Capítulo 24 La resonancia crítica
El sol del mediodía apenas lograba perforar la bruma del Margen Norte, pero la claridad mortecina era suficiente para revelar una ciudad al borde del colapso.
Istryel y yo caminábamos a paso rápido, con las capuchas de nuestras capas caladas hasta los ojos.
Acabábamos de clavar el último fajo de documentos en el tablón principal del mercado de abastos.
Sabíamos que los obreros no derramarían una sola lágrima por los forasteros, así que Istryel apeló a su instinto de supervivencia.
Trazó la amenaza con carbón grueso cruzando cada página: «El Consejo usa a los de afuera como combustible y el sistema no da abasto.
Cuando se queden sin ellos, vendrán a buscar repuestos a las minas. Despierten».
El aire estaba saturado de una hostilidad física, pero lo que realmente dominaba el ambiente era el eco metálico que rebotaba contra las fachadas de basalto.
En cada intersección importante, escuadrones de la Guardia habían instalado conos de amplificación acústica, conos de latón que multiplicaban un mensaje en un Cilindro de Eco una y otra vez.
—Atención, ciudadanos de Solheim. El Intendente Daxen es el único responsable de su sufrimiento.
Saboteadores intentan arrebatarles su paz con mentiras impresas.
No escuchen a los traidores. Para garantizar su seguridad y restaurar el orden, el Consejo decreta el toque de queda.
A partir de las cinco de la tarde, cualquiera que se encuentre fuera de su domicilio será considerado un individuo peligroso y tratado como tal.
Regresen a sus hogares. La Guardia tiene órdenes de despejar las calles.
El mensaje, diseñado para ofrecer un falso culpable y apaciguar a las masas con la promesa de una falsa seguridad, resonaba cada vez con más fuerza a medida que avanzábamos.
Las calles estaban plagadas de guardias; patrullaban en grupos de cuatro, con los bastones de frecuencia desenfundados y zumbando con una amenaza silenciosa.
El ambiente era de una tensión asfixiante.
Los trabajadores del primer turno que comenzaban a regresar a sus distritos.
Avanzaban aferrándose la cabeza, atormentados por el ruido de la calle y lanzando miradas cargadas de desconfianza a las patrullas.
Al doblar hacia un callejón que nos servía de atajo hacia la Zona Media, nos topamos de frente con la cruda realidad de nuestra estrategia.
Dos mineros, hombres con los que yo mismo habría compartido herramientas en la Veta Madre, estaban a punto de llegar a los golpes bajo el zumbido constante de un Repetidor de Energía. Uno de ellos sostenía con fuerza la hoja que mostraba las gráficas de Zael.
—¡Abre los malditos ojos! —le gritaba a su compañero, sacudiendo el papel sellado—.
¡Mira los números! ¡Usan a los forasteros como filtros vivos!
La piedra ya no les alcanza y los queman para procesar la energía.
Cuando se acaben los de la Periferia, ¿de dónde crees que van a sacar poder para mantener el clima perfecto de los de arriba? ¡Vendrán por nosotros!
Pero el otro operario estaba encorvado, frotándose las rodillas y las sienes con una violencia nacida del dolor. Su rostro estaba bañado en un sudor frío, destrozado por la agonía sensorial.
—¡Al diablo con lo que pase en el Nivel 9!
—rugió, con la voz rota y los ojos inyectados en sangre, dándole un manotazo al papel—.
¡Esa gente de la periferia no es de los nuestros!
Si quemar a unos cuantos forasteros era el precio para que mis huesos no sintieran este maldito infierno, ¡que los quemen a todos!
El mensaje tiene razón, fue el desgraciado de Daxen quien apagó las campanas. ¡Quiero que vuelva el Tañido!
Istryel me tomó del brazo, tirando de mí hacia las sombras antes de que la pelea estallara por completo.
No podíamos intervenir. La ciudad se estaba dividiendo exactamente en esas dos mitades: los que despertaban ante la verdad de su propia explotación, y los que, consumidos por el dolor físico, estaban dispuestos a sacrificar a quien fuera con tal de recuperar su trance.
Esquivando dos patrullas más y soportando el incesante eco de los amplificadores que nos culpaban de todo, logramos alcanzar la mole de piedra de la Gran Biblioteca. Descendimos en silencio por la escalera oculta, dejando atrás el clamor de las calles.
El Archivo de las Sombras nos recibió. Zelán estaba junto a la gran mesa de roble negro. Apenas unos minutos después de nuestra llegada, el muro de piedra de la entrada secundaria crujió y aparecieron Daxen, Lia y Belthor.
El Intendente Técnico lucía exhausto. Era, en ese preciso momento, el hombre más buscado de todo Solheim.
—El mensaje se ha esparcido con éxito en todas partes —informé de inmediato, reuniéndonos alrededor de la mesa—.
Vimos las hojas circulando. Pero la población se está fracturando de forma brutal.
