Capítulo 24 La resonancia crítica #2
—Si no podemos marchar contra esas máquinas ni pelear contra la Guardia en las calles —dije, mientras miraba a Daxen—, entonces tendremos que quitarles el aliento.
Todos se giraron hacia mí.
—Varkas puede tener el arsenal más letal de la historia del Consejo oculto bajo esas lonas de plomo —continué, acercándome a la mesa—, pero estamos en Solheim.
Toda máquina, desde los elevadores hasta los filamentos del muro, funciona con la misma sangre: la Oscilancia.
Si detenemos el Transmutador en el Nivel 9, toda esa tecnología se convertirá en simple chatarra inútil.
Daxen frunció el ceño, evaluando la idea con su mente de Intendente.
—Es cierto que su armamento depende de la red de energía —concedió Daxen—.
Pero apagar el Transmutador es un suicidio, Elial.
Jamás se ha hecho. Los ingenieros de El Cénit le tienen terror a esa máquina; la tratan como un misterio hermético porque ignoran cómo fue construida realmente.
Si cortamos el flujo de golpe, la presión inversa reventará las válvulas.
—El problema no es que estalle —intervino Istryel, con la voz tensa—. La piedra mantendrá la carga. Pero si apagas el Transmutador, el escudo térmico caerá. La bruma de la intemperie inundará las calles. Los muros nos darán margen, pero ¿cuánto tiempo planeas detenerlo?
—Lo justo para que el arsenal de Varkas se vuelva chatarra inútil —respondí.
Daxen golpeó la mesa, endureciendo el gesto.
—Esa máquina lleva siglos encendida, Elial. Si cortas el flujo y el núcleo no reinicia, el frío no nos matará hoy, pero Solheim se acabó. Obligarás a cien mil personas acostumbradas al confort a matarse por un poco de carbón para sobrevivir. Nos convertirás en una Periferia gigante.
Miré a Istryel y luego a Zelán.
—Tenemos los planos originales —dije, buscando la mirada de Daxen—. Y mi cabeza guarda ecos del Creador. No sé cómo acceder a ellos a voluntad, pero si cruzamos los diagramas con lo que mi cuerpo reconoce, podríamos hallar la forma de reiniciarlo.
—Es una teoría probable, Elial, pero ingenua —me cortó Istryel, devolviéndome a la realidad—. Traducir esa física antigua y forzar tus recuerdos a ciegas nos llevaría días. Solheim no tiene ese margen.
—Hablan como si el terreno no hubiera cambiado —intervino Lia, cruzándose de brazos con frialdad—.
Ignoran la logística de la paranoia. Las Venas del Creador los llevarán al fondo, sí, pero Varkas blindó el complejo tras su fuga.
Puso guardias a patrullar cada galería del Nivel 9 sin descanso.
Y lo que es peor: los técnicos están aterrorizados.
Si esa puerta de piedra se abre y un operario ve un rostro que no reconoce, un simple uniforme de mantenimiento ya no bastará para engañarlo.
Dará la alerta en el acto. Están caminando hacia una cacería activa.
—No hay otro plan —repliqué, apoyando las manos en la mesa—.
En la superficie no podemos enfrentarlo; Varkas tiene el arsenal y la ventaja.
Nuestra única opción es Las Venas del Creador, y para llegar necesitamos salir de los muros y colarnos en el tren del carbón.
Es una pesadilla logística y no tenemos cómo armar algo mejor.
A las cinco entra el toque de queda. Si dejamos que termine de armar su estrategia y recupere el orden, movernos mañana será prácticamente imposible.
Debemos aprovechar el caos de hoy para ocultarnos.
Necesitamos que la Periferia golpee los muros exteriores para que nos despejen el camino. —Yo le llevaré el mensaje a Garek —intervino Belthor, ajustándose el cinturón con una sonrisa sombría—. Les daré su distracción.
—Garek golpeará los muros exteriores, pero Belthor tardará en llegar a los muelles para darle la señal —dije, sintiendo el peso de los minutos—. No podemos movernos hasta que el perímetro arda.
Belthor asintió y desapareció por la puerta de piedra.
Nos quedamos atrapados en el Archivo. La espera fue una tortutra silenciosa.
Istryel desplegó los planos del Transmutador de un manotazo.
Devoramos los esquemas del Transmutador buscando la secuencia de corte perfecta.
Si íbamos a detener la máquina, el apagón debía ser limpio; una válvula fuera de lugar y los engranajes milenarios se bloquearían para siempre.
Trazamos la ruta del flujo, evaluamos la caída de presión y repasamos cada paso del protocolo para obligar al núcleo a despertar.
El tiempo se consumió en un silencio asfixiante.
El aullido de las alarmas nos alcanzó en la penumbra del Archivo.
El sonido nos sacudió como una descarga.
No tenía cómo ver las calles, pero solo había una razón lógica para que la superficie gritara de esa manera: Belthor había entregado la señal y Garek estaba haciendo sangrar el perímetro exterior. La ventana táctica acababa de abrirse.
