Capítulo 20 La resaca del tañido #2
—No puedo más... me duelen hasta las articulaciones de los dedos —bramó mi padre, con una voz rasposa y cargada de una irritabilidad cruda que jamás le había escuchado—.
Todo el maldito día rompiéndonos la espalda, tragando polvo sin parar, ¿para qué?
¿Para volver a este agujero húmedo donde el frío se mete por las paredes?
—Y este techo que no deja de crujir... me zumban los oídos de tanta tensión, no hay forma de descansar así —le secundó mi madre.
Me quedé inmóvil, escuchándolos quejarse del agotamiento brutal y de las miserables condiciones que durante décadas habían aceptado.
El velo se había evaporado; sin la frecuencia del Bronce Negro eliminando su preocupación, la cruda realidad de su cansancio y la pobreza de nuestro hogar les estaba golpeando de frente con toda la violencia de la lucidez.
Un nudo de culpa me apretó la garganta al oírlos quebrarse así, despojados de su escudo, pero prefería mil veces su angustia auténtica a la sonrisa vacía de esclavos que el Consejo les había impuesto.
Me levanté y me lavé el rostro, luego fui directo a la cocina, donde engullí un trozo de carne y pan. Mis padres estaban sentados a la mesa.
Mi padre apretó los puños contra la mesa, respirando por la boca.
—La campana sonó, pero la cabeza me va a estallar. Hay demasiada fricción en el aire. Todo raspa. —Se detuvo, clavándome una mirada inyectada en sangre—. ¿Así sentías tú las cosas, Elial? ¿Tú vivías así todos los días?
—Las paredes se me vienen encima, hijo —murmuró mi madre—. Me falta el aire. Ya no hay silencio.
—Es solo el principio —les dije, dándoles una palmada en el hombro para infundirles fuerza—. Mañana la ciudad será diferente, se los prometo. Me despedí y salí hacia los Muelles del Sur.
Salí a la noche. El trayecto hacia el sur se consumió entre el sonido de mis propias botas y la urgencia del plan.
Para cuando el viento del Gran Océano me golpeó la cara, silbando a través de las planchas oxidadas, el aire ya apestaba a salitre.
Empujé la pesada puerta de Belthor. Me recibió el olor a aceite quemado, pero la tensión en el interior cortaba el aire.
Llegaba algo tarde. Alrededor de la mesa de trabajo, bajo la luz oscilante de una lámpara, ya estaban reunidos Istryel, Belthor, Daxen y Lia. Estaban enzarzados en una discusión en voz baja, con varios mapas y documentos esparcidos sobre la madera manchada de grasa.
Al escuchar el chirrido de la puerta, los cuatro levantaron la vista.
—Llegas tarde, minero —dijo Daxen, aunque sin el tono despectivo que solía usar en los pasillos de la Intendencia. Su rostro reflejaba agotamiento.
—Tuve que esperar a que mis padres se durmieran. La falta de las campanas los tiene... alterados —me excusé, acercándome a la mesa—. ¿Qué me he perdido? ¿Cómo ha ido el golpe arriba?
Fue Lia quien tomó la palabra.
—Para empezar, Varkas tiene las piezas del sabotaje, pero aún no comprende la magnitud del desastre.
Sus técnicos operan en la ignorancia. Ven los martillos golpear y creen que la estructura está a salvo.
Al Consejo solo le llegan reportes de alteraciones menores: obreros irritables, riñas en los márgenes.
Aún no asimilan que el efecto desapareció por completo.
—Y esa es nuestra ventaja —intervino Daxen—. Varkas está consumido por la paranoia de la intrusión. Tiene a sus eruditos destripando los aparatos que encontraron en el conducto, desesperado por entender cómo lo atacaron. Lia y yo hemos aprovechado esa ventana de ceguera para atacar a sus espaldas.
Daxen señaló unos papeles en la mesa, eran copias de los documentos sellados por Zael.
—Acorralamos a los cuatro consejeros neutrales —explicó Daxen, golpeando los papeles con los nudillos—.
Les mostramos la firma humana junto con la Noxita del documento sellado y expusimos la atrocidad del Nivel 9.
Pero apenas los inmutó. Tuvimos que amenazar su propia supervivencia.
Les dejamos claro que la fricción de esa energía adulterada está despedazando el núcleo.
Si no destituyen a Varkas, la máquina entera colapsará y perderán la Oscilancia para siempre.
