Solicitud de amistad Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo diecinueve

Ha pasado más de una semana sin un mensaje, una llamada perdida ni una notificación de un número desconocido.

Ocho días consultando el móvil y encontrándome solo con Alex, el colegio de Olivia, un cliente que me reclama comentarios sobre una prueba de cubierta y un chat de grupo del curso de Olivia sobre un día sin uniforme que parece haber degenerado en una guerra civil sin cuartel por si los coleteros cuentan o no como accesorios.

Cosas normales. Cosas corrientes. Las cosas que conforman una vida cuando nadie intenta desmantelarla desde fuera.

Al noveno día, empiezo a respirar un poco más tranquila.

Al décimo, me permito pensar lo que hasta ahora me ha dado demasiado miedo pensar: que quizá se haya acabado.

Quizá aquel mensaje solo fuera un arrebato desagradable —Ross perdiendo los estribos, atacándome, diciendo algo repugnante porque podía— y ahora se lo haya pensado mejor y haya vuelto arrastrándose al agujero del que salió.

La gente hace esas cosas. Estalla y luego se apaga.

Incluso Ross. Incluso alguien que besó a mi amiga a escondidas detrás del pabellón deportivo, desapareció de mi vida sin decir una palabra y regresó años después como si solo hubiera bajado un momento a comprar.

Quizá haya terminado.

No me lo creo del todo. Hay una parte pequeña y obstinada de mí que se niega a desprenderse de la angustia, que mantiene un ojo puesto en la puerta y un oído pendiente del móvil y se sobresalta cada vez que veo al otro lado de la calle una figura más o menos de la estatura y la complexión adecuadas.

Pero el resto de mí —ese resto agotado, esperanzado y desesperado— se abandona a la calma como a un baño caliente y deja que lo sostenga.

Recojo a Olivia del colegio y me cuenta que un profesor sustituto proyectó por accidente su Spotify en la pizarra digital y toda la clase vio su lista de reproducción de Taylor Swift.

Su historia me hace reír tanto que tengo que parar el coche.

Le mando a Alex una foto de la pasta al horno que he preparado para cenar y él me responde con tres emojis de fuego y un corazón, lo que, tratándose de un hombre que usa el móvil como si fuera un fax, equivale a una carta de amor.

Cuando una editorial me dice que el diseño de cubierta que acabo de terminar es lo mejor que les he enviado en meses, me quedo sentada ante el escritorio sintiendo algo cálido que creo que podría ser orgullo, o alivio, o sencillamente la ausencia de miedo, que a estas alturas se parece lo suficiente a la felicidad como para darme por satisfecha.

Llega el viernes y tengo que hacer varios recados en el centro.

Olivia está en el colegio, Alex está trabajando y yo paso la tarde ocupándome de esas tareas cotidianas que antes me aburrían soberanamente y ahora parecen demostrar que mi vida aún me pertenece: la tintorería, Correos, una bombilla nueva para el rellano porque la vieja lleva dos semanas parpadeando y no paro de olvidarme.

Compro un ramo de flores del cubo que hay fuera del Co-op porque son amarillas y alegres y me siento como una mujer que compra flores sin ningún motivo.

Al volver a casa, conduzco con las ventanillas entreabiertas, la radio puesta y las flores en el asiento del acompañante, rebosantes de un optimismo absurdo.

Entonces entro en nuestra calle y algo me da mala espina.

La casa tiene un aspecto extraño: las cortinas están cerradas, lo cual resulta raro porque las dejé abiertas, pero no son más que cortinas. Sin embargo, hay una sombra. Podría ser una corriente de aire, una ráfaga de viento o un efecto de la luz. Podría no ser nada.

Detrás del cristal de la puerta principal, algo se mueve. Una silueta que aparece y desaparece, como la de alguien que cruza deprisa un pasillo sin esperar que nadie lo observe desde fuera.

Se me enfrían las manos sobre el volante.

Me quedo sentada en el coche con el motor en marcha, mirando fijamente la casa y diciéndome que estoy siendo ridícula. Es una sombra. Es la luz de la cocina reflejada en el cristal. No es nada.

