Solicitud de amistad Capítulo 39
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Capítulo 39

Capítulo Treinta y nueve

No utiliza la palabra «matado». Dice: —Ha habido un accidente.

Un hombre ha resultado herido... muy gravemente.

Creo que puede estar muerto. Necesitamos una ambulancia y a la policía.

Da la dirección, el nombre del colegio, les dice que la entrada principal está cerrada, pero que la abriremos desde dentro.

La operadora le pide que no cuelgue; él responde: —Sí, y deja el teléfono sobre el escritorio, junto a la lámpara.

Se queda allí de pie, con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo, mirando la pared.

Olivia está en el suelo, junto a la silla.

Se ha encogido con las rodillas contra el pecho y se las rodea con los brazos.

Llora de una manera constante, rítmica, que me asusta más de lo que me asustarían sus gritos.

Tiene las muñecas rojas y en carne viva donde llevaba la cinta adhesiva, y aún le cuelga una tira del tobillo izquierdo, pegada al calcetín.

No ha mirado a Ross. No ha mirado las estanterías, ni los libros esparcidos, ni la forma sobre la moqueta que antes era una persona.

Mira al suelo entre sus zapatillas deportivas y se balancea hacia delante y hacia atrás.

El sonido que emite está a medio camino entre respirar y sollozar, y me atraviesa de lleno.

Me arrodillo y la abrazo, y ella se aferra a mí con tanta fuerza que me duele: los dedos se le clavan en el abrigo, el rostro hundido contra mi hombro, todo su cuerpo temblando contra el mío.

Huele a sudor y a polvo, pero bajo eso huele a ella misma, a mi hija.

La sostengo, le beso la coronilla y digo: —Estoy aquí. Estoy aquí. Estás a salvo.

Las palabras suenan a mentira, porque nada de esto es seguro.

Las sirenas llegan antes de lo que esperaba.

Una, luego dos: el sonido crece desde un gemido fino en la distancia hasta un aullido pleno que llena el pasillo frente a la biblioteca y rebota contra las paredes.

Una luz azul barre los altos ventanales.

Oigo puertas, voces, el chisporroteo de una radio y, después, pasos en las escaleras, pesados y rápidos.

Dos sanitarios irrumpen por las puertas de la biblioteca, seguidos por un agente uniformado con una linterna.

A partir de entonces, la sala deja de pertenecernos.

Los sanitarios van hacia Ross. Los veo agacharse a su lado, tomarle el pulso, comprobarle las vías respiratorias, hablar entre ellos en voz baja, demasiado baja para que pueda oírles bien.

Uno le toca el cuello, con dos dedos presionados bajo la mandíbula, mira al otro y niega con la cabeza.

Eso es todo. Un leve movimiento de cabeza y queda confirmado.

Ross Mercer está muerto en el suelo de la biblioteca donde nos besamos por primera vez, y el hombre que lo ha hecho está a cuatro metros de distancia, con el teléfono aún iluminado sobre el escritorio y las manos a ambos lados del cuerpo.

Llegan más agentes. El pasillo se llena de luces de linternas y voces.

Alguien mantiene abiertas las puertas de la biblioteca y coloca una cinta atravesando la entrada: cinta policial, de la clase que solo había visto en televisión.

Una agente envuelve los hombros de Olivia con una manta térmica y la acompaña hasta la ambulancia para que la examinen.

Cada célula de mi cuerpo quiere ir con ella, pero me guían en la otra dirección, hacia un aula que huele a rotuladores de pizarra y a polvo, y alguien deja ante mí un vaso de papel con agua que no bebo.

Alex sigue en la biblioteca. Los oigo hablar con él, pero no distingo las palabras.

Empiezan las preguntas.

Llega una detective: de paisano, rostro cansado, una mujer de unos cuarenta años, pelo corto y una acreditación colgada al cuello.

Se presenta, pero no capto su nombre porque mi cerebro está haciendo algo extraño: se fija en detalles que no necesito —el roce en su zapato, el bolígrafo en el bolsillo de la pechera, la forma en que lleva torcida la cinta de la acreditación— mientras se niega a procesar lo que importa.

Se sienta frente a mí, al otro lado del escritorio, y abre una libreta.

Habla con calma y claridad, y veo en su cara que ya sabe que esto va a ser complicado.

—Señora Stiller, necesito que me cuente lo que ha pasado esta noche. Desde el principio.

El principio. ¿Dónde está el principio? ¿En las puertas del colegio cuando tenía catorce años?

¿En la biblioteca, el beso, la ventana por la que entramos?

¿El día en que Ross desapareció y no volvió?

¿O está más cerca: la casa de campo, el ladrillo, la nota, el viaje de vuelta, la mentira que le conté al agente Heywood en la mesa de mi cocina?

—He venido esta noche por una nota. Mi voz suena mal.

Débil y distante, como si hablara otra persona y yo la observase desde el otro extremo de la habitación.

—Estaba enrollada alrededor de un ladrillo que lanzaron contra la ventana de una casa de campo en Gales donde me estaba alojando.

