Capítulo 22 El tren de carga
La voz de Garek me sacó de mi letargo. Abrí mis ojos y me levanté lentamente. Garek estaba junto a la ropa, palpando cada prenda con sus manos.
—Están secas —anunció, descolgando las prendas—. La sal las dejó tiesas como cartón, pero al menos ya no conservan humedad. ¡Vístanse!
Nos vestimos por capas. Usamos nuestras prendas secas como base, pero la verdadera armadura fueron los despojos de Garek.
Nos hundimos en los abrigos pesados de cuero curtido y lana hervida, sintiendo su peso tosco sobre los hombros.
Mi cuerpo se resistía a salir de nuevo a los helados vientos pero no había tiempo que perder.
—Es hora de cruzar la Barrera Volcánica —dijo Greak, mirándonos con ojos afilados—. Si nos movemos rápido por los desfiladeros, alcanzaremos la vía justo cuando la máquina del carbón pase rugiendo. ¡Andando!
Garek aferró su barra de metal y apartó la cortina de lona encerada. La intemperie nos escupió una ráfaga helada de frente, pero esta vez, el hielo rebotó contra el cuero.
Soplaba un viento cortante que parecía buscar cualquier rendija en nuestras ropas calientes para robarnos el calor que habíamos acumulado junto al brasero. Salimos a la oscuridad, dejando atrás el refugio para enfrentarnos a la crudeza de la noche.
Caminamos hasta dejar los restos de la antigua ciudad atrás y llegamos a donde la montaña reclamaba el terreno como suyo. En solo ese trayecto el frío ya había logrado traspasar hasta helar mi piel.
Garek nos guió a través de estrechos desfiladeros de basalto donde las paredes de piedra negra amenazaban con aplastarnos. La oscuridad solo se quebraba por el resplandor pálido de La Aguja refractado en las nubes y sobre la escarcha de las grietas. Era un terreno traicionero.
Daxen avanzaba a tropezones ciegos, patinando contra la roca hasta que las piernas le fallaron.
Belthor lo enganchó del brazo antes de que cayera, cargando con la mitad de su peso sin aflojar el paso.
A su lado, Istryel sostenía a Lia. La muchacha avanzaba en silencio, con la respiración reducida a un silbido agónico y la piel del rostro cortada por el hielo, pero se negaba a detenerse.
Caminar a tientas nos consumía las pocas fuerzas que nos quedaban. No había margen para el descanso: detenernos un minuto significaba congelarnos o perder el tren.
Finalmente logramos salir de la montaña y alcanzamos el sector de la Periferia Oeste antes de la hora en la que pasaba el tren.
Nos agazapamos entre los escombros y la nieve de los antiguos edificios, tiritando mientras esperábamos junto a las vías.
Mis piernas ardían, el frío nos congelaba, el cansancio nos azotaba.
Dudé que fuera a pasar el tren, el rostro de todos mostraba desesperación.
No sé si fueron horas o minutos pero el tiempo se estiró dolorosamente en la intemperie, hasta que un temblor en la tierra quebró la espera.
El Tren de Carga Minero, un coloso de hierro y humo negro, apareció rasgando la bruma de la madrugada.
El laberinto de ruinas de la Periferia Oeste lo obligaba a frenar su embestida; las ruedas chillaban contra los rieles, ahogadas por el estruendo ensordecedor de los pesados vagones de escoria chocando entre sí. Pasó junto a nosotros.
—¡Es ahora! —gritó Garek por encima del rugido mecánico.
Aprovechando la oscuridad y la lentitud de la colosal máquina, salimos de nuestro escondite y corrimos en paralelo al acero en movimiento.
Garek me impulsó desde abajo; rodé sobre el borde y me anclé al interior del vagón.
Abajo, nuestro guía y la fuerza bruta de Belthor levantaron a Daxen y a Lia.
Tiré de ellos desde arriba, arrastrándolos a tirones hacia la escoria.
Belthor trepó de inmediato con un gruñido pesado.
Faltaba Istryel. No pidió apoyo; cazó el ritmo de la máquina y saltó por sus propios medios, cayendo a mi lado.
Me asomé apenas por el borde metálico del vagón justo a tiempo para ver a Garek detenerse junto a las vías. Levantó su barra de metal a modo de saludo y se dio la vuelta, perdiéndose rápidamente entre la nieve y la bruma.
Acostado sobre la escoria sucia, con la respiración contenida y el sabor a hollín en la garganta, sentí cómo el tren aceleraba lentamente su marcha. El coloso de hierro nos llevaba directo hacia la Boca de Hierro, listos para infiltrarnos en las profundidades de la mina.
Pronto, el coloso de hierro detuvo casi por completo su paso, llegamos a la puerta de entrada, cruzamos lentamente hasta adentrarnos al interior de la montaña.
Cuando estábamos lejos de la vista de los guardas, saltamos por el borde del vagón, aterrizando a duras penas sobre el suelo de piedra irregular.
Nos arrastramos de inmediato para escondernos tras los viejos puntales de madera podrida de la caverna.
Nos pusimos en pie en la penumbra, sacudiéndonos como podíamos. La gruesa capa de escoria y hollín del tren se había adherido a nuestros abrigos, formando una costra pestilente. Daxen, con el rostro completamente ennegrecido por el carbón, parecía un espectro exhumado de los pozos.
