelas de romance? —Me extraña, porque le pega mucho, como a mi hermana Lucy.

Cuando niega, solo me queda explicar a qué me refiero—.

En las novelas, cuando se da una pareja “hermana de mi mejor amigo”, todo el mundo espera el momento en el que dicho hermano se entera, monta una que flipas y tienen que luchar a contracorriente.

No las he leído, me las cuenta Lucy, lo juro.

Al parecer, a Carley no le fascina ese tipo de dinámica porque frena en seco la caminata y me mira muy extrañada.

—¿Qué más cosas escondes en esa cabeza rubia tuya?

—Lo digo en serio, podemos ser follamigos. Seríamos perfectos.

—No lo niego —se sube al asiento del copiloto, lo que solo me deja una opción: tener que conducir esta tartana.

Salto al asiento con premura porque el tema me interesa en exceso.

—¿Entonces? Nadie se va a enterar, es una regla de mierda y ya no somos unos críos como los demás.

—¿Tengo el chichi mágico, Arwan?

Espera, ¿qué acaba de preguntar?

Ante mi silencio, y seguramente mi cara pasmada, se empieza a reír sin sentido.

—Estás obsesionado y no me mola. Nosotros solo somos dos colegas que se encontraron una noche de borrachera. Hacer esto diferente sería complicar las cosas.

El punto que acaba de indicar me hace pensar que, quizá, yo viví esa noche de forma diferente, porque no soy capaz de pasar página. Y yo siempre paso página.

Claro que somos amigos. No es mi Stefan, pero es alguien en quien confío. Sumarle el sexo no ha dado problemas, más bien soluciones. Solo tengo que descubrir por qué a mi cabeza le resultan tan extrañas esas soluciones que no soy capaz de poner en voz alta.

—Estamos en puntos cruciales de nuestra vida. Conociendo lo que es una deslealtad en la edad adulta, buscando cómo sobrevivir a este mundo, todas esas cosas. Y si lo hacemos con diversión, es mejor.

Ha sido un discurso de mierda. Ojalá entender mejor lo que me está pasando para poder expresarme con mayor nitidez.

—¿Sabes a qué le puedes dar? —Me quedo ensimismado; esta mujer es guapa hasta con el uniforme más horrendo del planeta—. Al pedal de acelerar. ¡DALE DURO, BIR!

Y es que su locura es contagiosa, joder, porque mi cerebro acata su orden como si la hubiera dado yo. Me veo cogiendo el volante y acelerando sin mucho sentido. Es más, cruzamos el pueblo con una rapidez que proviene de mis movimientos, aunque no sea consciente de ello.

El puerto, como es habitual, está lleno de turistas. La zona a la que tenemos que acudir tiene acceso restringido, pero para llegar hasta los guardias, uno de los dos va a tener que pringar. Es lo malo de vivir en una zona que comienza a estar masificada de gente que no conoce las reglas.

—Jugamos a piedra, papel o tijera a ver quién baja a hablar con el guardia.

—Eso es tarea del copiloto.

—¿Desde cuándo? —Al parecer, no soy el único que nota el calor del coche sin aire acondicionado. Carley, en un afán de encontrar algo de aire, se retira la camiseta para quedar en un minibikini que podría ser retirado con un solo dedo.

—Desde que el asiento del copiloto existe. Se tiene la creencia de que sirve para cambiar la música y servir como guía en los mapas, pero la realidad es que es quien debe hacer todas las tareas.

No solo ella se ríe, yo también tengo que hacerlo porque es lo más absurdo que he dicho nunca creyendo que eran verdad mis palabras.

Porque tiene que serlo, no pienso bajar y explicarle al guardia, el mismo que lleva un buen rato retirando a los turistas, que tengo el derecho y el deber de entrar por la valla. Es una conversación que, si puedo evitar, evitaré.

Carley, que sigue con un ataque de risa incontrolable, se deja caer sobre mi cuerpo. Al no llevar camiseta, nuestra piel se toca, y por instinto la atraigo más hacia mí.

—Eres de lo que no hay, Arwan. Con tal de no mover el culo, inventas lo que no está escrito.

—Me ofende tu pensamiento, Throw. —Y, joder, espero que se siga riendo porque el sonido es celestial y me encanta tenerla tan cerca.

¿Qué coño me está pasando?

—Venga, a la de tres. Piedra —empieza a mover el puño arriba y abajo—, papel —su cara demuestra lo serio que va a llevar esto—, tijera.

Saco la palma de la mano abierta justo cuando ella hace lo mismo.

—Empate —aseguro antes de que lo haga ella.

—Piedra, papel o tijera —repite el mismo movimiento. Es tan tramposa que no me da tiempo a prepararme y, por tanto, a pensar qué puedo sacar.

En esta ocasión, yo saco un puño, lo que equivale a una piedra, y ella la palma abierta, de nuevo, lo que es lo mismo que el papel que abraza a la piedra y, por tanto, gana.

—Esta puede ser la definitiva —grita emocionada, aún con su cuerpo casi sobre el mío. Apoya el culo en mi muslo y sus piernas largas y perfectas en el asiento del copiloto.

—Piedra, papel o…

No acaba la frase porque le robo un beso. Es la fórmula mágica que llevo trabajando tantos y tantos años. Si no puedes con el enemigo, bésalo. Y me funciona bastante bien. Más cuando son enemigos como Carley, que se derriten con mi lengua.

—¿Interrumpo algo? —pregunta Bruno Trabanco desde la ventanilla.

Mierda, al parecer alguien ya nos ha pillado. A ver si no va a ser tan sencillo como yo creía llevar a cabo esta aventurilla clandestina.