Solheim La Disonancia Capítulo 23 La guerra de información
88%

Capítulo 23 La guerra de información

Dentro de las Venas del Creador, bajo esa luz limpia, éramos intocables.

Pero la calma era una trampa; el tiempo corría y desde ese encierro no podíamos asestar el golpe.

Teníamos que subir a la superficie ya. Miré a los demás.

Estábamos cubiertos de escoria, sudor y hollín.

Si asomábamos la cabeza en La Corona con esos harapos, llamaríamos la atención de todas las patrullas del sector en segundos.

Llegué a los vestuarios de supervisión. Mientras forzaba las taquillas buscando los repuestos administrativos, una silueta corpulenta me cortó el paso.

—¿Te perdiste? —gruñó el hombre, irritado—. Te ves como si te hubiera escupido una caldera.

—Mi supervisor me envió por unos uniformes limpios —mentí con voz áspera—. Los estoy buscando.

Me señaló el fondo de la sala con un gesto tenso.

Fui hasta los casilleros y abrí puertas a tirones.

Necesitaba cinco, y las medidas eran un infierno.

Revolví los estantes tirando ropa al suelo, buscando desesperadamente una túnica enorme para Belthor y una pequeña para Lia.

El tiempo se me escurría. Cuando por fin junté las cinco que mejor servirían, las aferré bajo el brazo y salí rápido.

—¿Elial? —Una voz familiar me detuvo en el pasillo—. ¿Qué haces aquí abajo con esa facha?

Me giré. Era mi antiguo jefe de cuadrilla. Estaba pálido, escrutando las sombras del pasillo con una paranoia que nunca le había visto.

—Un asunto administrativo —respondí, aferrando los trajes.

—No me mientas —jadeó, sosteniéndome la mirada—. Sé perfectamente que no perteneces a esta zona y andas a escondidas. Han sucedido muchas cosas estos días, que estés aquí es muy sospechoso. Me duele la cabeza. ¿Acaso tienes algo que ver con lo que está pasando en la ciudad?

Lo evalué un segundo. Era un líder, un hombre al que todos escucharían en los túneles y en quien podía confiar. Asumí el riesgo.

—Tienes razón, estoy metido en esto. Ya habrás notado que las campanas siguen sonando, pero ya no tienen poder sobre ti.

El Tañido era una trampa: una paz artificial para apagarnos el instinto de supervivencia y usarnos como bestias de carga sin enfrentar un solo motín.

Rompimos el núcleo. La lucidez que sientes ahora es pura y no va a volver a apagarse.

Sus ojos se abrieron de par en par. No dijo nada.

—Pasa la voz a nuestra gente —sentencié—. Que despierten. Y cuídate las espaldas, porque el Consejo no se quedará de brazos cruzados.

Lo dejé atrás y me fundí con las sombras del pasillo. Alcanzé la zona donde estaba la puerta, busqué la marca en la piedra, utilicé el disco para abrir y el basalto me tragó de vuelta.

Al subir al Nivel 6, arrojé el fardo de ropa sobre la mesa de obsidiana. El grupo se levantó con movimientos lentos.

—Estas prendas funcionarán bien, pero estamos cubiertos de una capa gruesa de hollín en las manos y en la cara — dijo Lia, mostrando sus manos.

—Tendremos que bajar al Nivel 8 —les dije—. Allí hay una fuente de agua donde podremos limpiarnos.

Bajamos al Nivel 8. Todos se detuvieron, sorprendidos por el jardín interno y por esas plantas que parecían extraídas de otro mundo. Recordé la primera vez que crucé ese umbral; a mí me había pasado exactamente lo mismo.

—Nadie pensaría que algo así se oculta detrás de la roca —murmuró Lia.

—Todo dentro de este lugar de los Creadores es increíble —añadió Daxen—. Es como estar en La Corona, pero con una sensación mucho más pura.

Usamos el agua limpia de la fuente para quitarnos el hollín del rostro y las manos. Después nos calzamos las ropas robadas: túnicas con capas de paño gris y marrón que nos daban el aspecto idóneo de los técnicos de la Zona Media.

—Afuera es territorio hostil. Varkas ya debe haber sellado la ciudad entera buscándonos —dijo Daxen, ajustándose el cuello rígido de su túnica.

—Por eso no podemos salir todos juntos —indiqué—. Cinco técnicos en ese callejón atraerán a las patrullas, pero el verdadero riesgo es tu rostro, Daxen. Arriba todos te conocen. Si te reconocen bajo esa túnica, estamos muertos. Nos dividiremos y llegaremos al Archivo por separado. ¡Subamos ya!

Los demás fueron antes que Istryel y yo.

Después de esperar, subimos a la cápsula y empezó el ascenso.

Un minuto después llegamos hasta la cima.

Istryel y yo salimos a la pequeña habitación cubierta de polvo grisáceo.

Belthor, Daxen y Lia nos esperaban allí, inmóviles, frente al muro de piedra que nos separaba de la biblioteca privada del Alto Consejero.

—¿Y si hay alguien al otro lado y nos descubren? —susurró.

Istryel intervino de inmediato. —No es problema. Hay un mecanismo para mirar primero —le aseguró en voz baja.