La nota me decía que viniera a este colegio, sola, sin policía.

Decía que la vida de mi hija dependía de ello.

—¿Tiene la nota?

—Está en el bolsillo de mi abrigo.

Me tiende la mano. Meto la mano en el bolsillo y la saco —ahora está arrugada, blanda, con los dobleces marcados— y se la entrego. Con los guantes puestos, la lee, le da la vuelta y la mete en una bolsa de plástico transparente que saca de su chaqueta.

—¿Y su hija estaba aquí cuando usted llegó?

—Estaba atada a una silla en la biblioteca. Cinta adhesiva alrededor de las muñecas, los tobillos y la boca. La garganta se me cierra al pronunciar la última palabra. Trago saliva con fuerza y continúo. —Ross Mercer estaba en la sala. Me estaba esperando.

—Ross Mercer, ¿es el fallecido?

—Sí.

—¿Y qué relación tenía usted con el señor Mercer?

—Él era... Me detengo. ¿Cuál es la palabra adecuada?

¿Novio, primer amor, acosador, fantasma, el chico que me destrozó, el hombre que regresó, el cuerpo en el suelo de la biblioteca?

—Estuvimos juntos de adolescentes. Aquí, en este colegio.

Desapareció cuando yo tenía diecisiete años.

Volvió hace unas semanas y empezó a ponerse en contacto conmigo.

Escribe. Me pregunta cuándo empezaron los contactos, cómo ocurrieron, qué dijo él, qué dije yo.

Respondo lo mejor que puedo, pero la historia me suena descabellada incluso a mí: los mensajes, los encuentros, el centro comercial y todo lo que vino después.

Cada detalle que añado hace que el siguiente resulte más difícil de creer.

La veo escribir, veo cómo las líneas se alargan, y sé que lo que está construyendo en esa libreta no es una historia que tenga sentido.

Es un desastre. Un ovillo de secretos, mentiras y cosas que debería haber dicho hace semanas y no dije.

Entonces formula la pregunta que más temía.

—Señora Stiller, ¿recibió usted ayer por la tarde la visita de la policía? ¿En su domicilio?

Se me hunde el estómago.

—Sí.

—¿Y durante esa visita le preguntaron por alguien que pudiera suponer una amenaza para su familia?

—Sí.

—¿Qué les dijo a los agentes?

El silencio en el aula es enorme. Y, en medio de él, me oigo a mí misma la noche anterior, sentada a la mesa de mi cocina, con mi marido a mi lado y dos agentes esperando una respuesta: Lo cierto es que besé a un tipo en un bar y di a entender que tenía una especie de acosador para que a mi marido le resultara más fácil perdonarme.

—Mentí —digo.

La detective no reacciona. Escribe y espera.

—Me preguntaron por Ross. Mi marido les dijo que había alguien, un hombre de mi pasado, y me preguntaron quién era. Yo dije que no había nadie. Dije que había besado a un desconocido en un bar y que se lo había exagerado a mi marido. Dije que estaba confundido.

—¿Por qué mintió?

—La nota. Señalo la bolsa de plástico sobre el escritorio. —Dice que nada de policía. Dice que la vida de mi hija depende de ello. Estaba aterrorizada de que, si les daba su nombre, Ross se enterara y él... No puedo terminar. Me tapo la boca con la mano.

—¿Y su marido? —pregunta la detective—. ¿Estaba presente esta noche en el colegio?

—Sí. Entró después de mí. Lo planeamos juntos: yo llegaría primero y él me seguiría poco después. Si Ross intentaba algo, Alex estaría allí.

—¿Así que su marido entró en el colegio con la intención de enfrentarse al señor Mercer?

La manera en que lo dice me hiela la sangre. Porque oigo lo que de verdad está preguntando, y la respuesta es lo que va a arrastrarnos al fondo.

—Nos estaba protegiendo —digo—. Nos protegía a Olivia y a mí.

—Entiendo que usted lo percibiera así. Pero necesito establecer la secuencia de los hechos. Su marido entró en el edificio por separado, llegó a la biblioteca sin que el señor Mercer lo supiera y después lo agredió físicamente.

—Lo placó. Ross... estaban forcejeando, y Ross cayó de espaldas contra las estanterías y...

—Señora Stiller. Su tono es amable, pero firme. —Un hombre ha muerto. Su marido entró en la sala e inició el contacto físico. Tendremos que tomar declaración formal a ambos y también a su hija cuando esté preparada, y debo ser sincera con usted: las circunstancias son graves.

Lo sé. Sé que son graves. Sé que, visto desde fuera, esto parece algo que no es: un marido celoso, un exnovio secreto, un plan, un enfrentamiento, una muerte.

Sé que cada mentira lo ha empeorado, y que cada verdad que cuento ahora llega demasiado tarde como para parecer otra cosa que un intento de controlar los daños.

—¿Puedo ver a mi marido? —pregunto.

—Ahora mismo no. Están hablando con él por separado.

—¿Lo han detenido?

Hace una pausa. La pausa es la respuesta.

