Solicitud de amistad Capítulo 35
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Capítulo 35

Capítulo Treinta y cinco

La puerta de entrada se cierra y la casa queda en silencio.

Fuera, el coche patrulla arranca; se oye el bajo retumbar del motor mientras los agentes se alejan del bordillo, y después nada. Ni radio, ni voces, ni pasos en el sendero. Solo el silencio de una casa con el dormitorio de una niña vacío en la planta de arriba.

Alex está de pie junto al fregadero.

No se ha movido desde que se fueron los agentes: no ha hablado, no ha cambiado el peso de un pie a otro, no ha aflojado la mandíbula.

Me observa con las manos apoyadas en la encimera a su espalda, y su expresión no es de rabia, todavía no.

Es lo que precede a la rabia en un hombre que lo guarda todo bajo llave hasta que la cerradura se rompe.

Estoy sentada a la mesa, aún con el abrigo puesto, las botas embarradas dejando marcas en las baldosas, y espero.

—Un desconocido en un bar —dice Alex.

Está demasiado controlado, como si estuviera interrogando a alguien en una reunión pero ya supiera la respuesta. Se lo he oído al otro lado de la puerta del despacho cientos de veces. Nunca lo había tenido dirigido contra mí de esta manera.

—Alex...

—Te has sentado delante de dos policías y les has dicho que te habías morreado con cualquier tío. Les has dicho que yo estaba confundido. Que había entendido mal las cosas, que no hay ningún exnovio, ningún Ross, ninguna amenaza... mientras nuestra hija está ahí fuera, en la oscuridad.

—Sé lo que he dicho.

—¿Ah, sí? ¿De verdad entiendes lo que has hecho?

—Se separa de la encimera y da un paso hacia la mesa—.

Los has mandado de vuelta sin la única información que podría ayudarlos a encontrar a Olivia, y me has hecho parecer un marido paranoico incapaz de distinguir entre un beso aislado y un acosador.

Delante de dos agentes. Mientras nuestra hija de trece años...

Se detiene. Se aprieta los nudillos contra la frente y los mantiene ahí.

La culpa es tan punzante que puedo saborearla. Tiene razón. Sé que tiene razón. Me senté en aquella silla y mentí, y la vergüenza me reptaba por dentro. Pero hay un motivo.

—Sabes por qué —digo.

—Sé lo que me dijiste por teléfono, Kim. Sé que me gritaste que no llamara a la policía y sé que dijiste que la nota pone...

—Sí que lo pone. Mírala.

Meto la mano en el bolsillo y saco la nota.

El papel está cálido, arrugado, reblandecido de tanto apretarlo contra mi muslo durante horas.

Lo despliego sobre la mesa entre los dos y lo aliso con la palma de la mano.

Las letras mayúsculas me miran desde la madera, negras sobre blanco, pulcras y sin prisa.

Alex la mira fijamente. Observo cómo sus ojos recorren las letras, y es distinto de oírlo por teléfono, lo veo.

Una cosa es escuchar las palabras transmitidas por tu mujer, presa del pánico, a través de un móvil con interferencias.

Verlas escritas delante de ti, con la letra de otra persona, en un papel que estaba envuelto alrededor de un ladrillo y que han lanzado por la ventana de tu mujer... eso es otra cosa.

Su rostro cambia.

La rabia no desaparece, pero deja sitio a algo que hay debajo, algo más descarnado. Lo veo llegarle primero a la mandíbula, luego a los ojos, después a las manos, que apoya planas a ambos lados de la nota, como si intentara mantenerla quieta.

—La vida de tu hija depende de ello —lee en voz baja. Después otra vez—. La vida de tu hija depende de ello.

—Por eso mentí —digo—. Por eso no podía darles su nombre. Si se entera de que he ido a la policía..., si nos está vigilando, si sabe...

—Pero yo ya los había llamado. —Tiene la voz tensa—. Ya estaban aquí, Kim. Estaban sentados en esta cocina antes de que entraras por la puerta. Así que ¿qué diferencia hay? Él lo sabe. Si está vigilando la casa, ya lo sabe.

Se me encoge el estómago. Porque también tiene razón en eso, y llevo huyendo de esa idea desde que aparqué detrás del coche patrulla.

La policía estuvo aquí. Vinieron en un coche señalizado con una luz azul en el techo y estuvieron aparcados delante de nuestra casa más de una hora.