Istryel y yo dejamos el sótano atrás. Subimos los escalones de piedra y atravesamos los pasillos desiertos de la Gran Biblioteca sin mirar atrás.
Cruzamos las puertas principales hacia la Zona Media.
Escuadrones enteros de la Guardia de la Ciudad corrían rápidamente y nos cortaban el paso, obligándonos a desviarnos hacia la Zona Media para no ser detectados.
Al ver que los uniformados se retiraban hacia las puertas, las calles comenzaron a llenarse.
Decenas de personas de los márgenes y de la propia Zona Media, salían de sus casas.
No eran una multitud infinita, pero sí muchos.
Empezaron a salir de los callejones y talleres, aglomerándose en las avenidas principales, alzando la voz con una furia cruda y real.
Los pocos guardias que Varkas había dejado atrás para custodiar la maquinaria secreta bajo las lonas de plomo estaban visiblemente nerviosos.
Se aferraban a los mangos de sus armas, sudando frío al verse rodeados por una multitud que, por primera vez en sus vidas, los miraba sin el velo de la docilidad inducida.
Nosotros intentamos bordear los bloqueos, avanzando rápido hacia la Puerta Noroeste.
Y entonces, mientras corríamos la presión del aire cambió de un segundo a otro.
Una densidad pura nos aplastó los pulmones; de pronto, la Oscilancia en plena calle se volvió tan abrumadora que la sensación era idéntica a estar de pie en los exclusivos jardines de mármol de La Corona.
Istryel y yo cruzamos una mirada de puro terror.
Los guardias, superados por el pánico ante la turba que avanzaba, retiraron las lonas.
Una de las máquinas oscuras cobró vida con un zumbido perforante que hizo vibrar nuestros dientes.
Los oficiales apuntaron hacia el grupo principal de rebeldes y liberaron la presión.
La máquina emitió una onda vibratoria masiva que distorsionó el aire como un espejismo y aturdió a todos en un espacio enorme.
Decenas de personas cayeron desplomadas al pavimento al unísono, retorciéndose en el suelo, completamente doblegadas por el choque sónico.
Los guardias vitorearon, ebrios de poder al ver a la multitud sometida.
Animados por la efectividad del arma, activaron rápidamente el resto del arsenal en las calles adyacentes.
Un zumbido aterrador barrió el pavimento y nos sacudió los huesos.
A lo lejos, el eco sordo de otra máquina desgarró el aire.
Entonces, el paisaje cambió. Las Torres Expansoras comenzaron a brillar.
Era un fulgor constante. Miramos hacia el centro.
La Aguja Central respondió encendiendo un resplandor furioso, acumulando luz sin emitir sonido.
El terror enmudeció la avenida. La turba quedó petrificada.
Istryel y yo no éramos capaces de procesar la anomalía o de articular un solo movimiento.
El capitán de la guardia, ciego ante el colapso inminente, levantó su cono amplificador.
—¡Arrodíllense y den la vuelta! ¡Un paso más y los volvemos polvo! —bramó, borracho de autoridad—. ¡Fuego otra vez!
El zumbido de una máquina a escasos metros rasgó el aire.
La Torre Expansora más cercana brilló con la furia de un relámpago y reventó desde adentro.
Una lluvia de cristal y enormes bloques de basalto barrió la avenida.
La arrogancia de los guardias se hizo añicos de golpe; soltaron los controles y retrocedieron a tropezones, aterrorizados por el monstruo que acababan de despertar.
El suelo de basalto comenzó a temblar bajo nuestras botas con violencia.
El primer estallido desató el caos. Otras torres expansoras reventaron a lo lejos, una tras otra, rindiéndose ante la succión y escupiendo metralla.
Un zumbido ensordecedor taladró la calle, ahogando los gritos de la Guardia.
Nos cubrimos la cabeza, esperando la aniquilación total.
Pero al mirar hacia el centro de la ciudad, vimos que la imponente Aguja Central aún resistía.
El monolito irradiaba un resplandor absoluto, iluminando la ciudad entera como si un sol furioso acabara de nacer en La Corona.
Hasta los propios guardias se tapaban, el mecanismo se sobrecalentaba y la tierra crujía bajo ellos. Estaban aterrorizados por el poder inestable que no sabían cómo manejar. Los ciudadanos huyeron despavoridos en todas direcciones, pisoteándose unos a otros para alejarse del corazón del destello.
—¡Si no cortamos el flujo ahora mismo, todo va a reventar! —gritó Istryel por encima del estruendo y los temblores.
—¡No hay tiempo para rutas seguras! —le respondí, tirando de su brazo—. ¡Entraremos por el ingreso principal!
Mientras la marea humana corría despavorida para salvarse, Istryel y yo hicimos lo contrario. Teníamos que matar al Transmutador para detener la masacre. Corrimos en dirección opuesta, abriéndonos paso a empujones en medio del pánico colectivo.