Capítulo 25 El silencio del basalto
Pero estar vivo dolía. Un chillido constante me taladraba los oídos, un eco de la Resonancia Crítica que se negaba a abandonarme.
Y luego estaban mis manos. Al intentar apoyarme contra el suelo para incorporarme, un grito gutural escapó de mis labios.
La carne de mis palmas estaba destrozada, una agonía latente por haber tirado de las palancas de hierro sobrecalentadas en la cámara del Transmutador.
Mis manos ardían como si aún estuvieran aferradas al metal fundido.
—¿Istryel...? —grazné. Mi voz sonó patética, ahogada por la falta de aire y el polvo. Tragué saliva con sabor a sangre y metal quemado, y lo intenté de nuevo, forzando la garganta—. ¡Istryel!
El silencio de la tumba de piedra pareció tragar mi voz, pero un instante después, un quejido débil llegó desde mi izquierda, seguido del sonido de escombros deslizándose.
—Estoy aquí... —su voz era un susurro roto, apenas audible por encima del zumbido de mi cabeza—. Sigo viva, Elial. Pero este maldito sonido... tengo un chillido constante taladrándome los oídos. Siento que la cabeza me va a estallar.
—Yo también lo escucho —respondí, arrastrándome a ciegas sobre el pavimento quebrado hasta que mi codo rozó la tela rasgada de su capa—. Es el eco de los cristales reventando. Todo se ha venido abajo.
Nos quedamos unos segundos apoyados el uno contra el otro. El aire escaseaba cada vez más, volviéndose una trampa mortal de calor y tensión vibratoria.
—Lukas... —murmuró Istryel en la oscuridad, tosiendo por el polvo—. Se quedó en los controles.
Apreté los dientes, recordando la imagen del chico aferrado a los diales de bronce en los últimos segundos antes de la detonación.
—El centro de la cámara fue lo primero en colapsar. No hay forma de que haya sobrevivido.
Istryel guardó silencio un instante.
—Se quedó intentando purgar un sistema muerto. La máquina lo hizo polvo mientras él luchaba por una esperanza falsa.
—Tenemos que buscar una salida, Elial. El aire se está acabando —dijo ella, con una urgencia renovada—. Estábamos muy cerca del muro falso. La puerta debe estar aquí, a solo unos pasos.
—No podemos ver nada —gruñí, moviendo un bloque de escombro con el antebrazo para no usar mis palmas destrozadas—. Y hay toneladas de piedra bloqueando el paso. Tendremos que guiarnos por el tacto.
Llevé la mano, temblando por el dolor de las quemaduras, hacia el bolsillo interior de mi túnica. Mis dedos rozaron el metal.
—Tengo el Disco Maestro —anuncié, sintiendo una leve esperanza—. El disco está a salvo. Si encontramos la ranura, tenemos la llave.
Comenzó entonces la tarea más agónica de mi vida.
Ciegos en la oscuridad, rodeados por el calor sofocante y la falta de aire, Istryel y yo empezamos a palpar los muros a nuestro alrededor.
Cada vez que mis manos quemadas rozaban la piedra áspera y cortante de los escombros, un calambre me subía por los brazos hasta el cuello.
Pero me obligué a seguir, usando los bordes de los dedos y los nudillos, apartando trozos de hierro retorcido y fragmentos de basalto.
El tiempo perdió todo su significado. Podrían haber pasado minutos o podrían haber pasado horas.
El agotamiento nos aplastaba. Mi respiración se volvió un silbido corto; el aire se estaba consumiendo en aquel espacio bajo los escombros.
Empecé a marearme, y la desesperación de pensar que moriríamos sepultados a tan poco de la salvación comenzó a nublarme el juicio.
Y entonces, después de lo que pareció una eternidad en el infierno, la voz de Istryel rompió la oscuridad con un sobresalto de emoción.
—¡Elial! ¡Aquí! —jadeó ella—. ¡Vi un destello detrás de los escombros!.
—Allí está, ese destello es una reacción del disco con la puerta, yo también sentí una pequeña vibración del disco.
Me arrastré hacia el sonido de su voz, guiándome por su respiración agitada. Le ayudé a como pude a mover los escombros.
—La pared aquí se siente diferente —Me dijo.
Levanté mis manos heridas e intenté tantear la superficie que ella estaba tocando. Tenía razón. En medio de la textura filosa de los escombros, este bloque de basalto era inmaculado.