—Su marido queda detenido como sospechoso de homicidio imprudente —dice—. Eso no significa que vaya a ser acusado. Significa que tenemos que investigar lo que ha sucedido aquí esta noche, y debemos hacerlo correctamente, y mientras la investigación siga en curso...

Dejo de oírla. Las palabras siguen llegando —calabozo, abogado, declaración, investigación—, pero no son más que sonidos.

Ruido de fondo. Papel pintado sobre el agujero que se abre en el centro de mi pecho, porque mi marido acaba de matar a un hombre para salvar a su familia y ahora se lo llevan, y yo voy a volver a casa con nuestra hija en el asiento del copiloto, entraré en una casa vacía y él no estará allí.

Cuando por fin se acaban las preguntas, la agente trae a Olivia de vuelta conmigo, todavía envuelta en la manta térmica, y ella se acurruca a mi lado y se queda allí.

Alex aparece en el pasillo veinte minutos después.

Lo flanquean dos agentes; no lleva esposas, todavía no, pienso, o quizá han decidido que no son necesarias.

Puede que estén siendo amables delante de su hija, no lo sé y no puedo preguntarlo.

Me mira a través de la puerta del aula, y tiene la cara del color del papel.

Tiene los ojos rojos y articula algo con los labios que no alcanzo a entender.

Entonces mira a Olivia, y algo se quiebra en su expresión: los músculos alrededor de su boca ceden, se le arruga la barbilla y, durante medio segundo, parece un hombre que cae sabiendo que no hay nada debajo.

—¿Papá? La voz de Olivia es diminuta.

—No pasa nada —dice. Se le quiebra la voz. —Todo va a salir bien, Liv. Vete a casa con mamá. Volveré pronto.

No volverá. Lo sé, él lo sabe y, por cómo se aferra Olivia a mi mano, ella también lo sabe.

Pero le dejamos decirlo, porque ¿qué otra cosa queda?

¿Qué otra cosa le dices a tu hija cuando la policía te acompaña por el pasillo de un colegio a medianoche y el hombre al que has matado yace bajo una sábana en la sala donde tu mujer se enamoró por primera vez?

Se lo llevan escaleras abajo. Oigo sus pasos sobre el suelo de resina —tres pares, espaciados con regularidad—, luego el golpe de la puerta de la entrada principal y después nada.

La detective me da una tarjeta. Me dice que mañana necesitarán una declaración completa, que alguien de atención a familiares se pondrá en contacto conmigo, que los sanitarios han examinado a Olivia y que no está herida: conmocionada, marcada por la cinta adhesiva, pero ilesa.

Me dice que puedo llevarme a mi hija a casa.

Lo dice con suavidad, como si fuera una amabilidad, y supongo que lo es: la amabilidad de permitirte abandonar el lugar donde tu vida se ha desmoronado en vez de obligarte a permanecer en él hasta la mañana.

Cojo a Olivia de la mano. Recorremos juntas el pasillo, pasamos junto a las aulas, las taquillas y los tablones de anuncios, junto a la escalera, junto a la cocina.

La ventana por la que entré sigue abierta.

Por ella entra aire frío, y percibo el olor de la lluvia, los cubos de basura y la noche del exterior.

Salimos por la entrada principal. El aparcamiento está lleno de vehículos: coches patrulla, una ambulancia, un coche sin distintivos.

Las luces azules giran despacio, pintando las paredes del colegio a pulsos.

Olivia camina a mi lado con la manta térmica aún sobre los hombros, apretándome la mano con tanta fuerza que me duelen los nudillos.

El coche de Alex está donde lo dejó, aparcado en una calle lateral al doblar la esquina.

Encuentro la llave de repuesto en el bolsillo de mi abrigo —me la dio en la mesa de la cocina, antes de que saliéramos, antes de todo esto—, abro las puertas, ayudo a Olivia a sentarse en el asiento del copiloto y le abrocho el cinturón porque le tiemblan demasiado las manos para hacerlo ella misma.

Me subo y arranco el motor. Me quedo sentada con las manos sobre el volante, mi hija a mi lado y el colegio empequeñeciéndose en el retrovisor, y pienso: Debería sentir algo. Alivio, pena, terror, culpa. Algo.

No siento absolutamente nada.

Salgo de la calle lateral, giro a la izquierda hacia la carretera principal y conduzco hasta casa.

La casa está a oscuras cuando llegamos. Abro la puerta principal, enciendo la luz del pasillo y me quedo en el umbral de nuestra cocina, mirando la mesa donde Alex se sentó hace tres horas y me dijo que fuera al colegio.

Su taza sigue sobre la encimera. Su chaqueta está colgada en el respaldo de la silla.

Olivia sube las escaleras sin decir una palabra. Oigo cerrarse la puerta de su dormitorio y después el crujido de su cama. Me quedo en la cocina esperando oírla llorar, pero no sucede. Solo silencio. El zumbido del frigorífico. El tic-tac del reloj.

Me siento a la mesa.

La silla de Alex está vacía.