Solheim La Disonancia Capítulo 21 El choque térmico #2
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Capítulo 21 El choque térmico #2

—No tendrán que hacerlo solos —intervino Daxen, acercándose al brasero con los labios amoratados por el frío.

Metió la mano temblorosa en el interior de su túnica y extrajo una gruesa funda de cuero encerado.

La abrió con cuidado sobre sus rodillas y sacó los fajos de papel, completamente intactos—.

Aquí tenemos unas copias selladas del Cénit.

El diagrama exacto de cómo adulteran la energía.

Elial e Istryel son los testigos de lo que ocurre en el Nivel 9 con el Sustento Negro, y estos papeles son la prueba física irrefutable de que La Corona se alimenta de la vida de los suyos.

Daxen me miró, apretando la mandíbula para controlar el castañeteo de sus dientes.

—La ciudad sufre un choque de lucidez... están furiosos. Si Varkas controla la narrativa, justificará una carnicería. Hay que golpear primero.

Se abrazó a sí mismo, apretando la túnica empapada contra su pecho para soportar un espasmo.

—Les haremos saber que el Tañido no era un regalo. Cuando lo asimilen les mostraremos esta sangre de los registros. Su confusión romperá a la Guardia desde adentro… mientras ustedes presionan desde la intemperie.

Istryel, que se estaba frotando las manos sobre las brasas para recuperar el calor, levantó la vista con una expresión sombría.

—El problema, Daxen, es cómo vamos a llegar a las calles de la ciudad.

Varkas sabrá que escapamos por el mar al ver que nos esfumamos del taller.

Para el amanecer tendrá los muelles sellados.

La Puerta Sur, la Puerta Noroeste... cada entrada a Solheim estará vigilada por muchos guardias.

Entrar a la ciudad hoy, cargados de documentos subversivos, será mil veces más difícil que haber escapado de ella.

—Hay otra forma. No usaremos las puertas de tránsito ni el puerto. Varkas blindará esas puertas, pero nadie adivinaría este plan.

Me acerqué un paso más al fuego.

—Podemos utilizar el Tren de Carga Minero.

Daxen frunció el ceño, pero Istryel asintió lentamente.

—Entraremos por la Boca de Hierro —continué—.

Cuando estuve ahí, solo dos hombres operaban el portón.

Si la cacería de Varkas los ha obligado a reforzar los muros principales e ignorar el acceso minero, ese será nuestro punto ciego.

Una vez que saltemos de los vagones, la oscuridad del Nivel 1 nos tragará.

Conozco esas cavernas; están muertas. Seremos invisibles.

Saqué el disco de metal de mi bolsillo.

—Ingresaremos con el disco por Las Venas del Creador, eludiendo cualquier control de la Guardia. Desde allí saldremos a las calles, buscaremos apoyo e inundaremos los márgenes con la información.

Garek soltó una risa ronca desde el fondo del refugio, apoyando su barra de metal contra la pared.

—Es una locura absoluta, caminar por la Barrera Volcánica y colarse en el tren del carbón. Pero es el tipo de locura que los de arriba no esperan.

Garek se separó de la pared y nos miró a todos.

—Yo los guiaré por los desfiladeros. Hay un tren de carga que hace su recorrido en la madrugada. Podríamos alcanzar a subirnos a esos vagones. Nos tomará más de horas cruzar por la montaña caminando sobre roca afilada y hielo a oscuras.

Daxen se ajustó la túnica arruinada y asintió.

—Entonces está decidido —dijo el Intendente, guardando las copias de los documentos cerca de su pecho—. Garek nos guiará a ese tren.

Garek soltó una risa seca y negó con la cabeza, señalando los charcos de agua helada que empezaban a formarse bajo nuestras botas.

—Todavía no podemos, nadie va a saltar a ninguna parte aún, intendente.

Tendremos que esperar. Si salen ahora mismo a la intemperie con esa ropa empapada, el viento de la montaña los convertirá en estatuas de hielo mucho antes de que alcancemos las vías del tren.

Ya están al borde del colapso, primero deben entrar en calor.

Me miré los brazos; el cuero de mi abrigo estaba tieso por la escarcha. Daxen tiritaba tan violentamente que apenas podía mantener la mandíbula cerrada, y los labios de Lia tenían un peligroso tinte azulado.

Garek tenía razón. El frío de extramuros no perdona la improvisación.

—Además esa ropa de ciudad no les servirá de nada ahí afuera, ni siquiera seca —gruñó Garek, sacando unas gruesas mantas de piel raída de un rincón y arrojándonoslas—. Quítense lo que traen y acérquense al fuego.

No tuvimos más remedio que obedecer. Improvisamos un tendedero sobre unas vigas de hierro cerca del brasero para nuestras ropas empapadas. Garek hurgó en un arcón metálico y sacó pesados abrigos de lana hervida, cuero curtido y botas forradas; puros despojos de los vertederos.

—Se pondrán esto cuando entren en calor. El tren de carga no cruzará la Periferia Oeste hasta bien entrada la madrugada. Nos toca esperar. Envueltos en las ásperas pieles de Garek, nos sentamos en círculo alrededor del carbón ardiente.

El tiempo se arrastró en el interior del sótano.

El sonido del agua salada goteando y chisporroteando contra las brasas fue nuestra única compañía.

El calor del brasero nos devolvió lentamente la vida a las extremidades entumecidas, mientras el denso olor a lana húmeda, humo y salitre saturaba el aire del refugio.

Observé a Daxen. El hombre que solía caminar con arrogancia por los pasillos de mármol de la Intendencia ahora estaba acurrucado bajo una piel sucia, sin el abrazo constante y perfecto de la Oscilancia.

Garek, que removía los carbones con un atizador, detuvo su movimiento y lo miró fijamente.

—He visto a forasteros fuertes suplicar de rodillas la primera vez que el hielo de Extramuros les muerde la piel —dijo el superviviente, rompiendo el silencio con su voz de grava—.

Para alguien que ha vivido entre lujos y aire tibio, estar sentado en esta inmundicia sin quebrarse requiere valor. Te lo reconozco, Intendente.

Daxen levantó la vista, con los labios aún pálidos por el frío, y exhaló un suspiro áspero.

—Es duro. Mucho más de lo que jamás calculé.

Pero la cima está podrida, Garek. La Corona está en manos de parásitos incompetentes que prefieren reventar la infraestructura antes que perder sus privilegios.

Me da repulsión ver cómo unos idiotas la destruyen por pura gula.

Y si para sacarlos tengo que tragar escarcha, lo haré.

—Les advierto que lo que nos falta para llegar hasta el lado oeste es bastante complicado, así que intenten recobrar sus energías. Yo les aviso cuando estemos listos.

Allí envueltos en las pieles sentimos como poco a poco el calor volvía a nuestros cuerpos, hasta que mis ojos se cerraron después de un rato.