Solheim La Disonancia Capítulo 23 La guerra de información #2
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Capítulo 23 La guerra de información #2

—Yo puedo ayudar en eso. Conozco personas influyentes, a las que sus vecinos escuchan y respetan, son voces con mucho peso en sus comunidades.

Los convocaré en secreto y les contaré lo que está sucediendo.

Si ellos esparcen la información en sus círculos, la gente les creerá.

Será una propagación orgánica, basada en la confianza y no en la desesperación.

—Es un plan brillante para movilizar a una parte de la población —intervino Lia—, pero no es lo suficientemente rápido para frenar el caos en los callejones.

La gente que está sufriendo el pánico va a buscar refugio en los lugares más concurridos.

Si queremos que la verdad se propague como el vapor, el resto de nosotros tendrá que arriesgarse a salir, contar la verdad y repartir las pruebas de lo que hace el consejo.

Belthor soltó una risa ronca.

—Yo buscaré a Marek, de El Prisma de Ámbar —dijo, ajustándose los guantes de cuero—. Él controla los rumores de la Zona Media. Si esparce la verdad entre sus clientes de confianza, la noticia inundará los distritos administrativos en cuestión de horas.

—Yo iré a los grandes comedores de la Zona Media —indicó Lia.

—Y yo me moveré a los despachos privados de los Jefes de Sección que pienso aún conservan algo de criterio —agregó Daxen—. Si les muestro estos documentos a puerta cerrada, entenderán que el sistema está a punto de colapsar.

Istryel y yo nos miramos.

—Nosotros iremos a los márgenes —dije—. Entregaremos los documentos en El Brillo de Sol, la taberna donde se reúnen los mineros y les contaremos todo lo que sabemos. Cuando la desesperación los vuelva locos buscarán algo fuerte para calmarse.

Repartimos los fajos. Afuera, la ciudad era un hormiguero a punto de estallar: transeúntes aturdidos que se sujetaban la cabeza en las esquinas, intentando asimilar la lucidez, y patrullas de la Guardia cruzando la calle con la mano en el bastón. Tragué saliva y me ajusté la túnica.

—Andando —murmuró Belthor—. Nos vemos del otro lado del caos.

Istryel y yo dejamos atrás la quietud de la Gran Biblioteca y caminamos hacia el Margen Norte. Nos acercamos a las fachadas de basalto negro y a los callejones estrechos, saturados por el humo de las chimeneas.

El ambiente vibraba con una hostilidad desesperada. Decenas de personas se arremolinaban en la calle. Algunos caminaban con movimientos erráticos, hiperventilando, con las manos aferradas al cráneo. Gritaban con voces rotas hacia las torres, suplicando por la frecuencia.

En cada cruce nos topábamos con los bloqueos de la Guardia. Algunos encendían sus bastones de frecuencia, usando el zumbido del metal para apaciguar a las personas más revoltosas, y a lo lejos vi cómo se llevaban a varios arrestados.

Istryel y yo debíamos escondernos contra la piedra a cada instante; no podían detenernos o todo se acabaría para nosotros.

Las personas a nuestro alrededor se veían nerviosas, asustadas por la lucidez, y aunque la sola presencia de los guardias los detenía, las quejas y los lamentos no paraban.

La Guardia permanecía alerta, vigilando las avenidas.

Teníamos que cambiar de camino a cada nada, retrocediendo por pasajes alejados de las rutas principales, hasta que por fin llegamos a El Brillo de Sol.

Era temprano, pero la taberna estaba a reventar.

El humo de turba y el olor a licor barato pesaban en el aire.

En las mesas, nadie bebía en paz. Las conversaciones eran un siseo rápido y rudo que se cortaba en seco cada vez que alguien pisaba el piso de madera.

Algunos se veían respirando agitados, otros se frotaban las sienes.

Nos abrimos paso hasta la barra. El dueño del local, un hombre rudo que conocía de sobra mi rostro, me miró con los ojos entrecerrados mientras limpiaba un vaso de cristal grueso con un trapo.

Me incliné sobre la madera, escudando el movimiento con mi propio cuerpo, y extraje de mi túnica el fajo de papel, deslizándolo directamente sobre el mostrador.

—Necesito tu ayuda para esparcir esta verdad —le susurré, asegurándome de que solo él me escuchara por encima del estruendo—.

Muchos creen que el Tañido era un regalo, pero la realidad es muy diferente.

El Consejo lo usaba para controlarnos; anulaban nuestro instinto de supervivencia para domarnos y exprimirnos en la roca sin que nos quejáramos.

La gente está colapsando hoy porque nadie aquí está acostumbrado a esta lucidez repentina.

Quienes tienen el poder son capaces de cualquier cosa para no perderlo, pero no podemos permitir que nos sigan utilizando como esclavos.

Golpeé los documentos con los nudillos.

—Estas son pruebas selladas por la Intendencia. La Solstrita ya no les basta. Están usando personas vivas como combustible para saciar a La Corona. Esa aberración está a punto de reventar el Transmutador y dejarnos a todos sin nada. Diles que lo lean. Yo mismo vi el infierno ahí abajo.

El tabernero detuvo su trapo. Su mirada, antes llena de suspicacia, se clavó en la mía con una intensidad repentina.

—Bajé hasta el fondo de la mina, a los sectores restringidos del Nivel 9 —continué, sintiendo que la rabia me tensaba la mandíbula—.

Allí encontré a varios habitantes de la periferia encerrados en cápsulas de cristal.

El Consejo está utilizando un mineral oscuro lleno de una energía violenta.

Usan a esa gente para convertir la fuerza bruta en algo parecido a la energía original de la Solstrita.

Pero es un flujo adulterado, no es igual.

La están inyectando en un sistema que no está preparado para tragarla.

La máquina está a punto de colapsar por la presión y va a destruirnos con ella.

El dueño frunció el ceño. Sabía lo que estaba pensando; a la gente de los márgenes nunca le habían importado los Excluidos, los consideraban un problema de limpieza, no sus iguales. Me adelanté a su desprecio antes de que hablara.

—Sé que no les importan los de afuera, pero esa energía sucia está colapsando el sistema.

Y piensa en esto: el apetito de La Corona no tiene fin.

Es cierto que la Oscilancia nos mantiene sanos, pero somos nosotros quienes nos rompemos la espalda en la roca para sostenerlo todo.

Cuando la carne de los forasteros ya no sea suficiente para sostener su maldito clima perfecto y esas vidas centenarias que ellos disfrutan sin mover un dedo, ¿de dónde crees que sacarán los siguientes filtros vivos?

No van a buscar en la Zona Media con los administrativos. Vendrán por nosotros.

El tabernero bajó la vista hacia los documentos.

Vio la explicación escrita, las comparativas evidentes y los sellos oficiales de calibración de El Cénit.

Luego volvió a mirarme a los ojos. Me conocía; sabía que un minero no bromeaba con esas cosas.

Su hostilidad desconfiada cambió a un asombro gélido, asimilando de golpe que el dolor en sus huesos, las cuotas asesinas y la amenaza de ser los siguientes estaban conectados.

—Haz que circule —añadió Istryel a mi lado, con frialdad—. Que la verdad corra antes de que el Consejo invente una mentira para culparnos del silencio.

No esperamos su respuesta. Antes de que el tabernero pudiera asimilar del todo el peso de lo que tenía entre las manos, nos dimos la vuelta y nos perdimos de nuevo entre la multitud hostil, saliendo rápidamente al aire frío del Margen Norte.