La información no basta para todos; el dolor de la agonía sensorial es tan fuerte que muchos prefieren creerle a Varkas y recuperar el Tañido sin importarles el matadero del Nivel 9.
—Varkas es rápido —concedió Lia, con el rostro serio—.
Usar a Daxen como el único rostro del sabotaje canaliza la ira del pueblo.
El toque de queda no es solo para controlar los disturbios; es para dejarnos sin el amparo de la multitud.
A las cinco de la tarde, las calles estarán vacías, y cualquiera que respire afuera será un objetivo para los guardias.
Daxen apoyó ambas manos sobre la mesa. Su mirada reflejaba una inquietud profunda que me heló la sangre.
—El toque de queda no es solo para vaciar las calles y buscarnos —dijo Daxen, con la voz grave y tensa—. Mientras veníamos hacia aquí, nos ocultamos cerca de las rampas principales que conectan la Avenida 7 con la Zona Media. Vi movimiento, Elial. Movimiento pesado.
Nos miró a todos, asegurándose de que comprendiéramos la gravedad de sus palabras.
—Varkas está aprovechando la tensión de los anuncios y el hecho de que la gente se concentra en sus propios sufrimientos para movilizar maquinaria pesada desde la cima directamente hacia las calles de Solheim.
Vi caravanas de hierro cubiertos con lonas de plomo descendiendo para apoderarse de las plazas y cruces principales.
Como Intendente Técnico, conozco cada engranaje, cada aleación y cada máquina registrada en esta ciudad.
Pero lo que vi hoy desplegándose en la superficie... no sé qué es.
Daxen apretó los puños contra la madera.
—Es maquinaria desconocida. Algo enorme, oscuro y que no figura en ningún manifiesto o archivo de la Intendencia. Varkas ha mantenido un arsenal secreto fuera de los libros, y sea lo que sea, lo está instalando en nuestras propias calles ahora mismo.
El silencio en el Archivo de las Sombras se volvió denso. Zelán dio un paso al frente, acercándose a la mesa. En su rostro agrietado por los años no había duda.
—Es algo que no podemos controlar. Lo positivo es que he hablado con mis contactos, los eruditos y líderes a los que les entregué los documentos.
La información está haciendo su trabajo.
Una gran parte de la población por fin lo entiende.
Se han dado cuenta de que las campanas de Bronce Negro no les permitían pensar ni percibir la realidad; ahora comprenden cómo el Tañido los ha tenido controlados todo este tiempo. Muchos están furiosos al ver la verdad.
Zelán nos miró a todos, buscando apoyo para su plan.
—Si pudiéramos ponernos de acuerdo... Si logramos organizar entre todos una revuelta masiva al mismo tiempo en la Zona Media, y al mismo tiempo avisar a los Excluidos de la Periferia para que presionen desde el exterior, podríamos hacer que Varkas se rinda.
El Consejo no podrá seguir sin los obreros.
Varkas no es nada sin sus trabajadores; sus minas no trabajarán solas y no podrán extraer la Solstrita. Tiene que ceder.
Negué con la cabeza lentamente, sintiendo el peso de la cruda realidad de los márgenes.
—Es una idea noble, Zelán, pero allá afuera la realidad no es un simple despertar colectivo —dije, recordando a los dos mineros que acababa de ver peleando a golpes en el callejón—. Varkas no va a ceder, porque no está enfrentando a un pueblo unido.
Miré a Istryel y luego al anciano.
—Es cierto que muchos han despertado y están furiosos, pero hay otra mitad de la ciudad a la que no le importa lo que hagan los del Consejo.
Están sufriendo el infierno de la agonía sensorial y solo quieren que el Tañido vuelva a suprimir su angustia.
Si convocamos una revuelta ahora, no pelearemos solo contra la Guardia; pelearemos contra nuestros propios vecinos.
Los esclavos del tañido pelearan contra los que intenten rebelarse, con tal de ganarse el favor de Varkas y recuperar su trance.
—Y Elial tiene razón en algo más —añadió el Intendente, endureciendo la voz—.
Asumes que Varkas actúa por la codicia de las minas, Zelán.
Que le importa preservar a los obreros porque necesita que las minas funcionen.
Pero si Varkas está aprovechando la confusión para desplegar un arsenal secreto y llenando de guardias cada plaza de Solheim para el toque de queda, no busca negociar ni proteger a sus trabajadores.
Daxen apretó los puños.
—Varkas busca exterminar la disidencia de raíz —sentenció Daxen—.
Una revuelta masiva no sería un alzamiento, sería facilitarle el trabajo.
Entregaríamos a nuestros aliados en el mismo cruce para que esa maquinaria desconocida los vuelva polvo.
Si atacamos de frente ahora mismo, será una carnicería a ambos lados del muro.
El anciano custodio bajó la mirada.
—Entonces... ¿qué hacemos? —preguntó Zelán, con la voz apagada—. Quedan apenas unas horas para el toque de queda. Si no podemos marchar, ¿cómo detenemos esas máquinas?