—¿Qué obtuvimos entonces de ellos? —pregunté.
—Dos miembros cedieron de inmediato. Al ver las pruebas, entendieron que el sistema no da para más y se aliaron con nosotros para sacarlo del medio.
—¿Y los otros dos?.
Lia soltó un suspiro de frustración, cruzándose de brazos.
—Uno de ellos está indeciso. Está aterrorizado por las represalias del Intendente de Seguridad y está esperando a ver hacia dónde sopla el viento. Y el cuarto... prefirió mantenerse al margen por completo. No quiere saber nada.
Me apoyé contra el borde de la mesa.
Daxen caminó hacia el fondo de la mesa de trabajo de Belthor.
—Nuestra parte en la cima está hecha. Los consejeros aliados ya están esparciendo el secreto en los pasillos de arriba. Las palabras bajarán como el vapor.
—Nos toca a nosotros poner la voz en las calles —dije—. Correremos el mensaje de boca en boca para que despierte la furia.
—Y usaremos las copias de Zael para blindar el mensaje —agregó Istryel, señalando unos pliegos bajo la lámpara—. La prueba física de que no mentimos.
Belthor soltó un gruñido de aprobación y se acercó a la mesa. —Repartamos esto apenas amanezca.
Lia se cruzó de brazos, con el rostro endurecido por la tensión.
—El tiempo ya no nos pertenece. Varkas no está esperando respuestas de sus ingenieros. El Consejo está en alerta máxima. Un hombre como él no va a soltar las riendas de la ciudad sin resistirse con todo lo que tiene. Ya se está moviendo, y si no golpeamos rápido, nos aplastará.
Daxen asintió, conociendo bien a su Alto Consejero.
—No subestimen la paranoia de Varkas —continuó Lia, mirándonos con frialdad—.
Sus técnicos tienen los aparatos y la Intendencia ya está destripando los registros.
Sus inquisidores están atando cabos: la anomalía en el Nivel 9, la brecha en el bloque central, nuestros movimientos. Están siguiendo las pistas ahora mismo.
—Hay algo más que debemos considerar —dijo Istryel—.
Les acabamos de destrozar el trance de golpe.
Y la paranoia los dividirá. No podemos predecir cómo reaccionará una multitud en pleno colapso sensorial.
Algunos despertarán, pero otros tantos rogarán por no perder su paz artificial.
Muchos preferirán la ceguera antes que soportar la agonía.
Necesitamos una estrategia clara, el caos no jugará a nuestro favor.
—Por eso la guerra no puede librarse solo aquí adentro —intervine—.
Tenemos que avisar a los de la Periferia.
Ellos jamás han estado bajo los efectos del Tañido y no necesitan muchas explicaciones para creernos.
Ahora que las campanas han muerto, necesitamos que presionen desde la intemperie.
Si los Excluidos amenazan el muro exterior con la mente clara, Varkas se verá obligado a desplegar a su Guardia hacia las puertas para contenerlos.
Eso dividirá sus fuerzas y nos dará la distracción perfecta para que Daxen fracture al Consejo desde la cima antes de que la situación en las calles se vuelva incontrolable.
—Es un movimiento audaz, muchacho —gruñó Belthor, con una sonrisa fiera asomando bajo su barba—.
Yo me encargaré de esa conexión. Conozco las rutas de los Rompehielos Negros y los canales de contrabando del puerto mejor que nadie.
Le haré llegar el mensaje a Garek esta misma noche.
Les diré que el Tañido ha caído y que preparen a su gente para empujar.
Daxen asintió.
—Entonces todo está listo. Mañana a primera hora, Solheim arderá con la verdad.
Las palabras de Daxen murieron en su garganta.
Un eco rítmico, rasgó la noche de los Muelles del Sur, ahogando el ruido del viento del Gran Océano.
El estruendo de decenas de botas cayendo al unísono sobre los adoquines húmedos, marchando a paso acelerado por el callejón hasta hacer temblar las planchas de metal oxidado del taller.
Istryel corrió hacia la pequeña rendija de la puerta de acero y miró hacia el exterior. Cuando se giró hacia nosotros, la fría luz acentuó la palidez de su rostro.
—Nuestro margen hasta mañana se acabó —susurró Istryel, desenfundando instintivamente una herramienta de su cinturón—. Varkas ya sabe lo que estamos haciendo.