Capítulo 24 La resonancia crítica #3
Avanzamos por pocas calles esquivando escombros y a la multitud despavorida, pero mis pulmones ya ardían.
Miré hacia la falda de la montaña. Era inútil.
Por más rápido que corriéramos, la ciudad se desplomaría sobre nuestras cabezas antes de llegar a la mitad del camino.
De pronto, un Vector oficial perdió altura bruscamente sobre la avenida.
El campo de repulsión fallaba, haciendo que el chasis golpeara el asfalto en una lluvia de chispas.
El conductor aterrorizado pateó la escotilla, saltó a la calle y huyó.
—Esa es nuestra salida —le grité a Istryel.
Subimos. Empujé las palancas principales al tope y el sistema aulló, pero el campo de repulsión estaba agónico.
Nos elevamos a tirones, raspando el chasis contra el pavimento antes de ganar altura.
La ciudad se desmoronaba bajo nosotros; volábamos sobre un mar de cabezas aterrorizadas, esquivando cornisas que caían a pedazos.
Luché contra los mandos de dirección intentando mantener la nariz hacia la montaña.
A nuestra derecha, la estructura de una Torre Expansora crujió y reventó en una bola de fuego.
La onda de choque nos golpeó de lado como un mazo invisible.
El cristal de la cabina estalló. El Vector giró sobre su propio eje, desestabilizando el núcleo de levitación por completo.
Antes de alcanzar el Sector de Enlace, el flujo de energía murió.
Caímos a plomo. El metal se hizo añicos contra el basalto de la avenida.
Rompimos la escotilla a patadas y salimos a un infierno de polvo, obligados a correr el último tramo.
A medida que avanzábamos hacia el centro de todo, la vibración del pavimento empezó a aumentar con una ferocidad implacable, trepando por nuestras botas hasta sacudirnos los huesos.
El zumbido que ya nos ensordecía se afiló hasta convertirse en un taladro dentro del cráneo.
La presión del aire se sentía tan fuerte y densa que parecía aplastarnos el pecho, cargada de tensión latente que dificultaba cada respiración.
Al alcanzar el edificio de acceso, los últimos burócratas y operarios salían en estampida hacia la calle.
Nadie intentó detenernos. La estructura de acero crujía sobre nuestras cabezas, amenazando con colapsar en cualquier segundo.
Sin guardias en los controles, nos infiltramos en el interior y corrimos directo hacia las toscas jaulas de rejilla metálica de los elevadores industriales.
No dudamos un segundo. Accionamos los controles, pero a mitad del descenso, los campos de repulsión colapsaron.
Nos precipitamos al vacío, tragados por la oscuridad.
El panel de la jaula quedó muerto. Desesperado, me colgué con todo mi peso de la palanca de bloqueo mecánico, una pieza oxidada que jamás debió usarse a esa velocidad.
Sentí el tirón desgarrándome el hombro. Mi peso no era suficiente.
Istryel dio un salto y se colgó de la palanca junto a mí.
Con nuestro peso combinado el hierro cedió.
Los enormes dientes de freno se clavaron en la roca.
La resistencia fue brutal, arrancando una lluvia de chispas contra el basalto mientras la gravedad luchaba contra el metal.
Los engranajes aullaron debajo de nosotros, escupiendo esquirlas de metal mientras la jaula se convulsionaba, frenando a brincos y devorando nuestra velocidad poco a poco, hasta detenernos con un impacto brutal que nos lanzó contra el suelo.
El impacto me vació los pulmones. Me arrastré sobre la rejilla abollada, con las piernas latiendo de dolor, y tiré de Istryel por el brazo para ponerla en pie.
Abandonamos la jaula cojeando hacia la galería principal.
La inmensa vibración que sacudía la montaña nos regaló una ventaja: había reventado la red de seguridad.
Los cristales de los Captores de Pulso estaban muertos.
Las pesadas compuertas de metal colgaban abiertas de par en par.
Corrimos por los pasillos hacia la cámara del Transmutador, abriéndonos paso a través de un aire que ya no era solo cálido, sino denso.
Al acercarnos al corazón del Nivel 9, la presión del aire se volvió aplastante y el zumbido que nos torturaba alcanzó un pico casi letal, taladrándonos el cráneo con una violencia despiadada.
Los cristales estaban entrando en una presión crítica y amenazaban con estallar.