Nos adentramos en la caverna, alejándonos del eco de los rieles y de los guardias del portón, hasta dar con la pared de basalto sólido que yo buscaba. Saqué el disco de mi bolsillo, busqué con los dedos la ranura en la roca y lo encajé con un chasquido.
El bloque de basalto se deslizó con un pequeño susurro, revelando el pasadizo inmaculado y la luz blanca de Las Venas del Creador. Entramos rápidamente y al retirar el disco la pared se selló a nuestras espaldas, devolviéndonos el silencio.
—Bajaremos al Nivel 6 —dije—. Será el mejor lugar para refugiarnos, quitarnos este hollín de encima y pensar con claridad en nuestro siguiente movimiento antes de subir a las calles de la ciudad.
Istryel asintió, dándome la razón. Ajusté la muesca del disco hacia el número seis y la puerta de metal se deslizó con suavidad.
Lia observó el diminuto tubo de metal.
—Ahí no entramos los cinco. De hecho, si intentamos meter a alguien más junto a Belthor, el exceso de volumen y peso podría atascar el mecanismo neumático entre los niveles.
Daxen soltó un suspiro de frustración, pasándose una mano ennegrecida por el rostro, dejando marcas pálidas sobre el hollín.
—Tendremos que dividirnos y hacer tres viajes —concluí—. Istryel, tú conoces la sala del archivo del Nivel 6 tan bien como yo. Baja tú primero con Lia. Belthor, tú descenderás solo en el segundo viaje. Daxen y yo bajaremos al final.
Las mujeres asintieron. Istryel y Lia se acomodaron en el interior de la estrecha cápsula, hombro con hombro.
Retiré el disco de la ranura exterior, la puerta se cerró con un zumbido armónico y el cilindro salió disparado hacia abajo, dejándonos a Belthor, a Daxen y a mí aguardando en el silencio blanco del pasadizo.
Daxen se frotó los brazos. Aquí el silencio era un abrazo reparador.
—Estamos fuera del mapa —murmuró el Intendente, mirando las paredes de cerámica pulida con una mezcla de reverencia y alivio—. He revisado miles de planos estructurales de Solheim en mi despacho, Elial. Esta red no existe en ninguno de ellos. Literalmente hemos desaparecido de la ciudad.
Introduje el disco en el panel exterior para llamar de vuelta el transporte.
Los minutos pasaron con una tranquilidad que no habíamos sentido desde los muelles.
De pronto, un suave parpadeo de luz azul anunció el regreso del cilindro desde las profundidades.
La puerta metálica se deslizó en silencio, revelando el habitáculo vacío.
El viejo ingeniero se metió en la cápsula, teniendo que encorvar los hombros y meter el estómago para no rozar las paredes. Retiré el disco. La puerta apenas logró cerrarse sin rozar su nariz antes de que el cilindro volviera a hundirse.
Tuvimos que esperar nuestra ronda en esa calma.
Volví a meter la llave metálica en la pared y aguardamos hasta que la cápsula regresó.
Daxen y yo entramos a duras penas, y el espacio minúsculo se llenó de inmediato con el olor a humo de tren y sudor frío que traíamos encima.
Desde el umbral, arranqué el disco del panel exterior con un tirón rápido y me acomodé dentro justo a tiempo para que las puertas se sellaran y comenzáramos nuestro descenso.
La cápsula bajó con su suavidad habitual, sin fricción alguna. Sentí la presión en los oídos a medida que dejábamos atrás el Nivel 1 y nos hundíamos más y más en las entrañas de la montaña.
El movimiento cesó con un susurro y las puertas se abrieron
Istryel, Lia y Belthor nos esperaban junto a una de las mesas de obsidiana. Belthor estaba sentado, exhalando un largo suspiro reparador en una silla antigua que crujió bajo su peso.
Me quité el pesado abrigo de Garek, dejando que el cuero y la lana cayeran al suelo. Los demás me imitaron, liberándose del peso y la escoria del tren.
—Menos mal que no hay nadie mirando, porque si el Creador viera cómo estamos manchando su suelo inmaculado, nos echaría por pura vergüenza —bromeó el viejo forjador, señalando el rastro de escoria negra y hollín del tren minero que habíamos traído con nosotros.
Lia lo miró con una media sonrisa, permitiéndose un raro momento de alivio.
—Tiene razón en algo. Nuestro aspecto es deplorable. Pero estamos seguros aquí abajo. Varkas estará volteando la ciudad entera buscándonos, pero nadie vendrá a derribar esta entrada. Recuperemos el aliento antes de decidir cómo salir de este agujero.
Daxen asintió lentamente, pero su atención no estaba en nosotros. Sus ojos recorrían las inmensas estanterías y la luz perpetua que bañaba la sala, procesando la magnitud del hallazgo.
—Toda mi vida creí conocer los cimientos de esta montaña —murmuró Daxen, deslizando sus dedos ennegrecidos sobre la superficie pulida de la mesa—. Varkas y los demás se creen dueños de la historia, pero no son más que usurpadores ignorantes.
Metió la mano en su túnica arruinada y extrajo los fajos de papel. Los depositó con cuidado sobre la obsidiana.
—Esta verdad debe salir a la superficie. El Consejo debe perder su poder.
Todos lo miramos asintiendo sus palabras.
Arriba nos esperaba el caos de una población sin el Tañido, un Consejo como una bestia herida, muy alerta y peligrosa. Aquí abajo había paz, pero era momentánea. Nos quedamos en silencio y por un instante nos olvidamos del tiempo.