Pero las cortinas están cerradas. Aún faltan horas para que vuelva Alex y Olivia está en el colegio.

Cojo el móvil y llamo a Alex. Da cuatro tonos y salta el buzón de voz; el corazón se me cae a los pies porque Alex siempre contesta cuando lo llamo.

Siempre. Incluso en reuniones, incluso cuando está con un cliente, tarda menos de un minuto en mandarme un mensaje para decirme que no puede hablar.

Vuelvo a llamar. Otra vez el buzón. Escribo un mensaje — ¿Estás en casa?

Creo que hay alguien dentro. —, lo envío y me quedo mirando la pantalla, esperando.

Nada.

Entonces, ¿por qué hay alguien dentro de mi casa?

Sigo allí sentada otros treinta segundos, que parecen treinta minutos, y entonces hago lo que no se debe hacer. Eso por lo que cualquier mujer que ve un thriller se pone a gritarle a la pantalla. Salgo del coche, recorro el sendero de entrada y entro en casa.

El recibidor está a oscuras. Oigo algo —un murmullo apagado, un roce, el crujido de una tabla del suelo— y todo el cuerpo se me tensa con esa clase de miedo que no te deja pensar, solo reaccionar. Me coloco las llaves entre los dedos como aconsejan en internet, empujo la puerta del salón y⁠...

—¡SORPRESA!

El estruendo me golpea como un muro. Se encienden las luces, las cortinas se abren de golpe y, de repente, hay gente por todas partes: riendo, aplaudiendo, saliendo en tropel de la cocina y del comedor y de detrás del sofá, con copas, cañones de confeti y una pancarta en la que pone FELIZ CUMPLEAÑOS, KIM con unas temblorosas letras doradas que está claro que ha hecho la propia Olivia, porque la M está al revés.

Se me caen las llaves. Repican contra el suelo de madera y yo me quedo ahí plantada, con la boca abierta y una mano aún levantada frente a mí, como si estuviera a punto de pelearme con alguien.

Todo el mundo se echa a reír y Alex se abre paso entre la gente con la sonrisa más amplia que le he visto en meses.

—Te hemos pillado —dice.

—Pensaba... —Se me quiebra la voz—. Pensaba que había entrado alguien.

—Ya. Tenías que haberte visto la cara. —Me estrecha entre sus brazos en un abrazo cálido y fuerte.

Hundo la cara en su hombro y suelto un suspiro que parece haber estado atrapado dentro de mí durante una semana.

—Feliz cumpleaños, cariño —dice.

Mi cumpleaños no es hasta mañana. Esperaba una reserva en un restaurante, una tarjeta de Olivia y la habitual celebración tranquila que acompaña a cumplir treinta y ocho años cuando tienes una hija adolescente, una hipoteca y ningún deseo especial de que te lo recuerden.

Pero Alex ha hecho esto: lo ha organizado con antelación para pillarme desprevenida, ha involucrado a la mitad de la gente que conozco y ha conseguido ocultárselo a una mujer que lleva el último mes en alerta máxima ante cualquier secreto.

Este hombre o es un genio o está como una cabra.

Olivia aparece a mi lado.

—¿Has visto la pancarta?

—He visto la pancarta. La M está al revés.

—Es una licencia artística.

—Está al revés.

Sonríe de oreja a oreja y me abraza; después desaparece en la cocina, donde, por lo visto, su amiga Phoebe ya está saqueando la mesa de los aperitivos.

Avanzo por la habitación y es como adentrarme en una versión distinta de mi vida: aquella en la que soy una mujer normal en una fiesta normal, rodeada de personas a las que les caigo bien y que quieren celebrarme.

Están Sarah y Denise, de la oficina de Alex, un par de madres del colegio de Olivia y mi vecina Jackie, con quien no mantengo una conversación de verdad desde hace meses.

Me abrazan y me dicen que tengo buen aspecto.

Mientras sonrío, les doy las gracias y bebo el vino que Alex me pone en la mano, siento algo que no había sentido en semanas: seguridad.