Si Ross nos está vigilando..., si alguien nos está vigilando... , ya lo saben.

Entonces ¿para qué ha servido? ¿Para qué ha servido la mentira, la vergüenza y la expresión de Alex cuando dije que no había ningún antiguo novio? ¿Qué he protegido?

—Me entró el pánico —digo. Suena endeble—.

Pensé que, si empezaban a buscar a Ross, a llamar a puertas, a hacer llamadas, a llevárselo para interrogarlo...

, dejarían un rastro. Y él sabría que habíamos ignorado la advertencia.

Pensé que si mantenía su nombre al margen, quizá aún habría una posibilidad...

—¿Posibilidad de qué?

No respondo. No tengo respuesta. La lógica que hace una hora me parecía tan sólida, tan urgente y clara, se ha deshecho entre mis manos, y lo único que me queda es una mentira que he dicho delante de mi marido y de dos agentes y una nota sobre la mesa de mi cocina que asegura que la vida de mi hija depende de algo que ya he hecho mal.

—Debería habérselo dicho —digo.

Alex aparta la silla de enfrente y se sienta. No lo hace con suavidad. Las patas raspan las baldosas, y el sonido me atraviesa. Coge la nota, se la acerca, la lee una vez más. Sus labios se mueven sobre las palabras. Aprieta el papel con la mano y arruga un borde.

—Nuestro antiguo instituto —dice—. El de Keynsham.

—Sí.

—El suyo y el tuyo.

—Sí.

Deja la nota. La deja extendida y alisa el pliegue que ha hecho. Se lleva las manos a la cara. Las palmas apretadas contra los ojos, los dedos extendidos sobre la frente. Tiene los hombros rígidos. El pecho se le alza y baja una vez, dos, y a la tercera respiración algo cede.

Llora.

Le sale en un único sonido desgarrado; no es exactamente un sollozo, sino algo más áspero.

Un ruido que jamás le había oído hacer en catorce años juntos, ni cuando murió su padre ni cuando Olivia nació antes de tiempo y se la llevaron para hacerle pruebas.

Alex no llora. Alex mantiene la calma, procesa y planea.

Alex es el hombre que me dice que conduzca con cuidado cuando el mundo se desmorona, que plancha sus camisas de trabajo la noche anterior y las cuelga ordenadas en la puerta del armario.

Y está sentado a la mesa de nuestra cocina, con las manos tapándole la cara, llorando por nuestra hija.

Le toco el brazo. Se estremece, apenas un pequeño espasmo involuntario, y luego me deja seguir. Cierro los dedos alrededor de su muñeca y me aferro. El pulso le late desbocado bajo mi pulgar.

—Lo siento —digo—. Alex, lo siento muchísimo.

Aparta las manos. Tiene los ojos rojos, la cara mojada, y cuando me mira está todo ahí: la furia, el miedo, el amor, el dolor... todo superpuesto, sin espacio entre una cosa y otra. No sé dónde acaba una y empieza la siguiente.

—Deberías habérmelo dicho —dice—. Hace semanas. La primera vez que contactó contigo, el primer mensaje, la primera vez que le viste la cara..., deberías haber venido a mí y haberme dicho: este hombre ha vuelto y necesito ayuda. Para eso estoy, Kim.

—Lo sé.

—En lugar de eso, lo ocultaste. Quedaste con él.

Me escondiste todo esto durante semanas, y ahora nuestra hija ha desaparecido y estoy aquí sentado viendo cómo mi mujer miente a la policía sobre el motivo.

Y ni siquiera puedo culparlos por creerte, porque la historia que les has contado era mejor que la verdad, ¿no?

Te morreaste con un tío en un bar. Hiciste que sonara peor de lo que fue para ganarte mi compasión. Muy listo. Es una buena mentira.

La amargura de su voz me hiela. La merezco.

Merezco cada una de sus palabras. Le abrí la puerta a Ross secreto a secreto, encuentro a encuentro, mensaje a mensaje, silencio a silencio, y el hueco que dejé entre nosotros era lo bastante ancho como para que alguien lo atravesara y se llevara a nuestra hija.

—Tenía miedo —digo. Suena patético. Pero es la verdad—.

Tenía miedo de lo que pensarías. Luego tuve miedo de Ross.

Y después llegó la nota..., y cuando la policía ya estaba sentada aquí, tenía tanto miedo de decir algo equivocado que no dije nada.

