Capítulo 9
Capítulo Nueve
Me paso la mañana fingiendo que estoy bien.
Al parecer, es lo que mejor se me da. Sonreír cuando tengo el estómago hecho trizas.
Servir cereales, limpiar superficies, responder a las preguntas de Olivia sobre si puede ir luego a casa de Mia —«Sí, vale, pero mándame un mensaje cuando llegues»— mientras el teléfono de mi bolsillo de la bata late como un segundo corazón.
Vuelve a verme o Alex recibirá todo esto.
Se me ha pasado por la cabeza que podría estar haciéndolo otra persona, pero tiene que ser Ross.
La fotografía, las capturas de pantalla, aquella pequeña y fría amenaza disfrazada de solicitud de mensaje desde un perfil en blanco...
¿quién iba a ser, si no? Tiene los mensajes porque son suyos.
Sabe dónde estábamos en aquella calle porque él también estaba allí.
Y las imágenes de la cámara de seguridad...
cualquiera de las cámaras de aquella hilera de casas adosadas podría habernos grabado, y Ross lo sabría, porque fue Ross quien dejó de andar, Ross quien se volvió para mirarme bajo la farola, Ross quien me puso una mano en la mandíbula y me besó mientras una cámara nos grababa desde arriba.
Lo planeó.
El pensamiento me golpea mientras estoy de pie ante el fregadero, y agarro el borde de la encimera con tanta fuerza que me duelen los nudillos. Lo planeó todo. La cena, el paseo, el beso en la calle oscura... todo concebido para darle algo que pudiera utilizar. Algo con lo que pudiera chantajearme.
¿Pero por qué?
Esa es la parte que no logro entender. El Ross que conocí de adolescente no habría hecho esto.
El Ross que se sentó frente a mí en el restaurante la semana pasada —riéndose del señor Fenton, hablándome de Portugal, sonriendo con aquella sonrisa torcida— no parecía un hombre tendiendo una trampa.
Parecía amable. Parecía sincero. Parecía alguien que quería estar cerca de mí por la sencilla y humana razón de que, en otro tiempo, habíamos significado algo el uno para el otro.
Y quizá eso sea lo que lo empeora. Porque le creí. Estuve allí sentada, bebiendo vino, rescatando viejos recuerdos, y creí cada una de sus palabras. Y ahora estoy en mi cocina con un mensaje de chantaje en el teléfono y sin tener ni idea de con quién cené en realidad.
Podría contárselo a Alex.
El pensamiento aflora a media mañana, mientras Olivia está arriba y Alex se encuentra en el salón leyendo algo en el portátil.
Me quedo en el pasillo y lo miro a través de la puerta abierta —su perfil recortado contra la ventana, la luz reflejada en las canas de su pelo, las gafas de leer puestas, la boca ligeramente abierta como siempre que se concentra— y pienso en entrar, sentarme y decir: Alex, tengo que contarte algo.
Me imagino su cara. Cómo cambiaría. Primero la confusión, luego el dolor, después la rabia: lenta, contenida, devastadora, porque Alex no grita.
Se queda callado. Hace preguntas con una voz tan serena que parece estar interrogando a un testigo, y cada respuesta que das lo empeora todo, y al final desearías que hubiera gritado, porque el silencio es mucho más difícil de soportar.
Me imagino contándole lo de la cena. El paseo.
El beso. Me imagino la palabra «Ross» en mi boca y cómo la oiría Alex: no como un nombre, sino como un veredicto.
La prueba de que su mujer le ha estado mintiendo, escabulléndose, quedando con otro hombre en restaurantes, paseando con él junto al río y besándolo en calles oscuras mientras su hija duerme en casa.
Y entonces me imagino la calidez frágil y titubeante de los últimos días —las cenas en familia, la película en el sofá, Olivia dormida entre los dos, la mano de Alex en mi cintura ante la puerta de su dormitorio, él diciendo Ha sido una buena semana — y siento que todo se resquebraja como el hielo bajo una bota.
No puedo.
Si se lo cuento a Alex ahora, perderé todo lo que he estado intentando reconstruir.
Los avances, la cercanía, los pequeños brotes verdes que se abren paso entre el desastre de los últimos meses.
Él no los verá como algo real. Los verá como culpa, y en parte lo son, pero no del todo, no por completo, porque algo de ello —las cenas, las conversaciones, el esfuerzo— ha sido real.