—Hay que buscar la hendidura en la roca, tiene que estar a la altura de tus hombros. Yo no puedo porque mis manos están despellejadas
Escuché el roce de los dedos de Istryel recorriendo el basalto palmo a palmo, concentrada, hasta que soltó un pequeño jadeo.
—La encontré. Es una ranura ínfima.
Soportando una punzada de agonía, metí la mano en mi túnica y saqué el disco de metal con los dedos temblorosos.
—Toma... hazlo tú —susurré, buscando su brazo en la oscuridad para entregarle la pieza—. Mis manos ya no sirven.
Y si ya no funcionaba. Ya no había Oscilancia. Estábamos condenados a quedarnos sin aire y sin un camino de salida. Sin el Transmutador, aunque de alguna manera la puerta abriera quizás no saldríamos de aquí.
Istryel pareció leer mis pensamientos en la negrura de la cueva.
—La red de la ciudad se ha apagado —susurró ella, con el terror asomando en su voz—. Pero la tecnología de los creadores es antigua... Elial, ¿será que el mecanismo aún funciona? ¿Podrá abrirse la puerta sin energía en la montaña?
En la absoluta negrura, el roce de la ropa de Istryel acomodándose frente a la piedra sonó como una condena.
Era nuestra única esperanza. Rezando para que la ingeniería de los Fundadores estuviera blindada contra el colapso que el Consejo acababa de desatar, aguanté la respiración y escuché cómo ella empujaba el disco en la ranura, aguardando el chasquido de la vida o el silencio definitivo de nuestra tumba.
El disco metálico raspó contra la piedra hasta encajar en el fondo con un chasquido perfecto y apenas perceptible.
Con los pulmones ardiendo por el polvo y la falta de aire, esperando el silencio de una máquina muerta.
La Aguja Central había sido destruida; la Oscilancia que alimentaba a toda Solheim acababa de apagarse.
Con un zumbido de baja frecuencia y el roce perfecto de la piedra, que pareció desafiar las miles de toneladas de roca colapsada a nuestro alrededor, escuché cómo el bloque de basalto se deslizaba hacia atrás. Istryel soltó un grito ahogado que mezclaba alivio y asombro.
Increíblemente, la ceguera se rompió de golpe.
Un torrente de luz azul se derramó sobre los escombros de nuestra tumba.
Los filamentos incrustados en las molduras del techo de cerámica pulida seguían brillando con una constancia inquebrantable.
Esa luz artificial significaba la vida. Nos habíamos salvado de morir asfixiados, aplastados y cocinados allí abajo, en el vientre de la montaña.
—¡Muévete! —le urgí a Istryel con voz ronca.
Nos arrastramos desesperadamente hacia el interior del pasadizo. El aire que nos recibió fue una bendición; era fresco y carecía por completo del asfixiante olor a cristal calcinado, sangre y metal fundido que inundaba las ruinas del Nivel 9.
Aún de rodillas en el suelo, me giré hacia la entrada.
Istryel cruzó detrás de mí, escapando del calor asfixiante, y sin detener su impulso, agarró el Disco Maestro y tiró de él.
En cuanto el metal antiguo salió de la ranura, el bloque de basalto volvió a cerrarse a nuestras espaldas con su silencio característico, sellando el infierno de escombros y calor.
Frente a nosotros, iluminada por ese resplandor índigo, aguardaba la puerta de la cápsula neumática.
Istryel se dejó caer de espaldas sobre suelo del corredor, aspirando grandes bocanadas de aire puro mientras las lágrimas de agotamiento y tensión trazaban surcos limpios en su rostro manchado de hollín.
—Pensé que era el fin, Elial —susurró ella, con la voz rota y los ojos cerrados—. Pensé que Varkas nos había enterrado con su propia estupidez.
Me senté a su lado, apoyando la cabeza contra la pared fría. Los pulmones me exigían aire a tirones y mis manos eran una ruina que latía de dolor, pero estábamos vivos.
—Los Fundadores no ataron esto a la red de la superficie. La línea de los creadores sigue activa.
Me obligué a ponerme en pie. Las rodillas me temblaron y un mareo violento me forzó a apoyarme con el antebrazo contra la pared mientras miraba el dial de niveles de la cápsula neumática.
—Subamos —dije, escupiendo polvo. No había nada más que hacer allí abajo.
Istryel abrió los ojos y me devolvió la mirada desde el suelo. No había esperanza en su rostro, solo la misma cruda incertidumbre que me helaba a mí la sangre.