Solo amigos CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

CARLEY

El walkie hace un sonido extraño cuando cierro el canal y lo apago. Bired, que no se ha separado de mi lado y, de ahí, las interferencias, pone un puchero que no se cree ninguno de los dos.

—Así que no me vas a dar una respuesta.

—Te la he dado —respondo sin mirar. Me parecen más interesantes las pegatinas de purpurina que su cara—. No pienso perder el trabajo por un capricho.

—Lo de la otra noche no fue un capricho. Fue un consuelo, te recuerdo.

Estos días, entre despedirme de mi hermano y preparar todo lo necesario para el nuevo trabajo, no he pensado apenas en lo que me llevó a liarme con Bir.

Es cierto que, en el camino hasta la cabaña, he entrado en redes sociales y me ha salido una imagen de Rina en una ciudad europea preciosa. Además del FOMO que me ha entrado, he sentido la pena de no poder enviarle un mensaje y desearle un buen viaje. Así de imbécil soy.

No lo puedo controlar, y es la rabia que me da.

Bir, para mi sorpresa, se decide a coger varias pegatinas. Una de ellas, de un dinosaurio gigante con dientes de bebé, y un lazo azul que no tengo ni idea de dónde pretende pegarlo.

Sin abrir la boca, vamos hacia la zona de mesas donde el resto de compañeros ya están trabajando. La idea de la actividad es que nos conozcamos todos un poco mejor, así la convivencia es más fácil.

Bir se sienta enfrente de mí, así que no tengo más remedio que mirar hacia él cuando empieza a presentarse a todos. Lo saludan con gracia, es la suerte que tiene: cae bien solo por lo guapo y la sonrisa que porta.

No es que mis habilidades sociales sean limitadas, mi problema pasa por mantener el lazo durante el tiempo suficiente como para que esas personas me conozcan de verdad.

Pasa un buen rato en el que me da tiempo a no solo pegar los brillitos del walkie-talkie, sino a ayudar a una compañera con el pegamento. Cuando vuelvo a mi sitio, tengo pegado el lazo azul en la antena de mi aparato.

—La actividad consiste en…

—Te faltaba el toque final —parece orgulloso de haber dado en el clavo con la última decoración—. Estoy teniendo que usar mis tácticas de engatusador para saber cómo estás realmente y por qué pareces reacia a pasar tiempo conmigo.

—¿De dónde has sacado eso? —hago un repaso mental a todo lo que ha sucedido desde que nos hemos encontrado y no encuentro nada de lo que dice—. Necesito el trabajo más que un polvo, eso es todo.

Rueda los ojos.

—Lo digo en serio, Bir, mi corazón roto necesita dinero y no placer.

Se acerca sigiloso. Cuando creo que va a hacer un chiste malo, me toma de las caderas y hace que me siente a su lado, en una postura similar a la de aquella noche en la fiesta de pijos.

—¿Has hablado más con Rina? Supongo que la marcha de tu hermano no te ha ayudado mucho a pasar el trago.

Esta versión de él no la había visto nunca y no deja de impresionarme. Es como si fueran dos personas en una, y no sé si estoy sensible y percibo cosas que antes pasaba por alto o es un papel que hace para llevarme a la cama.

—No he hablado con ella, aunque creo que he superado su abandono. Al menos en su mayor medida.

—¿A qué te refieres?

—Me sigue doliendo verla y no poder hablar con ella. Saber exactamente dónde falló nuestra amistad, pero también soy consciente de que hice todo lo que pude. Quizá a partir de ahora…

—¿A partir de ahora, qué?

Lo miro, pero lo miro de verdad, intentando descifrar qué hay detrás de esos ojos increíbles y azules.

—A partir de ahora quiero conocerme más a mí misma para crear nuevos lazos. Siento que es lo que falla en todas mis relaciones.

—¿Que no sabes lo que quieres?

—Que no sé quién soy. Me adapto a todos, todo el tiempo y… Me he perdido. ¿Y si nunca me he encontrado? Igual soy una cáscara de huevo a la que han roto para sacar todo lo que tenía dentro.

—¿De verdad te sientes de ese modo? Yo creo que eres mucho más de lo que ves.

—Es cómo me siento. Y ya he hecho un gran esfuerzo para poder llegar a esta reflexión.

Me pongo a la defensiva y él lo nota. No sé si es el motivo de que pose su mano sobre mi rodilla desnuda, o que tome aire con fuerza y lo suelte haciéndome cosquillas en la oreja.

—Todos nos sentimos de ese modo en algún momento de nuestra existencia.

—Menos tú, querrás decir. Te adoras y sabes que todo el mundo lo hace. —Lo digo con una sonrisa porque verdaderamente me genera envidia sana que lo pueda hacer. En su rostro no hay nada de alegría, más bien todo lo contrario.

—Yo también vivo con miedos e incertidumbres, Carley. Por ejemplo, muchas veces quiero gritar que no soy tan divertido y que tengo un día de mierda y no me lo permito. ¿Sabes cómo me hace sentir eso?

Junto con la otra noche, es la ocasión en la que más he hablado de sentimientos profundos con Bir, y en ambas me ha llamado la atención el modo que tiene de hablar de su propia vida.

—¿Crees que todos nos mentimos para no ver que hay algo que queremos cambiar en nuestro día a día?

No sé si es la confianza que me está demostrando o que estoy más vulnerable de lo habitual, pero no me supone un esfuerzo lanzar la pregunta al aire.

—Por supuesto, es la clave del ser humano: responder a qué tenemos miedo, luchar contra ello e intentar vivir una vida en paz acorde a nuestros gustos y limitaciones.

—¿De dónde ha salido esta versión de Bired Arwan?