Lo he sentido. Sentada en el sofá con la cabeza de Olivia sobre mi hombro, lo he sentido.
De pie en su puerta, mirándola dormir, lo he sentido.
Y si se lo cuento a Alex, verá toda esa calidez como una actuación, y quizá tenga razón, pero no puedo permitirlo, porque si esta familia se desmorona tiene que ser por una razón mejor que un beso estúpido sobre una acera mojada.
Así que no se lo cuento.
En lugar de eso, preparo la comida. Sopa de lata, pan del congelador, queso cortado en lonchas gruesas porque a Olivia le gusta así.
Comemos juntos en la mesa de la cocina, y Alex habla del caso en el que está trabajando —algo aburrido y complicado sobre una disputa de lindes y dos vecinos que no se hablan desde hace cuatro años—, y yo asiento, hago preguntas y me río cuando imita las voces, y todo está bien.
Es normal. Es exactamente el tipo de sábado a mediodía que antes daba por sentado, antes de que Ross Mercer volviera a entrar en mi vida y le prendiera fuego.
Después de comer, Olivia se va a casa de Mia. Alex la lleva. Los despido desde la puerta de entrada, de pie en el escalón con los calcetines puestos y los brazos cruzados contra el frío, y en cuanto el coche dobla la esquina, vuelvo a entrar, saco el teléfono y miro otra vez el mensaje.
Vuelve a verme o Alex recibirá todo esto.
Me quedo mirándolo. Lo leo cuatro, cinco, seis veces, buscando en las palabras alguna grieta, algún resquicio, alguna forma de interpretarlas que no me haga sentir que las paredes se cierran sobre mí.
Vuelve a verme. Como si fuera una invitación.
Como si la amenaza fuera algo secundario, un empujoncito, un amable recordatorio de que él tiene todas las cartas y yo no tengo ninguna.
¿Qué quiere? Si es dinero, no tengo —al menos, no la clase de dinero por la que chantajearías a alguien—.
Si me quiere a mí, si lo que intenta es reanudar la relación, entonces el chantaje no tiene sentido, porque no puedes amenazar a alguien para que te quiera.
No puedes amenazar a una mujer con una fotografía y esperar que caiga en tus brazos.
A menos que no le importe el amor. A menos que le importe el control.
El teléfono me arde en la mano. Bloqueo la pantalla, lo dejo caer sobre la mesa y camino hasta el otro extremo de la cocina.
Luego voy hasta la ventana y miro el jardín: la valla, el césped, la cama elástica que Olivia ya casi no usa, el cobertizo con la pintura desconchada.
Apoyo la frente contra el cristal y cierro los ojos.
Debería bloquear también esta cuenta. Borrar el mensaje, bloquear el perfil, fingir que nunca lo he visto. Cuando hice eso con la cuenta real de Ross, tuve tres días de algo que casi parecía paz.
Pero esto es diferente. Porque esta cuenta tiene una fotografía mía besando a un hombre que no es mi marido, y capturas de pantalla de mensajes que demuestran que mentí, y si la bloqueo, quienquiera que esté detrás de ella —Ross, es Ross, ¿quién si no?— podría enviárselo todo a Alex por despecho.
El pensamiento me hiela la sangre.
Dejo el mensaje donde está. Sin responder.
En mi bandeja de entrada, una bomba con el pasador medio salido.
Me ocuparé de ello luego. Lo pensaré luego.
Ahora mismo, necesito superar lo que queda del día sin venirme abajo, y eso significa limpiar la casa, porque limpiar la casa es lo único que puedo hacer cuando mi cabeza no deja de dar vueltas y necesito sentir que controlo algo, aunque solo sea el estado de los azulejos del baño.
Limpio durante dos horas. Aspiro las escaleras, friego el suelo de la cocina, limpio los espejos, ordeno el reciclaje, vacío las papeleras, cambio las sábanas de nuestra cama.
Trabajo físico y mecánico que me permite moverme sin pensar, mientras mi cuerpo actúa por inercia y mi mente da vueltas al mismo y nauseabundo bucle: la fotografía, el mensaje, el beso, la mentira, la fotografía, el mensaje, el beso.
Alex vuelve a casa con Olivia hacia las cuatro.
