Capítulo 21 El choque térmico
Mientras los pasos se acercaban a la entrada del taller, Belthor tomó una viga de hierro forjado y la encajó en los soportes del marco de la puerta para bloquearla.
Segundos después, el eco de los primeros golpes contra la compuerta de acero hizo temblar todo el taller.
El bloqueo en la puerta no soportaría mucho tiempo.
Istryel apretó los dientes. Pero Belthor soltó una carcajada áspera mientras aferraba una llave de impacto.
—¡Elial, ven aquí!
Corrí hacia él. Un estruendo ensordecedor sacudió el aire y la compuerta se abolló hacia adentro bajo el brutal impacto de los arietes. El viejo ingeniero me guio hacia donde descansaba el motor a medio ensamblar de un Rompehielos Negro.
—¡Ayúdame a sobrecalentar el núcleo de Cobre Rojo! —me señaló la válvula de contención principal—. ¡Fuerza la rueda al máximo, que pase toda la presión!
Me lancé sobre la maquinaria. Mis manos aferraron la rueda de la caldera.
Tiré con todo mi peso, anulando los topes de seguridad.
En cuestión de segundos, la aleación de Cobre Rojo comenzó a zumbar con una frecuencia agresiva y a emitir un calor abrasador.
El metal pasó de un tono oscuro a un rojo cereza brillante.
Una ola de calor salvaje me golpeó el rostro, obligándome a soltar la válvula y retroceder de un salto.
La pura cercanía amenazaba con fundirme la piel.
Los golpes en la compuerta principal se volvieron frenéticos. El acero empezó a rasgarse hacia adentro bajo el asedio.
—¡Ustedes tres! —les gritó Belthor—. ¡Vengan y cúbranse detrás de las bobinas de repuesto y busquen una escotilla de servicio en el suelo! ¡Rápido, es nuestra única salida!
Lia no perdió el tiempo; aferró a Daxen por la túnica y lo arrastró hacia el fondo del taller mientras Istryel tanteaba el suelo manchado de grasa hasta encontrar la rejilla metálica del escape.
El acero se rasgó con un chasquido ensordecedor. La viga de hierro cedió y las bisagras de la puerta principal se reventaron. La compuerta se desplomó con un estruendo sordo y una decena de guardias con hachas de asalto y escudos pesados irrumpieron en el taller.
—¡El núcleo está al límite! —grité.
Belthor los estaba esperando. Empuñando su enorme llave, descargó toda su fuerza contra una gruesa tubería de presión que corría por el techo.
El tubo se partió en dos. El torrente de agua helada cayó directamente sobre el núcleo al rojo vivo.
Me lancé detrás de las pesadas bobinas de repuesto un segundo antes de la detonación.
El estallido de vapor hirviente reventó el centro del taller.
Apreté la cara contra el suelo; la onda térmica pasó rugiendo por encima de nuestra cobertura, pero golpeó de lleno a la vanguardia enemiga.
Los guardias soltaron las armas, cegados y gritando mientras la nube abrasadora les fundía la piel bajo las corazas.
—¡Ahora! ¡A la escotilla! —bramó Belthor.
Aprovechando el caos y la ceguera de los soldados, corrimos hacia el fondo.
Istryel, Daxen y Lia ya habían descendido por el hueco.
Yo salté tras ellos y Belthor fue el último.
Antes de bajar por la escalera de mano, el viejo ingeniero tiró de una palanca en la pared.
Una puerta de seguridad interna, una cuchilla de hierro macizo, se clavó en el suelo con un estruendo, separando el área del taller de la zona de la escotilla.
Caímos en un pasillo de piedra oscuro que descendía en pendiente. Corrimos a ciegas, guiados por el intenso olor a salitre, hasta desembocar en una cueva natural bajo los mismos cimientos del puerto. Un refugio oculto que le daba a nuestro mentor una ventaja estratégica invaluable.
Allí, meciéndose violentamente en las aguas oscuras, nos esperaba un pequeño barco. Era un modelo compacto de Rompehielos Negro que Belthor estaba reparando en secreto.
Subimos a bordo a trompicones. Belthor tomó el timón, encendió la caldera de Solstrita y la proa cobró vida con un zumbido profundo. Aceleramos hacia la salida de la cueva mientras escuchábamos los golpes de los guardias intentando derribar la cuchilla de hierro arriba.
Salimos a mar abierto y la noche nos engulló.
El frío de la intemperie, sin la protección térmica que generaban los expansores de Solheim, nos golpeó con una crudeza salvaje.
Navegamos bordeando la costa de la isla, manteniendo una distancia segura de las farolas y los inmensos muros de granito y metal, adentrándonos en el territorio de la Periferia hasta llegar a la costa este.
El viento aullaba con furia, levantando muros de agua helada que barrían la pequeña embarcación.
Cada ola amenazaba con estrellarnos contra la costa.
Belthor aferró el timón, con los músculos de los brazos tensos al límite, luchando contra una corriente que intentaba devorarnos.
El motor rugió. En un cálculo suicida, el viejo forjador forzó la proa entre las rocas afiladas del barranco.
