Capítulo 20 La resaca del tañido
Pasamos la noche en el Archivo de las Sombras, rodeados por el olor a cuero envejecido del sótano de Zelán.
Salir a las calles de la ciudad era enfrentarse al peligro; habíamos forzado el Tañido manualmente, y ya habrían encontrado la Matriz y el Emisor acoplados a su arteria principal.
Con ese nivel de sabotaje al descubierto, a cualquiera que encontraran caminando en la oscuridad lo tomarían como sospechoso inmediato.
Las emociones desbordadas, el terror reciente chocaba contra la duda constante de si el metal había cedido. No podía parar de pensar, intenté descansar pero no podía calmarme.
Istryel daba vueltas a mi lado, buscando en vano apagar su mente. Las horas cayeron lentas y pesadas, obligándonos a mirar la oscuridad con los ojos muy abiertos, devorados por la intriga.
A las seis, el silencio se quebró. El reloj mecánico central cumplió su ciclo. Las campanas de las torres cobraron vida, repicando sobre los techos de Solheim. Instintivamente apreté la mandíbula y cerré los ojos, pero no sentí nada.
Las campanas seguían sonando, fuertes y metálicas, filtrándose a través de la gruesa piedra del archivo, pero para mí era solo eso: ruido. Un golpe hueco de metal contra metal. No sentía ninguna opresión en el pecho, ni el zumbido taladrando mis sienes, ni el dolor en mis huesos.
Me quedé escuchando el eco, y una duda fría reemplazó mi alivio inicial.
—Ya no me molesta... —murmuré, girándome hacia Istryel, que observaba el techo de piedra con el ceño fruncido—. Pero no estoy seguro si es suficiente para confirmar el cambio. ¿Será que la transmutación funcionó para todos, o las campanas solo cambiaron lo suficiente como para no molestarme a mí?
Istryel se llevó la mano a la oreja y, con un movimiento deliberado, se retiró el pequeño Anulador de Frecuencia que siempre usaba para proteger su lucidez. Escuchó el sonido al natural.
—No me afecta a mí tampoco —confirmó ella, bajando la mano—. El verdadero medidor de nuestro éxito no está en nosotros, sino en los ciudadanos. Esperemos al siguiente ciclo para salir y ver la reacción de la gente.
Desde la penumbra, Belthor soltó un gruñido. Estaba sentado sobre una caja de documentos, frotándose las rodillas.
—Varkas no tardará en notar que el metal de allá arriba es chatarra muerta. El Consejo tiene el engranaje, pero les matamos el arma.
—Y a cambio, cien mil almas van a despertar de un sueño de décadas —intervino Zelán, apoyado en su mostrador—. Nadie allá arriba sabe cómo soportar la lucidez. La locura será peor que la Guardia.
—No sentirán el peso del cambio de golpe —le rebatí, pensando en la ceguera de mi propia familia—. Llevan demasiado tiempo bloqueados. Pero los irá asfixiando poco a poco.
El silencio del archivo se volvió más denso.
Tras la tensión de la madrugada, el límite de mi cuerpo se rompió sin previo aviso, los cambios hicieron que pudiera relajarme un poco.
Empecé a cabecear contra la pared de piedra, incapaz de mantener los ojos abiertos, hasta que la negrura me tragó por completo.
Desperté sobresaltado, con la boca seca y el cuello rígido.
Busqué mi reloj a tientas: faltaba apenas una hora para el mediodía.
Me puse en pie a duras penas, busqué a Istryel y al Beltho que también habían caído por el sueño, abandonamos la seguridad del sótano para aventuramos hacia la superficie.
Caminamos hasta una de las intersecciones comerciales más transitadas que conectaban la Zona Media con los distritos de los márgenes, un lugar donde la "Marea de Hierro" de los obreros se cruzaba habitualmente con los burócratas y la afluencia de gente era constante.
Nos apostamos bajo la sombra de un edificio de caliza, mientras observábamos el flujo de la multitud.
Entonces, los martillos hidráulicos descendieron sobre las campanas de las Torres Expansoras.
El repique inundó la calle, fuerte, pero completamente vacío.
Era, tal como habíamos comprobado al alba, un simple golpe de metal; el sonido de una campana mundana, desprovista por completo del eco sobrenatural que solía acariciar la mente.
Observé los rostros a mi alrededor. Algunos se detuvieron pero no como siempre.
Un obrero corpulento parpadeó repetidas veces, frunció el ceño con severidad y se frotó la nuca con rudeza, como si de pronto sintiera todo el peso aplastante de su turno en los músculos.
A pocos pasos, una pareja de administrativos soltó un chasquido de fastidio casi al unísono; la mujer se cruzó de brazos, frotándoselos contra la brisa fría con una mueca de evidente disgusto.
La multitud siguió su marcha. El ambiente de la calle se había intoxicado en cuestión de segundos. La gente caminaba murmurando quejas ininteligibles y mirándose con irritación manifiesta.
Nos alejamos de la intersección antes de que la irritabilidad de la multitud atrajera a alguna patrulla de la Guardia.