No solo a salvo. Feliz. Feliz de verdad, de una forma que hace que me escuezan los ojos porque había olvidado cómo era sentirse así.

Alex ha pensado en todo: la comida dispuesta sobre la mesa del comedor, una lista de reproducción sonando por el altavoz de la cocina, las copas buenas, incluso velas en el alféizar.

No para de buscar mi mirada desde el otro lado de la habitación y sonreírme, y cada vez que lo hace siento una oleada de gratitud.

Ha hecho esto porque me quiere. Porque quiere reparar lo que se ha roto.

Porque mientras yo me ahogaba entre Ross, el pasado y la maraña de mi propia cabeza, Alex estaba planeando algo bonito.

No me lo merezco. No estoy siendo melodramática. De verdad que no.

Al cabo de una hora, la fiesta se ha convertido en ese agradable bullicio de gente que ya ha bebido suficiente vino para dejar de ser educada y empezar a ser divertida. Estoy en la cocina llenándome de nuevo la copa cuando Alex se acerca por detrás y me pone las manos sobre los hombros.

—¿Te lo estás pasando bien?

—Fenomenal. —Me vuelvo—. Gracias. En serio. No me puedo creer que hayas hecho todo esto.

—Lo necesitabas —dice—. Los dos lo necesitábamos.

—Me aprieta los hombros y entonces su expresión vacila, a medio camino entre la satisfacción y los nervios—.

Ah, se me olvidaba decírtelo. El otro día me encontré en el centro con un viejo amigo tuyo.

Parecía un tío majo. Le hablé de lo de esta noche y dijo que le encantaría venir, así que lo invité. Espero que no te importe.

El estómago se me encoge sobre sí mismo.

—¿Qué amigo? —pregunto. Pero ya lo sé. Lo sé antes de que responda, antes de que abra la boca, antes incluso de que se formen las palabras.

Lo sé como sabes que un coche está a punto de estrellarse en el medio segundo anterior al impacto, cuando tu cuerpo comprende lo que ocurre y tu cerebro aún no ha conseguido asimilarlo.

—Ross no sé qué. Dijo que te conocía del colegio. —Alex sonríe—. Pareció alegrarse mucho cuando mencioné tu nombre. Dijo que erais muy amigos en aquella época.

La cocina se inclina. Me aferro al borde de la encimera. El granito está frío bajo mis palmas y noto el pulso en las yemas de los dedos, en las muñecas, detrás de los ojos.

—¿Está aquí? —consigo decir.

—Sí, llegó hace unos veinte minutos. Dijo que no quería abrumarte nada más llegar, así que se quedó en segundo plano. Vamos, te lo presentaré como es debido.

No siento las piernas. Alex me coge de la mano y me lleva de nuevo al salón.

Lo sigo porque no sé qué otra cosa hacer, porque negarme implicaría explicarlo todo, y explicarlo todo significaría ver cómo desaparece la calidez de su rostro, cómo la fiesta se derrumba a nuestro alrededor y cómo la pancarta con la M al revés se viene abajo.

Así que lo sigo. Sonrío. Aprieto tanto la copa de vino que me sorprende que no se haga añicos.

La gente se mueve. Alguien se aparta y después otra persona, hasta que se abre un hueco.

A través de él veo a un hombre de pie junto a la estantería, con una copa de vino tinto y una sonrisa dispuesta a entablar conversación que cualquier otra persona de esta habitación interpretaría como amistosa, cálida y completamente normal.

—Aquí está —dice Alex—. Kim, ¿te acuerdas de Ross?

Ross da un paso al frente. Lleva un jersey oscuro y vaqueros, y tiene una expresión abierta y agradable. Me sostiene la mirada con algo que nadie más en esta habitación puede ver.

Me tiende la mano.

—Kim —dice—. Feliz cumpleaños. Ha pasado demasiado tiempo.

Está dentro de mi casa. Está en mi salón, con mis amigos, mi hija y mi familia, y me sonríe con esa misma boca repugnante y burlona que antes me besaba. Antes de que comprendiera lo malvado que es este hombre. Antes de descubrir que es capaz de acosar a alguien.

Ahora nadie lo sabe salvo yo.