El casco de metal crujió contra la piedra, encajándose a la fuerza en la grieta natural que los Excluidos usaban como acceso.
El mar intentaba arrancarnos de la roca. Para salir había una escalera de hierro oxidado a escasos metros. Alcanzarla no era un paso, era un salto suicida a través del torrente.
—¡Salten antes de que la próxima ola nos barra! —rugió Belthor, lanzándose primero sobre el abismo negro. Se ancló a los barrotes.
Istryel no dudó; saltó a través de la tormenta y se aferró al metal con agilidad.
Empujé a Daxen. El Intendente saltó a ciegas, chocando contra el hierro con un quejido, pero las enormes manos de Belthor lo atraparon en el aire. Empujé a Lia después, quien logró aferrarse.
No quedaba nadie más. Tomé impulso sobre la cubierta inestable y me lancé a ciegas hacia la pared. Mis guantes chocaron contra el hierro oxidado y me anclé a la escalera justo cuando un zarpazo de espuma helada amenazaba con arrancarnos a todos hacia el abismo.
La estructura oxidada nos permitió ganar el primer tramo sobre el violento oleaje hasta adentrarnos en el interior de una profunda fisura.
Allí había unos toscos peldaños tallados en la piedra.
La subida era empinada, resbaladiza por la escarcha, pero no había otro camino.
Daxen y Lia avanzaban a duras penas, resbalando de vez en cuando, pero Istryel, Belthor y yo tuvimos que tirar de ellos para mantener el equilibrio en los tramos más traicioneros.
Con los pulmones ardiendo y las manos entumecidas por la escarcha, logramos coronar el acantilado y adentrarnos en las sombras de las ruinas de piedra de la Periferia oriental.
El viento gélido del océano azotó nuestras ropas empapadas y el descenso térmico fue inmediato.
Sentí el agua salada cristalizándose contra la piel, entumeciendo nuestros músculos en cuestión de segundos.
Miré la inmensidad del agua negra, la única barrera que ahora nos separaba de la Guardia.
—No podemos detenernos aquí. Tenemos que movernos más al norte. Conozco un lugar.
Istryel asintió de inmediato, adivinando mi destino. Juntos, tomamos la delantera para guiar al grupo a través del laberinto de piedra destrozada, enfilando hacia la zona donde se agrupaban los almacenes truncados de la antigua ciudad.
El trayecto fue una marcha agónica. Daxen temblaba violentamente; su túnica fina era inútil contra las ráfagas que barrían la costa.
Lia lo aferraba por el brazo. A pesar de que la escarcha le cortaba la piel del rostro, tiraba del Intendente a cada paso, apretando los dientes y negándose a soltar una sola queja, mientras Belthor cerraba la marcha para cortarles el viento.
Tras avanzar entre las ruinas, nos detuvimos frente al refugio de Garek.
—Llegamos —susurré, acercándome a los escombros.
Di un par de golpes secos contra el hierro oculto, advirtiendo nuestra presencia.Tiré de la pesada cortina de lona, revelando el acceso. Descendimos rápidamente, escapando del aullido del viento.
El cambio fue un alivio. Nos recibió el olor a carbón. En el centro de la estancia, el pequeño brasero emitía un resplandor rojizo, caldeando el ambiente lo suficiente para que nuestros músculos entumecidos comenzaran a relajarse.
De las sombras del fondo, Garek emergió sosteniendo una barra de metal que bajó de inmediato al reconocer mi rostro y el de Istryel bajo la escarcha. Sin embargo, sus ojos se clavaron en las figuras exhaustas que nos acompañaban.
—Traen consigo el olor a los problemas de la ciudad, Elial —gruñó el Garek, acercándose para arrojar un trozo más de carbón al brasero, sin apartar la vista de la fina pero arruinada túnica de Daxen—.
Y traen a forasteros. Sus ropas gritan que vienen de muy arriba.
No me gusta tener a gente de La Corona en mi sótano.
—Son aliados, Garek. —intervine, dando un paso al frente mientras el calor del fuego empezaba a devolverle la sensibilidad a mis manos—. Él es Belthor, un forjador de los márgenes. Y ellos son Lia y Daxen... un Intendente del Consejo que ha decidido darles la espalda.
Garek enarcó una ceja. Asintió lentamente y dejó la barra de metal a un lado.
—El Tañido ha muerto, Garek. La ciudad está despertando, y el Alto Consejero Varkas ha respondido enviando a su Guardia a cazarnos.
Su rostro se endureció.
—Necesito que salgas ahí fuera. Ve con la esposa de Jiz y con todos los líderes de los campamentos. Alerta a todos los Excluidos que puedas en la Periferia. Diles que el Consejo está fracturado y que su principal arma de control ha sido silenciada. Tienen que estar listos para empujar.
—Lo haré —respondió Garek con voz ronca, una chispa de fuego oscuro brillando en su mirada—. Llevamos mucho tiempo esperando este momento. La Periferia entera arderá si se lo pido. Pero nosotros solos no podemos derribar la estructura del Gran Muro desde afuera.