Asentí. Deslicé los dedos por la moldura de piedra junto al marco. Tanteé hasta encontrar la hendidura oculta, presioné y el visor de espejos se desplegó desde la roca con un chasquido inaudible.

Me acerqué al visor para observar la habitación. La luz pálida de la mañana se filtraba por los grandes ventanales. La estancia estaba vacía, pero en el pasillo de acceso una figura pasó a paso lento sin mirar hacia dentro.

—Está despejado —anuncié en un susurro, retrayendo el visor—. Pero hay movimiento en la mansión; cualquier ruido alertará a los sirvientes.

Encajé el disco en la ranura. La pared se deslizó sin emitir un solo roce, dándonos paso al interior.

Salimos del cuarto como sombras. Nos deslizamos pegados a los anaqueles, conteniendo el aliento ante cada crujido del parquet.

Los sonidos de la casa empezaban a cobrar vida: puertas que se abrían, pasos apresurados y el eco de voces en la planta baja.

Un par de segundos más y alguien entraría a descorrer las cortinas.

Llegamos al panel de madera que Istryel y yo ya conocíamos, junto al ventanal del pasaje de servicio. Me asomé al marco con cautela. Fuera, un mozo apoyaba el lomo contra la pared de piedra, apurando un cigarrillo.

No podíamos salir. En ese instante, unos pasos resonaron muy cerca en el pasillo. Sostuve el aire en los pulmones; a mi espalda, el grupo entero se congeló. Nadie pestañeó. Esperamos más de un minuto en un silencio absoluto, hasta que el mozo arrojó la colilla y se fue.

Abrí la puerta apenas una rendija. El aire frío de la mañana nos golpeó el rostro. La callejuela de mármol estaba despejada.

—Nos vemos en la biblioteca —murmuró Belthor.

El gigante se ajustó la capucha, salió primero y giró hacia el este, su enorme silueta perdiéndose rápidamente entre las sombras de los palacetes de piedra clara.

Daxen y Lia salieron un minuto después, en dirección contraria.

Istryel y yo fuimos los últimos. Al pisar los adoquines impecables de La Corona, noté de inmediato una irregularidad en la vigilancia.

En un día normal, esta avenida estaría repleta de guardias vigilando obsesivamente que nadie de los anillos inferiores manchara la vista.

Hoy, sin embargo, las patrullas eran casi inexistentes.

Varkas debía haber reubicado a sus hombres hacia los muros y los distritos inferiores, anticipando dónde estallaría realmente el problema.

Istryel y yo comenzamos nuestro camino hacia la Zona Media, rumbo al Archivo de las Sombras.

A medida que dejábamos atrás los palacetes de mármol y entrábamos en el territorio de los distritos administrativos, la atmósfera cambió drásticamente.

Las miradas se cruzaban con hostilidad, los pasos eran tensos.

La gente se movía con los hombros rígidos.

El verdadero caos estaba empezando a hervir justo debajo de la élite.

A medida que nos acercábamos a la Gran Biblioteca, un eco violento rompió la tensa quietud.

Un clamor humano, desesperado. Istryel me tiró del brazo y nos empujó detrás de una gruesa columna de caliza.

Hundimos el rostro bajo las capuchas, apretando la espalda contra la piedra.

Varkas nos cazaba; si un oficial reconocía nuestras facciones bajo la túnica, estábamos muertos.

No nos atrevimos a asomarnos por la esquina.

Desde nuestro escondite, sólo podíamos escuchar a decenas de personas suplicando que les devolvieran las campanas, rogando por la descarga de paz que apagara el terror que ahora los devoraba vivos.

De repente, las súplicas se cortaron de golpe.

Un chirrido agudo rasgó el aire, seguido casi al instante por el caos de una estampida.

La turba se desmoronó por completo. Las personas aparecieron por la intersección, retrocediendo a tropezones y huyendo despavoridos hacia los callejones inferiores con los rostros desencajados por el terror.

Tras ellos, el eco de las botas de la Guardia marcó el avance de la represión.

Istryel apretó la espalda contra la piedra, fundiéndose con la sombra para evadir la línea de visión de los uniformados que barrían la calle.

—Aprovechemos la estampida.

Dimos la espalda a la brutalidad de la calle y nos escurrimos hacia la Gran Biblioteca.

Esquivando los corredores principales, alcanzamos la sección de Historia Oficial.

Presioné el sillar de piedra. La escalera se reveló ante nosotros y descendimos hacia la oscuridad, tragados por el subsuelo mientras el caos devoraba la superficie.

El inconfundible olor a tierra húmeda y cuero viejo nos envolvieron como un manto protector.

Al pie de la escalera de caracol, bajo la luz cálida y parpadeante de las lámparas de aceite, Belthor, Daxen y Lia ya nos esperaban junto a Zelán frente la inmensa mesa de roble negro, donde tenían las copias del documento sellado por Zael.

—Las calles están a punto de hervir —dije—. Istryel y yo vimos cómo usaban los bastones de resonancia para paralizar y quebrar un grupo que sufría el choque de lucidez. Necesitamos hacerles llegar la verdad de todo.

Zelán asintió lentamente.