Traen un bizcocho de la pastelería de la calle principal —de limón glaseado, mi favorito, porque lo ha elegido Olivia—, y nos sentamos en la cocina a comerlo con tazas de té, y Olivia nos habla del nuevo cachorro de Mia, un cockapoo llamado Biscuit que ha mordisqueado un cargador de móvil hasta romperlo y ha vomitado en el rellano.
Nos reímos, la cocina está cálida, y pienso: Esto es lo que estoy protegiendo.
Esto. Justo esto. Esto tan cotidiano, imperfecto y precioso.
La tarde se desangra hasta convertirse en noche.
Alex prepara la cena. Yo cargo el lavavajillas.
Olivia ve algo en su iPad con los auriculares puestos, tumbada en el sofá con los pies sobre el reposabrazos, y la casa sigue su curso como lo hacen las casas cuando todo el mundo está en casa, nadie discute, las puertas están cerradas y las luces encendidas.
Subo a hacer la cama.
He quitado y lavado las sábanas esta mañana, y ahora están secas y calientes del armario de la ropa blanca.
Extiendo la sábana bajera sobre el colchón, meto las esquinas y cojo la funda nórdica.
La habitación está en silencio, salvo por el suave golpe de la tela y el tenue sonido de la televisión abajo.
Estoy alisando las fundas de las almohadas cuando me asalta.
Una sensación. No un sonido. No un movimiento. Solo una sensación, súbita y física, como una mano fría apoyada entre los omóplatos.
Alguien me está mirando.
Me quedo paralizada. Mis dedos se detienen sobre la funda de almohada y todo mi cuerpo se inmoviliza, todos los nervios tensándose.
El silencio del dormitorio deja de ser normal y se vuelve extraño.
Puedo sentirlo —unos ojos, atención, concentración— a mi espalda, desde la dirección de la ventana, y se me eriza la piel desde la base de la columna hasta la nuca.
Me doy la vuelta.
Las cortinas están abiertas. La ventana es un rectángulo negro que me devuelve el dormitorio: la lámpara, la cama, mi propio rostro pálido mirando desde el cristal.
Más allá del reflejo, el jardín está oscuro.
La valla, el cobertizo, la cama elástica son formas sin detalle, contornos sin color, y el cielo sobre ellos es plano y sin estrellas.
No hay nada.
Me quedo de pie mirando la ventana durante cinco segundos, diez, quince, escrutando la oscuridad en busca de movimiento, de una forma, de la silueta de alguien de pie en el jardín, en el sendero o al otro lado de la valla.
No veo nada. El jardín está vacío. La calle que hay más allá está tranquila. Nadie me observa a través del cristal.
Pero la sensación no desaparece.
Cruzo la habitación y cierro las cortinas de un tirón, agarrando la tela con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos, y me quedo allí, con las cortinas cerradas, el corazón desbocado y la respiración saliendo en ráfagas cortas y tensas, y me digo que estoy siendo ridícula.
Que estoy paranoica. Me he pasado el día entero consumida por la ansiedad, la culpa y el miedo, y ahora mi cerebro inventa amenazas que encajen con mi estado de ánimo.
No hay nadie en el jardín, nadie en la calle, nadie mirándome a través de la ventana de mi propio dormitorio.
Nadie.
Aliso el edredón y coloco bien las almohadas.
Cojo el cesto de la ropa sucia de la esquina de la habitación y lo llevo al rellano.
Abajo, meto la ropa sucia en la lavadora, añado una cápsula de detergente líquido, cierro la puerta y aprieto el botón.
La máquina cobra vida con un temblor, y me apoyo en ella y respiro.
—¿Estás bien? —dice Alex desde la puerta de la cocina.
—Bien —digo—. Solo estoy cansada.
—Estás pálida.
—Siempre estoy pálida. Es noviembre.
Él sonríe con una sonrisa pequeña y cansada y vuelve a la cocina.
Me quedo en el cuarto de la colada, con la lavadora zumbando contra mi espalda y las manos aferradas al borde, y cierro los ojos e intento convencerme de que puedo con esto.
De que el mensaje es solo palabras. De que la fotografía es solo píxeles.
De que la sensación de arriba ha sido solo mi imaginación, solo estrés, solo la consecuencia natural de haber pasado un día entero con una amenaza sin responder en el bolsillo.
Pero cuando vuelvo a subir veinte minutos después para lavarme los dientes, compruebo que las cortinas siguen cerradas.
Lo están.
Y compruebo el pestillo de la ventana.
Dos veces.