Elegí la nota antes que a ti. La elegí porque la nota hablaba de Olivia, y ella es...

—Lo es todo —dice él—. Lo sé. Para mí también lo es todo.

El reloj de la cocina hace tictac. La nevera zumba. En algún lugar, fuera, pasa un coche por la carretera. Sus faros recorren brevemente el techo y desaparecen.

—Entonces ¿qué hacemos? —digo.

Alex vuelve a coger la nota. La sostiene con ambas manos, los codos sobre la mesa.

Observo cómo sus ojos recorren las palabras, y casi puedo ver el cambio produciéndose: la mente de abogado poniéndose en marcha tras el pánico del padre, ordenando las piezas.

Está enfadado y aterrorizado, pero también piensa, y no hay nada más útil en una habitación que Alex pensando.

—Quiere que vayas al instituto —dice Alex—. Mañana por la noche.

—Sí.

—Sola.

—Eso pone.

Le da la vuelta a la nota, como si pudiera haber algo escrito al dorso. No lo hay. Vuelve a girarla.

—Háblame del instituto —dice—. No de los recuerdos. Del edificio. La distribución. Puertas, ventanas, cómo entrarías.

—Alex...

—Si vas a entrar ahí, necesito saber qué nos espera.

Si vas. Si. La palabra queda entre nosotros, y se me encoge el estómago porque él ya ha dejado atrás la discusión.

Lo ha aceptado como se acepta una mala noticia de un médico: no porque quieras hacerlo, sino porque la alternativa es no hacer nada, y no hacer nada mientras tu hija está desaparecida no es algo de lo que Alex Stiller sea capaz.

—Es un instituto —digo—. Distribución estándar: edificio principal, gimnasio, ala de ciencias.

Dos plantas. Hay una biblioteca en la primera planta donde Ross y yo solíamos quedar.

Y hay una ventana en la planta baja, en la parte de atrás, cerca de las cocinas, que no cierra bien.

O al menos no cerraba, hace más de veinte años.

Solíamos colarnos por ella fuera de horario.

—Veinte años es mucho tiempo.

—Lo sé.

—Podrían haber cambiado todas las ventanas del edificio.

—Podrían haberlo hecho.

Deja la nota. Me mira. Y por primera vez desde que se fueron los agentes, la rabia de su rostro retrocede lo bastante para que pueda ver lo que hay debajo.

Ni perdón ni confianza. Solo un hombre que ama a su hija más de lo que odia lo que he hecho y que intenta averiguar cómo aprovechar lo que queda.

—Ve —dice—. Mañana por la noche. Ve al instituto, haz lo que él te diga y averigua dónde está Olivia.

—¿Y tú qué haces?

—Me quedo aquí. Junto al teléfono.

—¿Y si algo sale mal?

No responde enseguida. Mira el reloj, la nota y luego a mí. Aún tiene los ojos húmedos. La mandíbula sigue tensa. Pero cuando habla, su voz es firme.

—Entonces vuelvo a llamar a la policía y les cuento todo lo que tú no les has contado. Su nombre, el instituto, todo. Pero ese es el último recurso, Kim. No el primero.

—Lo sé.

—Vas después de que anochezca. A las nueve, a las nueve y media. Encuentra la ventana que usábais, sea cual sea, entra por ella. Y trae a nuestra hija a casa.

Lo dice como si fuera un plan con pasos y un resultado.

Ir al instituto, encontrar a Ross, recuperar a Olivia.

Pero veo que le tiemblan las manos sobre la mesa, que le tiembla un músculo de la mandíbula, y sé que bajo el plan no hay nada sólido.

Solo miedo, amor y la esperanza de que hacer lo incorrecto por el motivo correcto pueda, solo esta vez, bastar.

—De acuerdo —digo.

Alex asiente. Un único asentimiento breve y brusco.

Después se levanta, va hasta el fregadero, abre el grifo y se salpica la cara con agua.

Se queda allí, con las manos aferradas al borde de la encimera, el agua goteándole de la barbilla, mirando el jardín oscuro donde Olivia solía jugar en el césped durante el verano, dando volteretas mientras nosotros la observábamos desde la ventana de la cocina.

Doblo la nota y vuelvo a guardármela en el bolsillo.

Mañana por la noche, iré a enfrentarme a lo que Ross me tenga preparado.

Y saldré con mi hija, o no saldré en absoluto.