Belthor, que nos había seguido como una sombra silenciosa desde nuestra salida del Archivo, tomó la delantera y nos guió hacia un comedor cercano, una taberna de techos bajos donde los burócratas de menor rango y los técnicos de la Zona Media solían almorzar.
Pedimos unos cuencos de guiso caliente y nos sentamos en una mesa esquinada, al resguardo de las ventanas.
El ambiente en el interior estaba inusualmente cargado.
Normalmente, en los minutos posteriores al Tañido del mediodía, estos comedores eran refugios de paz inducida; la gente comía con lentitud, sumergida en conversaciones plácidas y sonrisas aletargadas.
Hoy, el aire parecía vibrar con una frecuencia nerviosa.
El repiqueteo de los cubiertos contra los platos era brusco y los murmullos estaban teñidos de frustración.
En la mesa contigua, un técnico respiraba por la boca, apretándose las sienes.
—Se quedó corto... —masculló, con los ojos cerrados—. Sigo con las punzadas.
—No me hables del sonido —lo interrumpió su compañera, apretando los dientes—. No puedo ni tragar la saliva.
Mientras los escuchaba, revolví el guiso de mi plato. El velo de su paz artificial se estaba desintegrando, y la cruda lucidez los golpeaba de frente por primera vez en años.
—Nuestro plan fue todo un éxito —dije en voz baja—. El Consejo no podrá hacer nada. Al menos no con prontitud.
—Aunque los guardias no creo que hayan podido identificarnos, no es prudente que sigamos deambulando juntos por las calles —murmuró el viejo mentor, echando un vistazo cauteloso al resto del comedor, donde un par de obreros ya alzaban la voz en una discusión trivial—.
El mal humor de esta gente no tardará en llamar la atención de las patrullas.
Separémonos y busquemos pasar desapercibidos por el resto del día.
Terminamos de almorzar rápido, el ambiente estaba tenso. Belthor dejó unas monedas sobre la mesa y se puso en pie.
Istryel y yo asentimos, poniéndonos de pie.
—Vengan hoy por la noche a mi taller —añadió Belthor, bajando la voz hasta convertirla en un susurro rasposo—.
Es hora de ver cuánto han avanzado Daxen y Lia.
Tenemos que saber si ya tienen a esos consejeros neutrales acorralados.
Si el Consejo descubre que el Bronce Negro es simple chatarra antes de que asestemos el golpe político, Varkas cerrará Solheim entera.
Nos despedimos con un cruce de miradas en la puerta de la taberna.
Belthor e Istryel se perdieron rápidamente entre la multitud inquieta, mientras yo emprendía mi propio camino hacia mi casa, sintiendo en cada paso que la presión crítica que habíamos desatado esa mañana ya estaba fracturando la mente de cien mil personas.
El regreso al Margen Norte destilaba fricción.
Un roce accidental en la acera terminaba en murmullos hostiles; los rostros reflejaban una jaqueca colectiva y sorda.
Caminé entre ellos preguntándome cuánto tardaría esa irritación en convertirse en histeria colectiva.
Les habíamos robado el trance. Al abrir la puerta de mi casa, entendí que no habría refugio.
Mi madre, incapaz de procesar las alarmas o las ausencias, ya no sonreía. Me esperaba de pie en la pequeña sala.
—Elial, ¿dónde te habías metido?. Vi tu cama vacía por la mañana, pero... de pronto todo se siente mal. El aire pesa. Siento una angustia que no me deja respirar tranquila, empecé a preocuparme muchísimo por ti.
—Un inventario de emergencia en los registros —mentí, sosteniéndole la mirada—.
Me doblaron el turno sin aviso. Ella asintió despacio, frotándose el pecho con una confusión profunda, incapaz de entender por qué el aire de su propia casa de pronto la asfixiaba.
Acorté la distancia y la abracé. Su cuerpo estaba rígido, temblando.
Oculta contra mi hombro, empezó a balbucear fragmentos de su vida.
Me habló de un sufrimiento antiguo y crudo que las campanas le habían ocultado durante décadas.
El Tañido le había apagado ese dolor, y ahora la memoria la golpeaba sin piedad.
La sostuve en silencio hasta que su respiración se calmó por puro agotamiento.
Me disculpé por el cansancio y me refugié en mi habitación.
Me senté al borde de la cama. El plan había funcionado, pero en el silencio, la victoria tenía sabor a ceniza.
Las campanas estaban muertas y lo que venía ahora era incalculable.
Mi mente daba vueltas, visualizando el caos que se nos venía encima.
No me moví. Vi cómo el rectángulo de luz de la ventana avanzaba por las tablas del suelo, palmo a palmo, hasta que el cuarto quedó sumido en una penumbra espesa y anaranjada.
Las horas se acumularon. Finalmente, el impacto de la puerta principal abriéndose de golpe me arrancó del estupor.
Mi padre había vuelto. Lo que escuché a través de la fina pared fue un golpe seco contra la mesa, seguido de un gruñido ronco de frustración.