Llegamos justo al punto central, directamente debajo de la colosal estructura donde latía el monolito violeta alimentado por Noxita.
Allí, rodeado por la maquinaria descontrolada y el vapor hirviente, estaba Lukas.
El joven especialista, con su túnica blanca empapada en sudor y manchada de grasa, golpeaba frenéticamente los diales de la consola de mando.
Estaba aterrorizado, con los ojos desorbitados por el pánico de ver colapsar el sistema.
—¡Lukas! —gritó Istryel por encima del estruendo ensordecedor.
El chico se giró hacia nosotros, con el rostro descompuesto.
—¡No responde! —sollozó Lukas, retrocediendo ante la consola que escupía chorros de vapor—. ¡Las válvulas están muertas! ¡La energía sigue subiendo y no puedo detenerla! ¡Ayúdame a intentar detener todo esto!
¡Hay una manera de apagar el Transmutador de forma segura desde su base, invirtiendo el flujo! —le dijo Istryel.
Sin perder un segundo, comenzaron a manipular frenéticamente la consola de bronce, girando válvulas de presión, realineando selectores circulares y ajustando los engranajes de latón en una desesperada secuencia mecánica de emergencia.
—¡Elial, baja esas palancas!.
Me lancé sobre los controles. Mis manos se cerraron sobre el metal de los mandos.
Pero al instante, un dolor abrasador me hizo soltar un grito sordo.
El metal estaba al rojo vivo, sobrecalentado por la energía inestable que corría por las venas del sistema.
Sentí cómo la piel de mis palmas ardía, cómo el calor me achicharraba la carne, pero apreté los mandos de nuevo.
Soportando la agonía, tiré hacia abajo con todo el peso de mi cuerpo hasta escuchar el chasquido de encaje.
Sin embargo, las agujas de los diales no retrocedieron.
—¡La presión no baja! —gritó Lukas, viendo los medidores clavados más allá del límite rojo—. ¡Está demasiado alta!
Istryel miró los diales y la palidez le cubrió el rostro. Varkas había forzado la entrega al máximo para alimentar su arsenal en la superficie; la sobredemanda estaba destrozando el núcleo y la presión de retorno había trabado las válvulas manuales.
—¡Ya no hay tiempo! —gritó Istryel, apartándose de la consola.
El estruendo aplastante de los engranajes, el rugido del vapor y el aullido de los cristales forzados se apagaron de golpe. Un silencio antinatural, cayó sobre la inmensa cámara circular.
Fueron instantes de una quietud espeluznante. Era un vacío que nos cortó el aliento; un suspiro contenido de la montaña.
—¡Corran! —rugió Istryel, rompiendo la parálisis con un grito desgarrador.
Nos dimos la vuelta y corrimos despavoridos, pero Lukas no nos siguió.
—¡Puedo purgar el colector de presión! ¡Solo necesito un segundo más! —gritó el joven especialista, aferrándose de nuevo a los diales de bronce en un último intento desesperado por evitar el colapso.
No podíamos obligarlo. Una parte de mí quiso volver por él, pero mis piernas ya corrían solas.
Nos abalanzamos por un pasillo lateral de basalto oscuro, acercándonos desesperadamente a la zona donde sabíamos que se encontraba el muro falso.
Mis pulmones ardían y mis manos despellejadas latían al compás de mi corazón.
De pronto, un brillo violeta y dorado intenso estalló a nuestras espaldas, iluminando las galerías con una violencia cegadora.
Un retumbar increíblemente fuerte, más profundo y destructivo que cualquier terremoto, sacudió los cimientos de Solheim desde sus raíces.
La Resonancia Crítica detonó con una fuerza colosal.
Los gruesos tubos a nuestro alrededor reventaron como si fueran de papel, y el pasillo empezó a llenarse de un vapor hirviente que salía a presión por todos lados.
El impacto acústico y térmico nos alcanzó por la espalda. Sentí una fuerza titánica aplastándome el cráneo, y mis oídos se sintieron como si estuvieran a punto de estallar. El golpe de presión nos barrió del suelo con violencia.
Quedamos tendidos sobre el pavimento, aturdidos, ciegos y sordos en medio de la nube de vapor hirviente. Levanté la vista a duras penas hacia las sombras del techo. En un solo segundo, el mundo entero se derrumbó sobre nosotros, sepultándonos en la oscuridad.